La chica del Cubo

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XXI. Discusión en noche de tormenta

Después de la Asamblea, el dormitorio que le habían asignado a Dana parecía aún mayor de lo que era, o simplemente ella sentía que se había empequeñecido. Yacía tendida sobre el acolchado púrpura mirando el techo de dosel con los brazos abiertos, mientras su mente vagaba sobre todo lo que se había hablado.

Era agradable saber que nunca más tendría que volver a estar encerrada dentro del Cubo, sino que lo tendría con ella como su compañero. Aunque eso le daba a pensar que era como tenerlo subordinado, como una mascota... Trataría de que no se sintiera así. Lo otro que le preocupaba era tener que enfrentarse a Ozai, y asumir verdaderamente las responsabilidades de ser Diosa comenzaba a aterrarle.

Igualmente, sabía que contaba con el apoyo de sus nuevos hermanos Dioses. Lo único doloroso eran las reglas. Esas dichosas reglas...

Cuando la asamblea terminó, Loy se limitó a seguir al Ancestro de Fei Long hasta el lado del Castillo destinado a sus dormitorios. Y ella se quedó con las ganas de hablar con él atoradas en la garganta, así que se limitó a caminar al lado de su hermano Azul hasta el pasillo de los Dioses.

—Que descanses —se despidió Fei Long, y ella asintió casi inconscientemente.

Ya era pasada la medianoche cuando el viento comenzó a silbar con fuerza, azotando contra la ventana cerrada del balcón y el cielo se llenaba de truenos y relámpagos. Dana no pegó un ojo, recordando que la última vez que había tenido que enfrentar una noche de tormenta había estado con Loy.

No dudó en saltar de la cama y salir al exterior de su dormitorio en dirección al cuarto del muchacho, pero así que pisó los pasillos fríos se dio cuenta que no tenía idea de dónde quedaba.

Un trueno resonó por todo el castillo y ella atinó a correr. Aquellos corredores le recordaba terriblemente a su propio hogar y cuando huyó de él en medio de un temporal que ella misma había provocado. Cuando dobló una esquina, se vio frenada por un cuerpo que resultó ser una Diosa Verde muy enfadada.

—¿Cuántas veces hay que repetirte las cosas? —gritó Selba con los brazos en jarras y la frente fruncida por la ira—. ¿O acaso eres sorda?

Dana apretó los puños.

—Necesito hablar con él.

Selba bufó.

—No me vengas con cuentitos. Estás en mi Territorio, puedo verlo todo —dijo, tomando el Cubo que pendía de su cuello con una mano, cerrándolo en su puño—. Incluso que ahora estás aterrada por una tonta tormenta y quieres refugiarte en los brazos de tu amado. —Su tono de burla fue duro. Dana sintió sus mejillas incendiándose, avergonzada y descubierta. —¿Qué parte de que no puedes enamorarte no entiendes?

—Eso no te importa —le increpó—. Déjame pasar. Es mi Ancestro y puedo hablar con él cuando quiera.

Selba puso los ojos en blanco y soltó un suspiro, hastiada.

—Bien, hasta acá llega mi paciencia. No te lo diré más. Ya no me importa. Si la Asamblea se entera y decide expulsarte, o ejecutarte, no me hago cargo.

Dana la contempló por unos instantes.

—¿Eso le pasó a tu padre? ¿Lo ejecutaron? —preguntó incrédula.

Selba estrechó los ojos, fulminándola. Una llama verde y furibunda estallaba en su mirada. Su Cubo brillaba intensamente, indicando que estaba trabajando a la par de la mente de su Diosa Verde.

—Maldito Fei... —gruñó iracunda, chasqueando la lengua—. Se las verá conmigo...

Sin dejar de maldecir y olvidándose de Dana, se giró y volvió sobre sus pasos, pero antes de desaparecer, indicó un pasillo a su derecha.

—Por allí, la puerta violeta.

Y con un revuelo de su corto vestido, la dejó sola. Ella no dudó en tomar el camino que le había indicado y llegó hasta el dormitorio. Alzó la mano y dejó los nudillos en el aire a punto de golpear, pero no lo hizo. ¿Qué diría Loy? Hacía días desde la última vez que habían discutido; y el reencuentro no había durado más que unos minutos antes que los atraparan. Y por último se vieron rodeados de Dioses que le prohibían tener cualquier lazo afectivo entre ellos.

Otro trueno estalló sobre el Castillo llenándole los oídos con un ruido ensordecedor. Soltó un gritito y brincó aferrándose a la puerta, pero esta se abrió y se vio cayendo en unos brazos fuertes que le detuvieron la caída.

—¡Dana! ¿Qué haces aquí? —Oyó que le decía la sorprendida voz de Loy. Sintió que la incorporaba y la sostenía delante de él. Alzó los ojos e intercambió una mirada de sorpresa con aquellos orbes verdes, mas él la soltó con velocidad, como si tocarla fuera pecado, aunque así realmente lo sentía él.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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