La chica del tiempo

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Capítulo XIII

¿Cómo podría describir la sensación que el arte plasmaba en mí de tal manera que las palabras no me faltaran?

Tal descripción me era nula con cualquier paisaje, retrato, pintura o escultura... Pero jamás había pensado que un ser vivo me transmitiría tal sensación.

Su cabello ondeando como siempre lo hacía, recibiendo la brisa con tanta naturalidad; su perfil robando toda la luz que aún quedaba por entre las montañas, observando siempre el agua del lago de Hallstatt; su figura apoyada delicadamente en la barandilla de la calle vistiendo un fino vestido color lila... Era todo su ser lo que me robaba las palabras para describir lo que podía percibir como una obra de arte viviente.

Era más que claro que el hecho de ser un ser divino le ayudaba bastante, pero incluso siendo una "mujer sagrada" como se había autonombrado, Zenda tenía muchos aspectos que la volvían humana.

Sus ojos se cruzaron con los míos y en su rostro se formó una sonrisa.

Se acercó a mí caminando con las manos detrás de su espalda y se quedó frente a mí con su sonrisa tan usual.

– Hola. – saludé un poco atontado por su repentina belleza.

– ¿Qué hay? – saludó forzando su saludo para que lo notara.

Reí sonoramente y ella me acompañó.

– ¿Qué hay? – la imité. – ¿Qué se supone que es eso? ¿Un saludo?

– Los jóvenes de tu televisor saludan así. – se defendió sin dejar de reír. – Estaba tratando de "transformarme" un poco, antes de que mi transformación se hiciera por completo. – se burló.

– Sí, bueno, un "¿qué hay?" no te va a ayudar mucho. – le contesté. – Se supone que eres más o menos un adulto, saludar formalmente te trae mejores amistades, un posible buen trabajo y cierto estatus en la sociedad. – dije avanzando con Zenda a mi lado.

– ¿Qué? – dijo ella confundida. – ¿Sólo por un saludo? – frunció el ceño.

– Más o menos. – reí ante su cara de sorpresa combinada con confusión.

– Demonios, hasta un estatus social. – dijo antes de estallar en carcajadas. – Ustedes tienen muchas etiquetas; antes de venir para acá me encontré con un chico y lo saludé como lo hice contigo. – alargó sus manos y cubrió su rostro tratando de hacer muecas. – "No, no me saludes así, eres una señorita muy linda para que uses tal vocabulario... – Zenda imitó al joven e hizo una pausa dramática. – no merecemos tanta crueldad." – finalizó la chica y yo no podía dejar de reír.

– ¿Qué tipo de gente frecuentas, Zenda? – dije entre risas.

– Dímelo tú, es tu mundo, no el mío. – se defendió con las manos en alto.

– Bueno, eso es cierto... – terminé y llegamos a la tienda de ropa que Diana me había recomendado para llevar a Zenda.

Después de mentirle acerca de que le quería dar una bienvenida cambiando su aspecto, Diana había insisitido todo el día de clase para que la dejara unirse a nosotros y darle un buen aspecto a mi ahora compañera.

– ¿Qué hacemos aquí? – preguntó la chica observando la ropa.

– Es la fase uno de tu nueva yo. – le sonreí y ella me observó con las cejas en alto. – Vamos a cambiar tu ropa por otra más juvenil. – le recalqué.

– ¿No dijiste que no era joven? – repuso ofendida después de entrar a la tienda.

– Es un decir. – revolé los ojos.

– ¿Puedo ayudarles en algo? – ofreció una señora detrás de mostradores.

– En realidad sólo venimos a observar. – le contesté amablemente.

Llevé a Zenda al segundo piso donde se suponía que era un apartado exclusivo para damas.

– ¿Qué es esto? – en las manos de la chica se encontraba una prenda íntima demasiado exhibicionista.

– No, eso no. – se la quité de las manos. – Demasiado.

– ¿Y esto? – preguntó tomando un pantalón negro que probablemente era de su talla.

– Eso puede funcionar. – sonreí. – ¿Qué te parece si tomas unas cuantas prendas y te las llevas al vestidor? – sugerí.

– ¿Adónde? – preguntó volteando a todos lados.

– Tú sólo toma ropa. – detrás de ella la empujé hacia las paredes de donde colgaban los más bonitos (y probablemente caros) vestidos de la tienda.

Cuando nuestros brazos se vieron abarrotados de ropa, nos dirigimos hacia los cortineros que se posaban uno al lado del otro y dentro se veían espejos.

– Entra ahí y ponte las cosas que tomaste. – le expliqué una vez que se vio dentro del cubículo.

– ¿Cómo? – preguntó mirando tras de sí. – ¿Aquí?

– No te preocupes, no pasara nada raro. – me asomé para percatarme de que no había algún otro individuo cerca.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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