La chica del tiempo

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Capítulo XII

Salí de la ducha percatándome de que había olvidado mi ropa y con la toalla envuelta en mi cintura me dirigí a mi ropero con demasiada cautela para no alarmar a Zenda.

Mi vista se iluminó y paré mi caminar con las prendas en mano.

Zenda tenía puesto un camisón blanco que se cernía a su figura y su pálida piel. Su cabello cobrizo ondeaba con una brisa misteriosa y su rostro se perdía entre uno de mis dibujos que tenía en sus manos junto a muchos otros que se esparcían por la cama.

Continué mi camino y una vez que terminé de vestirme salí del cuarto de baño.

La chica reparó un mi presencia y soltó una risa breve que podía confundirse con un suspiro.

− Los sueños pueden ser muy poderosos... No tenía idea de que me dibujabas tanto. − agregó.

Me acerqué a ella y toqué su rostro con delicadeza quitando un mechón muy pequeño de sus ojos tan inusuales.

Ella cerró los ojos y respiró con tranquilidad, como si saboreara la sensación.

La observé así, tal y como era, olvidando que bien podría ser una mujer sagrada o lo que fuera.

Zenda abrió sus ojos y me reflejé en ellos. Sonrió sin mostrar sus dientes y después mis latidos fueron acelerándose mientras ella se ponía en pie y quedaba más o menos a mi altura. Frunció sus ojos un poco, era como una de sus características ya que parecía hacerlo cuando buscaba un trasfondo en las cosas, o en mí.

− Sé que aún tienes muchas dudas. − habló de repente. − Poco a poco las contestaré para ti, pero no por ahora... − sus brazos rodearon mi cintura y su cabeza se apoyó en mi pecho. − Ahora sólo quiero saborear la sensación de tenerte presente... Esto se siente muy bien...

Sin saber qué hacer y con torpeza, la envolví con mis brazos y la electricidad me recorrió el cuerpo.

Mis ojos se fijaron en nuestro alrededor. Parecía una simple ilusión, pero era demasiado palpable para que sólo lo estuviera imaginando.

En nuestro entorno las luces que emanaban parecían hacer formas en el aire mientras nuestro abrazo se consumía y parecíamos ser una simple alma.

Mis pies parecían no tocar el suelo, sin embargo, aún lo sentía debajo de nosotros.

No podía enfocar nada que no fueran las luces recorriendo toda la pieza e iluminando todo a su paso.

− Dime por favor que estás viendo lo mismo que yo. − le susurré a la chica al oído.

− No lo pienses, disfrútalo. − respondió ella sin moverse.

Reí un poco y mis ojos se inundaron de la belleza que nos rodeaba.

Si Zenda podía hacer esto para mí y para el mundo... realmente no sabría cómo completar esa frase, pero realmente era excepcional.

La chica de cabello cobrizo recorrió mi cuello son su piel erizando mi piel, llegó a mi oreja y susurró:

− No dejaré que tu vida termine aquí... te lo prometo... − se separó de mí y se volvió a la cama para recoger todos los papeles que en ella se posaban.

La observé con los labios entreabiertos y las luces que nos iluminaban el alma, comenzaron a chocar unas con otras, extinguiéndose; dejando un polvo con sus colores detrás.

La idea de mis sueños se me vino a la cabeza.

Era triste admitir que después de que Zenda se apareciera en mi mundo de mortales, los sueños habían desaparecido parcialmente.

Me acerqué al lado izquierdo de la cama y me recosté en el colchón cubriendo mi cuerpo con el edredón.

Zenda se mantenía sentada en la orilla de su lado con la cabeza gacha.

− Oye. − la llamé para que me mirara.

Quité la ropa de cama de su lado para que pudiera entrar.

Sonrió levemente y se acurrucó a mi lado.

Con las sábanas aún en mano y el cuerpo paralizado por el calor que ella emanaba, tapé su perfecto cuerpo y la abracé mientras cerraba los ojos y olía su aroma.

Buenas noches, Dagon.

La luz que se colaba entre las cortinas era molesta y más de la que solía acostumbrar.

Tapé mi rostro con la almohada de mi derecha y reparé en que faltaba la presencia de una chica ahí.

Me levanté sobresaltado y observé a mi alrededor con la boca casi tocando el suelo.

La habitación que yo conocía, no existía más. Todo lo que consistía de ella estaba pulcro, todo y cada uno de los objetos que se posaba no tenían ni una miga de polvo. Las cortinas de mi habitación estaban amarradas con un lazo muy bonito de color marfil y dejaban pasar la luz como si fuerza bienvenida.

El olor que provenía de fuera de mi habitación golpeó mi nariz e hizo a mi estómago rugir.

Aunque sabía que era producto de Zenda, no terminaba de explicarme cuando había hecho todo si a duras penas eran las siete de la mañana.

Salí de mi cómodo recinto y me dirigí a la cocina.

Zenda se movía de un lado para otro con un vestido azul pálido largo.

Un libro de recetas que me había regalado Diana de broma estaba abierto en la barra de desayuno y la chica parecía estar observando las páginas mientras movía constantemente lo que sea que tuviera en la lumbre.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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