La chica del Cubo

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XVIII. El Dios Azul

Dana sintió dolor, un dolor más profundo y punzante que el golpe en su cabeza, algo ajeno al dolor físico. Algo que llagaba lo más profundo de su alma, algo incluso peor que lo que sintió cuando creyó que William había muerto. De eso hablaba Ozai cuando decía que no podía crear lazos, que la harían sufrir. En ese momento, saber que Loy estaba muerto era como saber que ella misma lo estaba.

A pesar de no querer demostrar debilidad ante aquella Diosa intimidante, tuvo que llevarse ambas manos a la boca para reprimir en vano un sollozo.

—¡Ay, por favor! —exclamó la Diosa Verde haciendo un gesto de impaciencia con las manos, agitándolas—. Sabes que eso va contra las reglas, Violeta, ¿cuántas más vas piensas romper?

Dana levantó una mirada furibunda hacia la Diosa a través de las rejas. Sentía todo su cuerpo temblar de ira. Era por culpa de esa mujer que todo aquello había ocurrido.

—No sé de qué hablas —dijo, con su voz temblando de rabia. Tenía que tranquilizarse. No iba a lograr nada siendo enemiga de una Diosa—. ¿Qué reglas?

Selba soltó un suspiro.

—Eres exasperante, niña. —Esa frase reverberó en el oído derecho de Dana y se dio cuenta que la Diosa se había aparecido a su lado, con los brazos cruzados y sus ojos destellando como una llamarada verde—. Hablo de las dichosas reglas de los Dioses. La de nunca atarse a un humano cualquiera, por ejemplo.

—¡Loy no es cualquiera! ¡Y no sé nada de esas reglas! —le replicó Dana, girándose para mirarla de frente. En medio de aquel calabozo maloliente, aquella imponente mujer no encajaba para nada.

La muchacha se había convencido que ir al Territorio Verde la ayudaría a encontrar respuestas, sin embargo, cada palabra que salía de la boca de la Diosa la confundían más y más. ¿Los Dioses tenían reglas? ¿Acaso había estado tan aislada y encerrada en sí misma, ignorando su entorno, que se perdió todo aquello? ¿Cómo era posible que ellos nunca intentaran comunicarse con ella aun sabiendo de su existencia?

Y luego recordó a Ozai. De seguro él se había aprovechado de sus caprichos y le había ocultado todo. Pero la culpa en definitiva era suya, por no ocuparse debidamente de lo que le correspondía.

Selba puso los ojos en blanco.

—Oh, es cierto. No conoces las reglas porque no eres parte del Consejo. —Su tono sarcástico tenía algo de dureza, como si le reprochara cosas que Dana no entendía—. Desprecias a tus hermanos, lo había olvidado.

Dana sacudió la cabeza, boquiabierta.

—Sigo sin saber qué hablas. Si no sabía que existían, no podría despreciarlos...

—¿Qué, has estado toda una vida encerrada o qué?

—Sí, lo estuve, ¿tú no? —La voz de la muchacha se había vuelto a elevar, ya con su rostro sucio surcado de lágrimas y sintiéndose torpe y tonta.

La Diosa Verde parpadeó, como si aquella declaración la tomara por sorpresa.

—¿Qué sí lo estuviste? —repitió, moviendo la cabeza hacia un lado, como si no oyera bien.

—Sí, en el Cubo. Huí porque no soportaba más. ¿Acaso tú no has estado así? ¿No te sentiste agobiada de estar encerrada en él por años y años? —Su voz comenzó a fallar.

Selba se movió hacia atrás, como si la quisiera ver mejor desde otro punto de vista, con otros ojos. Se llevó inconscientemente la mano derecha hasta el pendiente que colgaba de una labrada cadena de plata en su cuello: un Cubo en miniatura.

—¿Tienes a tu Cubo en estado natural? —preguntó al fin luego de unos segundos.

—¿A qué te refieres con "natural"?

Las dos se observaron en silencio. Dana comenzó a hiperventilar, a pensar en Loy, a creer que si ella no hubiese huido, todo eso no estaría ocurriendo, y en ese momento él estaría en el rancho regresando de una buena pesca mientras Mey preparaba la cena. Clay estaría parloteando sobre su Colegio. Ozai no habría matado a Júpiter y Violett tendría a su padre con ella.

Pero la Diosa Verde tenía la culpa de haberlo dejado morir, de no hacer nada por salvarlo. Dana sintió que su cuerpo era tomado por un dolor y un odio tan intenso que no lo podía controlar. La quería destruir.

Selba la observó erguirse con los puños tan apretados que los nudillos le habían quedado blancos. Su mirada la taladraba, fulminándola, culpándola por lo que le acababa de decir. Veía la rabia, el odio, la desesperación y sobre todo el dolor en sus orbes violeta. Sus ojos vibraban con tal intensidad, con un poder tan inmenso, que si la muchacha estuviese en su propio Territorio de seguro la Diosa Verde estaría desintegrada, si no fuera porque un Dios no puede asesinar a otro.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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