La chica del tiempo

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Capítulo IX

– ¿Alguna vez has escuchado hablar sobre Cronos? – preguntó Zenda dejando sus cubiertos de lado y simulando que limpiaba migajas de la barra.

– ¿El Dios mitológico? – pregunté con tono de diversión. Esto ocasionó que su mirada se clavara justo en mis ojos y adquirieran un brillo muy opaco.

– El Dios del tiempo. – recalcó ella con un mechón cayendo en medio de su ojo derecho. – Una divinidad, uno de los primeros titanes... – fruncí el ceño y ella observó mi gesto.

– ¿Qué tiene que ver eso con lo que me tienes que contar? – dije un poco impaciente y queriendo que llegara al punto. Ella se puso recta en su silla y me observó a través de sus pestañas largas sin decir ni una palabra. No es cierto, ¿o sí? – ¿Tú eres una diosa... del tiempo?

Zenda soltó una risa sin emoción.

– ¿Diosa del tiempo?... A ella también se le puede reconocer como Nona, sobre todo por personificar y moldear el destino de mortales e inmortales, por tener el poder de controlar el hilo de la vida... – cruzó sus brazos y luego se acercó a la mesa observando con mucha atención el salero, éste se abrió y se esparció por la mesa moviéndose a su antojo. Mis ojos se abrieron con impresión mientras ella simplemente lo observaba. – No soy una diosa, aunque dicen que soy como el Dios de una religión... – me observó con una sonrisa de lado. – Por amar tanto al hombre y querer encarnar en un cuerpo humano para estar cerca de ellos...

El salero formó los bordes de un reloj de arena sin el contenido de dentro.

– Puedes tomarlo como teriomorfismo relacionado a la mitología o el espiritualismo... pero nunca fui el alma guía de nadie, mucho menos un animal. – el contenedor de pimiento se esparció también por la madera. – No. No soy nada de eso. – su mirada bajó a ver cómo la pimienta simulaba ser la arena dentro del reloj y caía de a poco.

Asustado de estar presenciando tal cosa, tragué saliva. La curiosidad me mataba.

– Si no eres nada de eso, ¿qué eres... o quién eres? – pregunté con la piel erizándose y sintiendo una leve brisa detrás de mi nuca.

– Mi nombre es Zenda, Cronos me dio tal nombre porque soy una "mujer" sagrada creada por él... – terminó de hacer énfasis en la palabra que la definía.

No podía procesar la información tan rápido como salía de su boca, eran demasiadas cosas y ya empezaba a faltarme el aire. ¿Cuál era la reacción correcta para estas circunstancias? 

Ella esperó un poco tratando de encontrar el momento correcto para continuar, y así lo hizo.

– Desde mi creación, fui una traidora a quien se supone debía amar. – continúa bajando la vista. – ¿Qué más quieres saber?

– ¿Por qué? – pregunté instintivamente sintiendo la garganta más seca que nunca.

Zenda emitió una sonrisa y sus ojos brillaron.

– Porque la "mujer sagrada" se dejó llevar por su corazón y desafió a su creador... Me enamoré de un mortal desde que vi su futuro en uno de los oráculos de las Moiras... – escuché un palpitar resonar en toda la habitación y el rubor corrió por sus mejillas. – Y al ver que era tan corto, simplemente lo observaba día a día, haciendo cualquier cosa... parecía no ser un mortal común y corriente... para mí era perfecto... Y eso quería creer... sólo lo perfecto es inmortal.

Otro latido se posó por la habitación, fue cuando me di cuenta que eran los míos y no los de ella.

– No entiendo... ¿qué tiene que ver conmigo? – me apresuré a preguntar al escuchar su voz disminuir.

– Cronos me encontró observar al mortal como nunca lo había hecho con él, y a él se le derritió el corazón de verme tan ensimismada con un ser imperfecto... Pensaba que era un juego solamente... – sus ojos se posaron en los míos. – Hasta que hice un trato con Morfeo... el hijo del Dios de los sueños. – aclaró. – Yo quería que te dieras cuenta de que existía, de que no estabas tan solo como te sentías después de lo mal que lo pasabas...

Los hilos se fueron cosiendo solos y su relato comenzaba a tomar sentido.

– ¿Y? – la incité a que siguiera con su historia.

– Cronos se dio cuenta de lo que hice y se enfado conmigo... pero el trata ya estaba hecho, no podía revertirlo... fue por eso que las escenas de la gente sufriendo aparecían... Él tenía la idea de que si te asustabas con lo que veías al principio, no esperarías a verme a mí. – y nuestros ojos se unieron con un hilo invisible. – Pero tú lo hiciste... tú esperaste a verme...

Otro latido que me llenaba de dicha el cuerpo.

– Todo esto es muy confuso... – hablé por fin con la cabeza dándome vueltas.

Zenda tomó mis manos en las suyas encima de la mesa.

– Ése día, en el que rogaste a Dios que yo apareciera, hice mi presencia en el mundo humano. Fue entonces cuando me convertí en uno de ustedes... – ella tragó saliva. – Cronos te escuchó... – su mirada perdió el brillo que había adquirido. – escuchó tus plegarias porque temo que sean las últimas...



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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