La chica del Cubo

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XXIII. En dirección al castillo

Con el corazón latiéndole en los oídos, Loy se tambaleó y corrió hasta Dana. Se dejó caer pesadamente sobre sus rodillas ignorando todo dolor y se inclinó hacia el cuerpo inerte que yacía tirado con una herida abierta en el vientre que le hacía helar hasta la médula. Se sintió aterrorizado al ver que no se movía e inútil por no haber luchado contra el poder de la Diosa y haber ido a protegerla. Pero también sabía que era su culpa por haberla rechazado la noche anterior, por haberla lastimado.

Su hermana Clay estaba aferrada a la muchacha llorando a moco tendido, con las manitas teñidas de carmesí, mientras Dana la miraba sin ver, con los ojos vacíos y sin vida. Con el cuerpo temblando de miedo, Loy colocó sus manos en los hombros de su hermana y trató de apartarla con delicadeza.

—Clay, suéltala, por favor —pidió el muchacho casi con desesperación, pero la niña negó con la cabeza—. Clay, necesitamos curarla —agregó, intentando mantener una voz tranquila, pero se le quebraba.

La niña, no muy convencida, se separó al fin de la muchacha y volvió a los brazos de su madre hipando. Loy apartó un mechón de cabello de Dana de su rostro y verla de cerca en ese estado tan frágil lo llenaba de temor y angustia. La sangre se había expandido por su vestido negro, manchando también a su tapado gris favorito, así que, sin dejar pasar más tiempo, tomó a la Diosa en sus brazos. Tenía un peso muerto que asustó al muchacho. Lo único que indicaba que continuaba viva era el irregular movimiento de su tórax.

—Hay que llevarla hasta el Cubo —dijo Loy, y su voz estaba tan frágil como la chica en sus brazos.

Dylan se apresuró a acercarse.

—Hay un tren que sale en media hora para Sigma...

Loy negó con la cabeza.

—Ella morirá antes siquiera de llegar al tren —cortó.

—Pero es la única manera rápida de llegar hasta allá —agregó Thomas Greenwich con convicción, mientras se acercaba y guardaba su espada en su cinturón.

El muchacho asintió y, olvidando todo lo que había dicho la noche anterior, besó la frente de Dana con todo el cariño que podía transmitirle. Cuando separó sus labios, una débil luz púrpura recorrió a la chica de cabeza a pies y de inmediato su herida dejó de sangrar, cicatrizando levemente. Perplejo, Loy no pudo evitar esbozar una sonrisa.

"Simplemente hago uso de la magia que me permite mi Diosa para sus designios..." Recordó con claridad la voz de Rumi, el Ancestro de la Diosa Verde, mientras vestía a William usando esa magia. Y por más absurdo que pareciera, él acababa de hacer lo mismo para curar a su Diosa. No del todo, pero lo suficiente.

Con energías renovadas, comenzó a caminar en dirección a la estación de trenes con paso rápido seguido por una enorme multitud de refugiados. Era casi como una procesión, pero que dejaba a Loy de lo más nervioso ya que estaban más expuestos a la vista de Ozai.

Cuando finalmente llegaron a la estación, el muchacho ya avanzaba corriendo con el cuidado de mantener a Dana lo más inmóvil posible.

Tomó el primer tren que había allí en dirección al pueblo de Sigma mientras su madre y Clay quedaban rezagadas, acompañadas por Dylan. Mey sabía que no sería de ayuda para ellos, así que decidió quedarse por el momento. Le echó una mirada de lo más significativa a Thomas y él, entendiendo, no dudó en subir detrás de Loy.

El guardia, así que los vio arribar, les impidió llegar a un vagón disponible, indicándoles que no podían viajar con una persona herida.

—¡Ella es la Diosa Violeta! ¡Tienes que dejarnos pasar! —gritó Loy.

—Lo siento, no... —comenzó a protestar el guardia, pero se calló de repente y, con la mirada fija en los ojos furiosos del muchacho, se hizo a un lado—. Allí tienen un vagón disponible, disculpe las molestias —rectificó, con una voz monótona y mecanizada.

La magia estaba comenzando a alterar su humor, pero Loy haría lo que fuera necesario para salvar a Dana. Incluso si tenía que influir en la mente de los demás. Se dirigió al vagón que le indicaba y, seguido por Greenwich, se instalaron allí.

* * *

Ozai sintió el golpe de energía como si él mismo hubiese estado allí y no su proyección. ¿Cómo había sido eso posible, si él le había limitado al mínimo el flujo de magia? Dana había liberado tal explosión de energía que lo dejó anonadado por varios segundos... ¿O fueron horas? El Cubo también lo había sentido, ahora sus colores se habían arremolinado de forma caótica y el nuevo Dios apenas si podía divisar algo en sus caras.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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