La chica del tiempo

Tamaño de fuente: - +

Capítulo V

Estábamos esperando en el sillón de recepción a que la aprobación del director de la academia fuera aprobatoria.

Diana tenía una taza de café en sus manos puesto que en toda la noche no había dormido (y mucho menos yo) tratando de diseñar las invitaciones de su idea.

Ella tomó mi mano y la apretó.

– La idea está bien planteada, solamente un fallo tan grande haría que el Señor Rojas dijera que no. – trató de darme ánimos y una sonrisa.

Le sonreí de vuelta.

A Diana se le había ocurrido realmente la mejor estrategia que nos beneficiara a ambos.

Ella había llegado a mi departamento ayer por la noche para apreciar con lágrimas de orgullo en sus ojos el dibujo de la chica que me perseguía en sueños.

– Escucha bien lo que vamos a hacer. – dijo tomando mi mano y guiándome hacia el escritorio dejándome observar lo que dibujaba en mi cuaderno. – Haremos una exposición para "recaudar fondos". La temática será sobre sueños y no sólo eso... – repuso con una sonrisa. – tu dibujo será nada más y nada menos que el estelar de esta contienda.

Diana estaba tan emocionada explicando todo que tuvo que explicarme dos veces.

En resumen:

Diana había organizado una exposición en la cual mostraría dibujos de todas sus clases, desde niños hasta mi nivel (puesto que no existía otro), en donde todos y cada uno reflejaba a la persona o el ser más impresionante que habían visto en sueños.

Sin embargo, con esto como idea, la cabeza de Diana se emocionó tanto que en su cabeza le pareció que podía atraer más alumnos con esto.

En la exposición no sólo estarían las obras, sino también secciones de dos sillas y un lienzo en cada uno, donde todos los que iban conmigo se sentarían a escuchar a los espectadores para plasmar en el lienzo lo más espectacular que habían visto en sus sueños.

Esto tenía muchas ventajas en realidad.

La primera y la más importante: la idea sonaba tan llamativa que probablemente atraería la atención de la mayoría de las personas. El evento realmente tenía un costo tan bajo, que era casi imposible no asistir.

La segunda: las invitaciones que Diana, unos amigos y yo iríamos a repartir una vez que estuviera aprobada la idea, tenían como portada el dibujo que había hecho sobre la chica de la cual aún desconocía el nombre. Si ella llegaba a ver la imagen, tal vez se sentiría curiosa por ir, o en todo caso, si las personas la reconocían, probablemente se lo dirían cuando la vieran pasar por las calles.

La tercera constaba en que Diana se beneficiaba al ser la primera en promover un evento como tal en donde daba a conocer el talento que podía llegarse a tener en la Academia, lo cual le daba ventaja sobre otros profesores.

La cuarta daba a conocer en general el nombre de tal Institución y animaría a las personas a apreciar el arte y aprender de él. Probablemente con esto traería nuevos aprendices con ganas de triunfar en el proceso que esto conllevaba.

Y por último, lo que más me beneficiaba a mí y que Diana había insistido tanto en que lo considerara: según las palabras de mi profesora, ¿a qué mujer de tal belleza o sin ella no le gustaría ver su cara pintada como la atracción principal de una exposición de tal magnitud?

Lo último me había emocionado junto a ella, por lo que accedí a desarrollar la idea en un oficio para presentarlo al director; incluso habíamos elaborado una presentación.

Las manos me sudaban puesto que veía esto como una única alternativa para poder encontrarla incluso aunque ella no quisiera.

Obviamente y quería estar al tanto de qué personas entraban o salían en el evento, pero Diana me mencionó que para eso estaban los guardias de seguridad y que siendo uno más bajo su tutela, tendría que estar sentado esperando escuchar a algún extraño para que pudiera plasmar su sueño en un lienzo.

Ése era el único inconveniente de todo.

La secretaria Melissa nos observó con sus habituales ojos cansados una vez que salió de la oficina del director. Nos hizo una seña con sus uñas y se sentó detrás de la pantalla de su ordenador para teclear algunas y cosas.

Diana y yo estábamos ansiosos, pero aún no teníamos respuesta.

Melissa se quedó ahí sentada sin decirnos nada y luego sacó unas tres hojas de su impresora para ponerlas encima del mostrador y entregarnos una pluma.

Aunque eso me había emocionado, Diana me había explicado antes de todo que teníamos que ver el oficio con la firma del Señor Rojas para poder saltar de emoción y cantar victoria. Ése no era oficio tal.

Firmamos donde Melissa nos dijo y después ella nos entregó un folder color amarillo para desearnos éxito sin muchos ánimos.

Diana y yo nos miramos y ella abrió el folder para observar la gran firma del director y al final un sello en color azul que leía "Aprobado".

Nos abrazamos haciendo un alboroto total y Melissa nos regañó por haber roto la paz en los pasillos y la sala.



Berenice Belmonte

#87 en Paranormal
#33 en Mística
#1472 en Novela romántica

En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar