La chica del tiempo

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Capítulo II

Y ahí estaba la melena de color cobrizo tan larga resbalando por el respaldo de una de las sillas; sus piernas se cruzaban delante de las patas del asiento y sus brazos delante de su cuerpo.

Parecía una estatua o una más de las esculturas que en el salón reposaban ya que se mantenía fija en un punto.

Parecía admirar uno solo de mis trabajos, aquél en donde había dibujado en modo monocromático la imagen de una chica hundiéndose en algún lugar con la expresión tranquila.

En realidad, ese trabajo ni siquiera debería estar ahí, sino en mi casa, pero Diana lo había descubierto y me rogó durante mucho tiempo para que lo pusiera en exposición. Y no sólo eso, sino que había tratado de adaptar a la chica de mis sueños combinada a lo que me hacía sentir... Una sensación de hundimiento.

No sabía qué hacer, ni siquiera sabía la reacción que debería tener... Ni la de ella.

Me acerqué un poco con cautela pues no quería asustarla y paré en seco al ver lo que descansaba en el escritorio principal, un poco más allá de las esculturas.

Era mi dibujo.

La chica no se movía en lo absoluto, parecía no tener vida propia y cada vez más llegué a la conclusión de que realmente era parte de la exposición.

Opté por ignorarla, mas no ignoraría el hecho de que mi dibujo descansara tan tranquilamente encima del escritorio.

¿Por qué alguien lo tomaría? ¿Y si había sido Diana?

Pasé por su costado pero no la miré en ningún instante, sino que pensé que sería mucho más natural si fingía que había olvidado mi dibujo a darle una explicación como "Sólo pasaba por aquí".

Tomé mi pertenencia y me giré para ver tan sólo su cabello ondeando por fuera del marco de la puerta.

Ella se había ido.

Tardé un momento en recuperarme de la impresión, pero mis instintos me llevaron a correr fuera del aula y observar los vacíos pasillos.

Llegué a recepción lo más rápido que pude y me acerqué con Melissa por segunda vez.

– Meli...

– Acaba de salir. – me cortó la secretaria señalando la puerta.

Apreté mis labios maldiciéndome por ser tan predecible y salí de la Academia en alerta de cualquier cuerpo en movimiento.

Pero al llegar a la calle, aparte del silencio abrumador, no había nadie.

Aún no es tiempo... Lo siento.

Un mareo se volvió a posar en todo mi cuerpo y perdiendo el equilibrio me dirigí hasta la barandilla de la calle para apoyarme.

¿Tiempo?

Me senté en la acera y sentí mis ojos cansados, difícil de mantener abiertos y lo que para mí fue un momento sin poder abrirlos, en el mundo real fueron cuatro horas inconsciente.

Volví cabizbajo a mi casa con el sol ocultándose detrás de las montañas que crecían después del lago.

Al momento en que todo empezaba a oscurecer las farolas automáticamente encendían su luz.

Las calles realmente eran solitarias, pero tenía que admitir que vivir en la rivera del lago tenía sus ventajas, ya que al ser un lugar turístico las casas (por ende) tenían que tener muy buena pinta. Y del mismo modo sus desventajas la cual entre todas resaltaba, era el frío.

Al llegar al que era mi hogar, encontré unas nota pegada en la puerta y sin muchas ganas la tomé mas no la leí.

Entré al ordenado departamento y observé lo tristes que se veían todos los muebles.

Llegué a mi habitación y cerré la puerta detrás.

Nunca me había dejado de preguntar para qué tenía todas aquellas cosas en la entrada si todo el tiempo me la pasaba encerrado en mi cuarto una vez que llegaba a casa.

Me tiré en la cama y un tanto confundido observé la nota que tenía en mano.

No era una nota, era un dibujo en el cual se plasmaba un diminuto reloj de bolsillo seguido de una cadena.

La hice bolita y la aventé al cesto de basura. Lo más probable es que fuera Diana tratando de burlarse de todo lo que estaba pasando.

Tomé el puente de mi nariz y cerré los ojos.

Dagon...

Llamaron dentro de mi cabeza, pero estaba demasiado exhausto como para emitir sonidos o expresiones.

Dagon.

No me moví en lo absoluto y estaba dispuesto a ignorar todo aquello.

Porque, ¿cuál era el sentido de que estuviera pasando? ¿Acaso era real?

Tal vez aquella chica tenía interés por mis proyectos porque los había visto en alguna exposición.

Y mucho mejor para mí, el dibujo podría haber volado por fuera de la ventana y esa chica lo habría encontrado... Sí, era lo lógico.

Dagon... Ven a mí...

Abrí mis ojos con lentitud y esbocé una sonrisa.

– No.

En toda la noche no pude (y no quise) dormir, mantenía mis ojos abiertos como podía. No importaba qué, quería dejar de pensar en ella por una sola vez.

Lo cual había explicado un acontecimiento más del día de ayer. Los mareos y el sueño eran consecuencia de un mal desayuno probablemente y no de aquella chica, es decir, una chica no podría hacer eso.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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