La chica del tiempo

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Capítulo I

Dagon... despierta...

Me senté en mi cama de forma abrupta con la respiración irregular y el sudor formándose de nuevo en la piel que cubría mi espina dorsal. Pasé mi mano izquierda por mi rostro y observé el reloj digital en la mesita de noche de mi habitación.

04:04 a.m.

Esto tenía que parar de alguna u otra forma, y no es que estuviera loco, sino que era la misma hora en la que despertaba después de tener el sueño con aquella chica.

Me puse en pie y me dirigí al baño para lavar mi cara y en el trayecto tratar de alejar esos pensamientos de mi mente.

Después de terminar mi rutina de aseo matutina, me dirigí a la mesa de estudio que se encontraba frente a la ventana y observé la luz de la luna reflejándose en el dibujo de la chica que reposaba entre todos los demás. Tomé asiento y con mi mano detuve mi cabello para poder observar mejor los detalles del boceto.

Voltee a ver el reloj una vez más y por fortuna ya era hora definitiva para hacer ruido sin molestar a los vecinos, puesto que era la hora en la que todos en ese edificio se despertaban.

Tomé las cosas necesarias para salir de la habitación y después de desayunar, abandoné el lugar para dirigirme a mi taller de dibujo en la Academia de Hallstat.

En camino a ello, me gustaba contemplar el borde del lago que rodeaba las casas pintorescas de la ciudad. 

Regresé la vista al frente y a mi lado pasó una chica con cabello cobrizo y largo.

Mi corazón se paralizó y de la misma manera mi andar, sin embargo, no volteé.

La imagen de su cabello ondeando por la brisa matutina se repetía una y otra vez tratando de captar con precisión cada detalle y una vez que los mantuve, giré mi cabeza para observarla una vez más; pero sin más, ella desapareció.

Parpadee un par de veces tratando de asimilar lo que había pasado y sacudiendo la cabeza seguí mi camino con el ceño fruncido.

Tal vez estaba volviéndome loco, tal vez estaba alucinando, o tal vez aquella chica había desaparecido en alguna puerta de aquellas casas.

Llegué al edificio con mi identificación en mano y entrando en recepción un cuadro colgado encima de un sofá captó mi atención.

Me acerqué a observarlo.

Había una hermosa mujer con los ojos cerrados, los rasgos finos y la piel como el papel. De su pecho salían rayos de luz y un reloj de arena se formaba con cada uno, el cabello conformaba el fondo de aquella pintura y los labios entreabiertos del rostro me dieron una idea para completar el dibujo que tenía en casa.

– Es hermoso, ¿verdad? – preguntó Diana, mi profesora de arte.

– Jamás lo había visto. – respondí sin quitar mi vista de los detalles que componían la obra.

– Eso es porque acaba de llegar. – Diana rió por lo bajo. – No me creerías si te digo que quien lo trajo ni siquiera lo reclamó como suyo...

– ¿Cómo dices? – respondí un poco confundido.

– Una chica esperó sentada por la mañana afuera. – la maestra señaló la puerta con su barbilla. – Entregó el cuadro y cuando la secretaria se volvió para llenar el formulario, desapareció... No tiene firma, ni nombre, ni número... nada. – Diana no dejaba de sonreír. – Raro, ¿no crees?

– Demasiado. – dije observando una última vez la obra y siguiendo a mi profesora al aula en donde seguiría mi trabajo como aprendiz.

En el transcurso de las tres horas que me tocaban de artes plásticas (esta vez pintura), no dejaba de pensar en los finos labios de aquella mujer y en el raro acontecimiento que había sucedido esa mañana en las oficinas de la Academia.

– Estás distraído. – susurró Diana detrás de mí observando mi poco avance en el trabajo. – ¿Sigues pensando en aquella chica de tus sueños?

Diana era la única con la que había compartido esa parte de mí, ella creía en el enlace del tiempo y el amor, aunque yo aún no terminaba de entenderlo; pero era con la única persona que podía entablar una conversación al respecto.

– El cuadro de la mañana me dio una idea para continuar mi dibujo. – contesté sin parar de trabajar.

– Déjalo ya. – tomó mi mano con suavidad para no estropear mi pintura y bajó el pincel con delicadeza. – Anda a casa, puedes seguir mañana, de todos modos, vas muy adelantado.

Observé a mi alrededor y posé mis ojos en los que aún estaban dibujando. 

Recogí mis cosas y me despedí de Diana sin muchos ánimos.

Pasé por recepción y antes de salir observé el hermoso cuadro por última vez.

Había algo en él que no me permitía tener tranquilidad, de alguna u otra forma, mi mente me decía que tenía una relación con mis sueños, que el reloj de arena que estaba ahí dibujado, era el mismo que veía después del fuego.

Abrí la puerta y salí.

Todo eso era una estupidez.

Por suerte para mí, no tenía que trabajar en lo absoluto ya que mi padre (desde muy lejos) me mandaba dinero para poder sobrevivir lo suficiente, y mientras más mantuviera su distancia, mucho mejor.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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