La chica del Cubo

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XXII. Enfrentamiento

La Diosa Violeta y su Ancestro tenían un vagón entero sólo para ellos, con todos los lujos a su disposición, dejándolos a la vez lejos de ojos fisgones. Dana debería regresar a su Territorio con el mayor secretismo posible.

Pasaron todo el viaje en silencio, como dos desconocidos que sólo compartían un compartimiento de tren, cosa que dejaba a ambos más que incómodos. Cuando ya habían recorrido casi una hora de trayectoria, Loy vio que la muchacha frente a él quedaba estática de un momento a otro, y luego esbozaba una leve sonrisa de alegría. Notó que una tenue luz violeta la recorría de la cabeza a los pies, como si la llenara y la iluminara, dándole vida. Era su poder, su magia.

Entonces se dio cuenta que ella era inalcanzable, y que él simplemente se tenía que contentar con ser su simple Ancestro. Ser su sombra y consejero. Ser su protector.

La observó mientras ella se mantenía quieta, sentada con la mirada perdida en la ventana con ese rastro de felicidad en los labios. Supuso que estaba hablando con el Cubo, así que no se preocupó.

«Estoy contenta de tenerte de nuevo, Cubo.»

«Yo también. Estoy harto de Ozai». La magia del Cubo reverberó en la cabeza de Dana, y ella sólo le sonrió. «Ahora está como loco buscando a tu sucesor...»

Ella frunció el ceño , extrañada.

«¿Por qué?»

«Bueno... Usé un poquito de magia para hacerle creer que Loy Sturluson y tú estaban muertos.»

Dana reprimió una sonrisa y asintió con la cabeza. Rhodon tenía razón, su Cubo era alguien -o algo- con personalidad. Sintió como su viejo compañero absorbía todas sus memorias de lo ocurrido fuera del Territorio Violeta y ella le dejó.

«Interesante...», fue lo único que dijo el Cubo. «Ozai está pendiente de encontrar el nuevo Dios, no uses demasiada magia o te encontrará. No puedo ocultarlos por mucho tiempo. Haré lo posible para guiarte...»

«Estás muy cooperativo...», le apuntó ella con duda. Él había pasado siglos sin siquiera ayudarla o dirigirle la palabra, o dar una señal de que tenía consciencia propia, y en ese momento hasta parecía amigable.

«Ya no lo soporto más...» Su voz y su magia desaparecieron de la cabeza de Dana, dejándole solamente un poco hasta que pudiera hacerse con el Cubo.

Ella volvió a sí y fijó su mirada en Loy. Él llevaba el traje que había usado en la Asamblea, si bajaba así iba a llamar demasiado la atención, así como ella, quien tenía el cabello violeta suelto sobre sus hombros, visible para cualquiera cuando saliera al exterior.

—Debemos ocultarnos —dijo ella, levantándose para acercarse rápido y se inclinó hacia Loy. El muchacho se echó hacia atrás sorprendido y la observó mudo mientras ella ponía una mano en su pecho y con un destello, cambió su traje por una ropa simple y oscura, con un canguro de gran capucha.

Satisfecha, Dana se incorporó y cambió la suya propia por un vestido simple y negro y el típico saco de paño gris al cual le faltaba un botón. Loy sonrió ante ese detalle y rebuscó en los bolsillos hasta encontrarlo.

—Esto es tuyo —dijo, y le extendió el botón. Ella lo tomó agradecida y lo colocó en su lugar.

El tren traqueteó unos minutos más para detenerse en la estación de Soros. Ambos muchachos apenas intercambiaron una mirada y Dana se echó la capucha por la cabeza, ocultando su cabello. Descendió con paso firme y decidido, seguida por Loy, y se dirigió hasta el exterior de la estación.

Como era costumbre, estaba repleto y muchas personas caminaban de un lado a otro, inmersos en sus propias preocupaciones. Confundida y sin saber hacia dónde debería dirigirse, echó una mirada hacia Loy, quien también miraba hacia todos lados tan desorientado como ella.

—¡Dana!

La aludida escudriñó a su alrededor, buscando el origen de aquella conocida voz, y vio a un hombre moreno y calvo más allá de la estación, de pie en la vereda de enfrente y con una mano en alto para llamarle la atención. Ella esbozó una sonrisa de felicidad y corrió hasta allí para abrazarlo efusivamente.

—¡Dylan! —exclamó, soltándolo mientras lo observaba. Loy llegó hasta ellos casi al instante, frunciendo el ceño ante el hombre desconocido para él—. ¿Cómo sabías que veníamos?

Él se limitó a encogerse de hombros.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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