La chica del tiempo

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Capítulo X

Diana se quedó boquiabierta y sus ojos no parecían enfocar un punto.

Me removí incómodo en mi lugar.

Sabía que lo que acababa de contarle no era muy agradable y tampoco oportuno... ¿Qué más da? No era prudente ni tenía lógica.

– ¡¿Que hiciste qué?! – me regañó alzando la voz lo suficiente para llamar la atención de todos en la sala de descanso.

– Baja la voz. – rogué evitando la mirada de Zenda por encima de mi cabeza. – No te alteres, no es nada increíble...

– ¿Que no? – recriminó con dureza. – Dagon, la acabas de conocer en persona... – sus gestos de desesperación y su ceño fruncido me podía transmitir muchas cosas. – ¡No puedes simplemente decidir que se mude a tu departamento! – Diana trató de gritar en voz baja. – No es normal.

– Ya lo sé, Diana. – le respondí con una sonrisa. – Pero es lo correcto en nuestra situación...

– ¿Situación...? – abrió los ojos a la par de su boca. – ¡¿La embarazaste? – gritó con voz ronca.

– ¡No! Por Dios, no... – negué al instante. – Ni siquiera llegamos a eso, no empieces a dramatizar...

– ¿Qué situación? – me ignoró por completo. – ¿qué tan malas puede ser su situación para que le pidas que se vaya a vivir contigo? – soltó desesperada. – No lo entiendo, Dagon... – su voz dejó entrever su tristeza. – Ya no sé qué te pasa desde que la chica apareció... Y eso que no lleva ni una semana. – se soltó y acercó su mano a mi mejilla. – Me preocupas...

El pensamiento fugaz de Diana confesando que me quería se me vino a la mente y tomé su mano antes de que hiciera contact con mi piel.

– Te juro que no es nada malo... No es lo que piensas, ni siquiera se acerca... – contesté con suavidad y su entrecejo se relajó.

– ¿Entonces? – preguntó con insistencia.

Zenda y yo no habíamos hablado más del tema. Una vez que me dijo esas palabras simplemente dijo que tenía que irse y que me vería mañana. No soñé con ella, ni dió señales de vida después de eso.

Había sido mi decisión proponerle que viviera conmigo porque evidentemente no sabía en dónde se quedaba y cómo sobrevivía.

La cosa era que tampoco habíamos quedado en no contarle a nadie, pero mi razón decía que no podía ir por ahí contando lo que ya sabía.

– Te lo explicaré después. – después de haberle preguntado a Zenda si era correcto que le contara a mi profesora.

La susodicha negó con la cabeza y suspiró sonoramente.

– Sólo cuídate mucho, ¿sí? – rogó con la mirada. – Eres como un hermano pequeño e idiota para mí... – dijo tratando de que sonara con cariño.

La observé con una sonrisa de lado y asentí con la cabeza. Tenía razón, tal vez ella nunca me había visto como un posible pretendiente para "sucumbir ante sus encantos" como decía ella.

Zenda se acercó a nosotros y le entregó un papel a Diana que había recibido de la recepcionista.

– La señorita Melissa dice que estoy lista para mi prueba... – anunció y Diana soltó una carcajada.

– No le digas "señorita". – observó el papel e hizo un gesto despectivo con su mano. – Es más vieja que la Academia misma...

– ¡Te estoy oyendo, Diana! – gritó la secretaria y mi profesora abrió los ojos dándose cuenta de su error.

– ¡No es lo que quería decir, cariño! – se apresuró a ir a su escritorio para tratar de apaciguar las cosas.

Me reí y Zenda simplemente sonrió.

La observé con nerviosismo.

Aún no le proponía lo que tenía en mente y tenía miedo de que se le hiciera algo incómodo.

– ¿Es su novia? – preguntó sin quitar su sonrisa.

Eso me tomó por sorpresa. Jamás había pensado en la posibilidad de que Diana no tuviera novio sino novia.

– Pues, no. – respondí.

Aunque eso no me molestaría, no cambiaría nada. Es una persona amando a otra persona, es lo más normal del mundo.

Y estaba seguro de que si ella era feliz, yo también lo estaría. Era ese apoyo incondicional que nos dábamos mutuamente el que mantenía nuestra amistad en pie.

Zenda asintió comprendiendo.

– Es hora de que te sometan a un diagnóstico. – llegó Diana entusiasmada. – Y bueno, el material te lo podemos prestar aquí, sólo queremos saber de lo que eres capaz y... Tus ojos son muy bonitos... – Diana se hipnotizó con el iris de Zenda.

– Muchas gracias. – contestó ella con amabilidad.

– De acuerdo, eh... – encontró el papel de Zenda en sus manos y la tomó de la espalda. – Sígueme.

La chica de ojos hipnotizantes se despidió de mí con un movimiento muy leve de mano y se giró para seguir a Diana.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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