La chica del Cubo

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XX: Asamblea de Dioses (parte 2)

Rumi llegó tan silencioso que tomó por sorpresa a ambos prisioneros. Lo primero que hizo el Ancestro luego de abrir la celda de William fue chasquear los dedos. Por un momento el rubio creyó que nada había ocurrido, pero luego vio que se encontraba limpio y vestido con un smoking rojo carmesí. Sus heridas estaban limpias y con vendas nuevas.

—¡Carajo! —exclamó—. ¿Y ahora tú también eres un Dios?

Rumi se limitó a fruncir la boca y giró alrededor de William para verificar que estuviese todo en orden, como se lo habían ordenado.

—Simplemente hago uso de la magia que me permite mi Diosa para sus designios... —dijo sin emoción, como si no tuviera importancia. Luego se quedó de pie frente a él y se inclinó apenas con respeto—. Lamentamos el mal entendido, Ancestro Eccho.

—¿Ancestro? —El rubio alzó una ceja y echó una veloz mirada hacia Loy, quien los observaba sin interés desde su celda pequeña y maloliente.

—La joven Diosa Violeta nos ha informado que usted es el Ancestro de la pequeña Diosa Roja —agregó Rumi mientras salía de aquel calabozo siendo seguido por el rubio y ambos muchachos dieron un respingo ante la mención de Dana.

Loy no dudó en abalanzarse hacia las rejas oxidadas.

—¿Dana está viva? —Su voz salió ronca por la urgencia.

Rumi no cambió de expresión y lo miró con sus ojos opacos, dirigiéndose hacia él. Le abrió la puerta y volvió a chasquear los dedos, ahora dejando a Loy con un traje violeta e impecable. Sus heridas dejaron de doler, pasando a tener curativos nuevos y su cabello se transformó de una mata enmarañada a caerle sedoso sobre sus orejas.

—Su divinidad Selba le debe una disculpa, Ancestro Sturluson, pero necesitaba proteger a la Diosa Dana.

El muchacho estaba tan confundido que ignoró que también le había llamado Ancestro. Sólo con saber que Dana estaba viva, le había llenado de júbilo.

—Pero antes que nada debo avisarle que existen reglas. Mi Diosa Verde sólo trataba de mantenerlos a salvo —continuó el Ancestro mientras arreglaba la corbata de moño de Loy. Le lanzó una mirada de advertencia antes de seguir—. Hay una regla muy importante entre los Dioses, en la que nunca, jamás de los jamases, bajo ningún concepto, se deben enamorar.

Rumi soltó el moño y le palmeó el hombro. Loy sintió que todos sus dolores volvían, aunque sus heridas estuviesen prácticamente curadas. Pestañeó, contemplando aquel rostro desconocido como si le hubiese anunciado algo trágico. En realidad así lo era. Dana no debía enamorarse de nadie. En efecto, él tampoco de ella.

Oyó al rubio exclamar una maldición, y no pudo dejar de sentir de cierto modo un alivio: si él no podría estar con Dana, ese tipo tampoco.

—Los esperan en la Asamblea de Dioses. Debemos apurarnos.

Rumi les indicó que lo siguiera y ambos, sin ninguna otra opción, caminaron detrás del Ancestro Verde. El rubio extendió una mano hacia Loy, y éste le lanzó una mirada extrañada.

—Soy William Eccho.

El muchacho se la estrechó.

—Loy Sturluson.

—Sí —dijo el rubio se forma seca—. La única vez que te vi hiciste llorar a Dana —declaró mirando hacia adelante. El aludido frunció el ceño—. En el tren hacia Soros.

Loy comprendió. Metió inconscientemente la mano en el bolsillo de su traje y allí estaba el botón, tal como lo había dejado en su olvidado uniforme que traía puesto antes de esa ropa. Lo alzó ante sus ojos y, esbozando una mueca en un intento de sonrisa, lo volvió a guardar.

—¿Qué es esa Asamblea de Dioses? —preguntó William cuando ya habían salido de las mazmorras y caminaban por unos pasillos vacíos y blancos.

Rumi no contestó, girando una esquina y desembocando en una puerta enorme de ébano. El Ancestro Verde la abrió sin dificultad y ambos muchachos se detuvieron en seco, abriendo los ojos de par en par. En el interior de la habitación se encontraron con todos los Dioses reunidos en una única mesa redonda y blanca. Todos los ojos de los colores del arcoíris se posaron en ellos, pero Loy se fijó en único par de orbes violeta que lo contemplaba llenos de felicidad. Trató de reprimir sus propios sentimientos y desvió la mirada, mas se encontró con el Dios Amarillo analizándolo como si quisiera mirar dentro de él.

William, aún atónito, vio a Lia acercarse a él y dejarle a la pequeña criatura que era la Diosa Roja en sus brazos. Ella apretó los labios, contrariada, y le besó la frente a su hija.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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