La chica del tiempo

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Capítulo VIII

Cerré la puerta y miré con nerviosismo cómo examinaba todo lo que la rodeaba.

– ¿No crees que tu casa es un poco triste? – reclamó saber ella.

– Pues, no lo sé, tal vez... – respondí a la defensiva.

– Dagon, si quieres impresionar a esta chica, un poco de aseo no vendría mal. – Diana arrastró su dedo por el mueble de adorno y frotó el polvo que en él se posaba.

A causa del pánico había sucumbido a la ayuda de mi profesora puesto que no sabía qué tenía que hacer para darle una buena imagen a Zenda.

Diana se había emocionado al pensar que era una cita (aunque yo sólo me había emocionado por el hecho de que Zenda estuviera en mi hogar) y había pensado que sería buena idea ir a inspeccionar el lugar del encuentro.

– Bueno. – Diana arrojó su bolso en uno de los sillones y frotó sus manos en señal de preparación. – ¿En cuánto tiempo llega ella? – tomó la habitual liga que descansaba en su muñeca y agarró su cabello de forma desordenada por arriba de su nuca.

– En... ¿dos horas? – dije con duda porque no sabía realmente cual era su intención con eso.

– Dos horas. – Diana hizo una mueca con su boca y abrió el refrigerador que carecía de muchos alimentos. – Genial... Ni siquiera tienes con qué hacer de comer. – levantó sus manos en señal de desaprobación.

– Yo... – parpadeé perplejo porque no había notado eso hace un tiempo.

– Tú nada. – ella cerró con fuerza la puerta del contenedor y me ofreció mi chaqueta junto a mi cartera. – Te vas a comprar comestibles de todo tipo porque aquí no hay nada de nada. – se introdujo dentro de la cocina y volvió con utensilios de limpieza. – ¿Qué estás esperando? ¿Que te abra la puerta?

Salí con rapidez del departamento y seguí sorprendido por el hecho de que Diana se pusiera a limpiar mi departamento. No es como si tuviera algo que esconder, pero me resultaba incómodo nada más.

Una vez llegué al supermercado estaba de sección en sección tomando lo que creía necesario en mi departamento y algunos que otros innecesarios sólo para darme un gusto.

Al pasar después de la sección de hogar pasé por la de ropa y observé un muy bonito vestido color blanco que pensé se vería muy bien en Zenda; sin embargo, por mucho que quisiera, no lo compré.

Tenía que apresurarme a llegar a casa y ayudarle a Diana con lo que le faltara puesto que no le podía dejar toda la carga.

Mi teléfono sonó dentro de mi chaqueta y vi el mensaje de Diana que decía: "¿Conoces algún olor de vela aromática que pueda suplantar el hedor de la casa?"

Antes de siquiera llegar a la fila de cobro di la vuelta tan rápido como pude y me lancé de nuevo a la sección de hogar buscando en aromatizantes.

Cuando pensé que ya tenía suficientes me acerqué a una de las cajas que estaban más vacías y me planteé el hecho de que tal vez Diana y yo estábamos exagerando al querer que ella encontrara la casa perfecta.

No es que estuviera en contra de la limpieza ocasional, pero las velas aromáticas ya eran demasiado; fue demasiado tarde cuando me arrepentí de comprarlas puesto que ya estaba pagando por todo.

Regresé a casa resignado de tener que cargar todas las bolsas de camino. Todo lo había contemplado menos eso y eso generaba que mi recorrido fuera más lento.

Casi llegando a mi departamento paré al lado de las barandillas para descansar un poco y observé el atardecer.

– ¿Quieres que te ayude con eso? – me preguntó una voz que, aunque la había escuchado muy poco, era muy conocida para mis oídos.

Cuando volteé a ver a Zenda con la manos tomadas frente a ella me quedé perplejo. Tal vez no tenía diferente aspecto, de hecho ni maquillaje parecía tener, pero el vestido casual que portaba era la clave para hacerla resaltar entre los demás.

– Eh... – tomé mi teléfono en mano y me fijé en la hora, ya habían pasado dos horas y un poco más. – Claro, sirve que llegamos al departamento...

Ella asintió con la cabeza y tomó una de las bolsas por su agarradera para seguirme en silencio.

Rogaba en mis adentros que Diana ya se hubiera ido y a falta de mi respuesta, hubiera puesto algún olor al limpiar.

Subíamos las escaleras y mi corazón no dejaba de palpitar como loco. Probablemente ella sabía que Diana no vivía conmigo, pero el hecho de que Diana estuviera ahí se podría mal interpretar.

Cuando quise empujar la puerta para abrirla me di cuenta que estaba trabada con seguro.

Le pedí a Zenda un momento y bajé hasta recepción con la excusa de que había perdido mi llave de regreso a casa. Al llegar al último piso, el chico en turno me entregó un recado y un objeto que habían dejado para mí.

"Por suerte tienes un poco de lavanda. – Diana."

Sonreí para mis adentros y observé que el objeto que había dejado para mí era la llave de mi departamento.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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