La chica del Cubo

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XVII. Sangre y poder

El alba teñía el horizonte y el cielo estrellado pasaba lentamente de un índigo a un celeste pálido sobre sus cabezas. La tierra que estaba al lado del ferrocarril era dura y seca, pero después de varios metros era bordeado por un bosque denso y tupido, de un color verdoso oscuro a causa de la noche, con algunas hojas de las copas brillando con el amanecer.

No había dudas de que estaban en el Territorio Verde. Mas no había sido eso lo que le había llamado la atención de Dana, sino la docena de soldados que los habían rodeado. Era imposible percatarse de la presencia de ellos con anticipación, ya que habían sido muy silenciosos y se camuflaban de forma excelente debido al color de sus uniformes.

Loy rodeó la cintura de Dana con el brazo izquierdo atrayéndola hacia sí, y con la derecha alzó su espada con fiereza. Él sintió los dedos de la muchacha aferrados a los pliegues de su uniforme, temblando aterrada.

Los soldados verdes tenían una expresión impasible, imperturbables, como si fueran estatuas, y los apuntaban con decisión y presteza. Loy estaba seguro que si llegaban a hacer cualquier movimiento en falso, serían rebanados antes siquiera de pestañear. Se notaba que eran rápidos y ágiles, y en ese momento supo que él solo no podría con todos ellos.

—Han ingresado a nuestro Territorio de forma ilegal —anunció el que tenía una flecha tensada en su arco apuntando directamente a la cabeza de Loy.

El muchacho se pasó la lengua por los labios resecos.

—Lo siento, señor —dijo, tratando de que su voz no fallara. Sintió una gota de sudor frío que se deslizaba por su sien—. Ella es una fugitiva de mi Territorio, y mi deber es regresarla para su ejecución.

Su discurso había sonado tan convincente para Dana que temió por un instante que fuese cierto, aunque para los soldados era más que obvia la descarada mentira. Aquel joven del Ejército Violeta aferraba a la muchacha con tal protección y cariño que contradecía con lo que acababa de decir. Ni siquiera optaron por bajar sus armas.

Loy se percató de ese detalle y movió ligeramente el rostro hacia Dana, pero sin dejar de observar hasta el más mínimo movimiento de sus enemigos.

—¿Puedes hacer algo de tu magia? —le preguntó casi en un susurro. Sintió cómo ella se tensaba ante tal petición.

—No... No puedo... —balbuceó ella, pegándose aún más a él, aterrorizada ante la frialdad en las miradas de los soldados.

—¿Cómo que no puedes? —exclamó Loy alzando la voz y provocando una reacción en sus enemigos, quienes dieron un paso más hacia ellos. El muchacho atinó a mantener su espada en alto, colocándola de forma horizontal frente a ellos.

Dana tragó saliva antes de responder.

—Perdí mis poderes en el momento que crucé la frontera. —Su voz era casi inaudible, pero él la oyó perfectamente. Se apartó para mirarla a la cara.

—¡¿Me estás hablando en serio?! —dijo él en tono irritado, incrédulo. Dana desvió la mirada y asintió—. ¡¿Es que te has vuelto loca?! —Era irónico que usara las mismas palabras de William para referirse a ella—. ¡Creí que al menos habías madurado un poco con todo lo que ocurrió! —exclamó exaltado. La noche en vela y el cansancio comenzaban a hacer mella en él.

Los soldados dieron otro paso hacia ellos y Loy se giró en el momento que una flecha había sido disparada. Ésta sólo se golpeó contra su espada en un ágil movimiento de defensa. Colocó a Dana detrás de sí, espalda contra espalda, mientras maldecía y daba una estocada al frente a uno de los arqueros, mas los demás no dudaron en tensar sus arcos y atacar.

Tres flechas salieron disparadas, una dio en el blanco. Dana sintió el quejido de Loy a sus espaldas y creyó que su corazón se detenía. Se giró hacia Loy reteniendo el aire y vio una flecha incrustada en su hombro izquierdo, haciendo que su brazo colgara flácido al lado de su cuerpo. Con la derecha continuaba defendiéndose con mucha dificultad.

—¡Dana! ¡Corre! —le gritó, codeándola para empujarla, pero ella estaba dura como una estatua, presa del pánico.

Intentó moverse, ayudarlo, mas sintió que un soldado la tomaba del brazo con tal fuerza que pensó que se lo iba a partir. Gritó e intentó despertar a su lado Diosa para acabar con aquel infierno, para salvar a Loy, sin embargo nada ocurrió.

Sólo sentía dolor e impotencia. Humana era completamente inútil.

Loy pateó a un soldado en el estómago, hirió a otro con su espada y se dirigió hacia el que tenía a Dana prisionera, dándole un golpe certero en el brazo, haciendo que soltara así a la muchacha. Pero al mismo tiempo que hacía esto, él sintió cómo el acero de un arma enemiga se incrustaba a un lado de su abdomen. Oyó el grito de Dana mientras caía de rodillas al suelo con un dolor insoportable.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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