La chica del Cubo

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XIX. Asamblea de Dioses (parte 1)

William se dejó caer adolorido sobre la dura litera, y esperó a que los guardias se fueran para abalanzarse sobre las rejas. Con el movimiento, el brazo le dolió y se lo sostuvo para mitigar, en vano. Tenía el rostro magullado y un moretón en el ojo que le dejaba los párpados hinchados. Trató de ver con el que le quedaba sano.

—¡Tú! —le gritó a un Loy que lo miraba sin interés—. ¿Dónde está Dana?

El aludido frunció el entrecejo y ladeó la cabeza, acercándose. Le tomó medio segundo darse cuenta que él era el tipo que había llevado a Dana hasta el tren.

—¿Y tú quién eres? —indagó con voz molesta.

—¡El que te arrancará las pelotas si dejaste que le pasara algo! —contraatacó William ya fuera de sí, sujetando las rejas con fuerza en un intento vano de arrancarlas. El aspecto de Loy daba a pensar que sea lo que sea que les hubiese pasado no sería nada bueno.

—Pues adelante, mátame; me haces un favor. —Su voz no era más que un ronquido ahogado. Le dio la espalda al rubio y se dejó caer sentado recargándose en la pared. —Ella está... muerta.

Un cascote le dio en la cabeza en ese mismo instante. Un furioso William le había acertado con tanta ira que el dolor retumbó en el cráneo de Loy. Él apenas se quejó, creyéndose merecerlo.

—¡Mierda! ¡Yo le dije que era una trampa!

Cayó de rodillas y golpeó con el puño herido en el suelo. Y luego con el otro... Y el otro...

Loy se limitó a oírlo en silencio.

* * *

Dana observó boquiabierta la habitación el cual el Ancestro Rumi la había llevado. Era un dormitorio enorme donde una cama de dosel con cortinas de un lila pálido llenaba el medio del lugar. Las paredes eran de un blanco inmaculado y el piso de cerezo brillaba de lo pulido que estaba. Una fuente de agua al lado del ventanal sonaba de una forma tranquilizante y acogedora.

Se acercó tambaleando hasta el balcón. La vista desde allí era realmente hermosa; podía ver la enorme ciudad que rodeaba el castillo, y ella concluyó que era más grande incluso que Soros. Podía ver los techos que variaba de los tonos de rojo a los marrones, salpicado por alguno que otro edificio. Más allá, rodeando como un abrazo sobreprotector, estaba el bosque, con sus brillantes árboles meciéndose con la brisa otoñal.

—Espero que sea de su agrado —le sonrió el hombre con una mirada bondadosa.

Dana se giró hacia él. Realmente le gustaba, pero estaba tan cansada, abrumada y dolorida como para gesticular lo que sea. Apenas asintió y el Ancestro, sabiendo que ella no estaba de ánimos, se limitó a mostrarle la ducha, la ropa limpia que tenía en el armario y luego se fue, dejándola sola con sus pensamientos.

* * *

Mey tarareaba una triste canción que le traía recuerdos lejanos. Tiempos en que Clay jugaba en el patio del rancho, persiguiendo a su hermano mayor insistiéndole que la llevara a pescar con él. Tiempos en que Ray estaba con ella, Loy era pequeño y vivían en el pueblo en una bonita casa. Tiempos en que su amado le traía flores y la llevaba a pasear.

Tiempos en los que era feliz y todo estaba en paz.

—Señora Sturluson...

La mujer, quien estaba acurrucada sobre la litera mohosa, se quedó estática. La última vez que había oído esa voz fue cuando la trajeron a ese calabozo. Esa voz que conocía bien porque era del hombre que había sido el mejor amigo de su esposo y padrino de su hijo.

—Thomas —murmuró ella, sin girarse para seguir dándole la espalda. No quería siquiera dirigirle la mirada—. ¿Qué haces aquí?

Oyó el tintineo de un par de llaves y el chirrido de la puerta al abrirse.

—Vengo a sacarte de aquí.

Mey se volteó para encararlo. Vio su traje de soldado sucio y ajado, como si hubiese ido de la guerra de Soros directamente hasta allí. Tenía ojeras y estaba despeinado. Se preguntó cómo siquiera lo dejaron pasar, y más aún darle las llaves.

Él solo se limitó a mirarla a los ojos.

—¿Acaso ahora que mi hijo está muerto el Dios no me requiere más aquí? ¿O acaso te cansaste de ser su perrito faldero? —largó ella con un tono de voz tan ácido que Greenwich creyó que lo quemaba de verdad.

Se limitó a mirar hacia ambos lados, como si temiese que lo atraparan de un momento a otro.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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