La chica del tiempo

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Capítulo XV

Zenda limpió su mucosidad y observó el lago con los ojos hinchados y las orejas rojas. Se encontraba en posición de seguridad, con las rodillas alcanzando su barbilla y abrazándolas como si fuera un soporte.

Adaptaba muchos comportamientos humanos, pero es que ya no la podía ver como alguien que no fuera mortal.

Había ido corriendo a casa por dos mantas y muchos pañuelos así como algunas que otras frituras de Zenda para que ella se sintiera mejor.

Era mucho más de medianoche, incluso podía jurar que casi amanecía.

– Toma. – le ofrecí la manta y su comida chatarra. Susurró un agradecimiento y las abrió para comer. – También tengo pañuelos por si quieres. – asintió con la cabeza y siguió comiendo. – Entonces...

Zenda suspiró y dejó sus chucherías a un lado para cobijarse con la manta.

– No sé por dónde empezar, Dagon... – su mirada se perdió en la luna y la mía en su hermosura. – Tengo muchas cosas por explicarte, pero hay unas que no serán muy gratas de escuchar.

» Aquella vez que creías que alucinabas porque me veías en casi todos lados... Eso eran, alucinaciones... Sólo que creía que así sería más fácil para ti adaptarte a mi presencia en la tierra... Es decir, yo estaba ahí en alma, pero no en cuerpo. Fue entonces cuando pasó lo del retrato en tu Academia... Fui descuidada y Diana me vio.

» No era el tiempo adecuado, no tenía que haber aparecido porque sólo aceleré las cosas... Ése fue mi error, porque si no hubiera adelantado las cosas, aún podría haber hecho las cosas bien, como humana... Podría haberme aparecido por casualidad en tu vida y de ahí comenzado a salir... Hacer que me quisieras como una persona quiere a otra... No porque tu vida dependiera de mí.

» Después de eso, Cronos me prohibió aparecer de nuevo en tu vida y trataba de que soñaras conmigo para despedirme, traté de hablar contigo por medio de las alucinaciones, pero nada funcionó... Te negabas y eso me alejaba cada vez más de ti, hasta tal punto de que no podía volver a tus sueños... Por eso no soñabas nada.

» Fue tu desesperación por encontrarme por la que traté de comunicarme contigo. Cronos tenía la idea de que si te mostraba mi rostro por completo, tu obsesión se iría y me olvidarías. Pero yo sabía que eras demasiado terco como para conformarte con eso... Por eso me mostré ante ti.

» Tu petición fue tan poderosa, que Cronos decidió cumplir tu deseo y un día mientras observaba el lago, surgió una pausa en el tiempo... Fue ahí cuando bajé en forma humana y después todo continuó su curso...

– Supongo que esa es toda la explicación que te debo hasta el momento... – Zenda observó el sol asomarse por las montañas y unos rayos de sol iluminaron su rostro.

– Pero hay más, ¿no es así? – pregunté con insistencia una vez que terminó de hablar y yo asimilaba toda la información.

– Claro que hay más, pero no tienes que saberlo... Por lo menos por ahora. – su vista se desvió hacia mí y en sus ojos podía palparse el dolor.

No insistí. Zenda parecía muy dañada ya y eso me estaba matando por dentro.

Me acerqué a ella y la abracé por encima de su manta; ella apoyó su cabeza en mi hombro y suspiró levemente.

– Algún día tendrás que contármelo todo. – le dije al oído.

– Me temo que tengo la obligación de contestar la mayoría de tus dudas. – contestó más automáticamente que por dar una respuesta.

– Pero tú no quieres responderlas y yo no te voy a obligar. – respondí lo cual tomó a la chica por sorpresa.

– ¿De verdad? – preguntó con esperanza reflejada.

– De verdad.

No habíamos dormido casi nada, de hecho, nada. Llegando a casa me había recostado en el sillón e inmediatamente mi alarma había sonado.

Me preparé un café para despertar mientras que la chica de ojos inusuales se preparaba para su primer día dentro de la Academia, parecía sumamente animada y con las energías renovadas.

– Estoy lista. – anunció parada en el marco de la cocina.

La observé con fascinación.

Podía apostar lo que fuera a que parecía una simple mortal con una belleza muy inusual y única.

La ropa le sentaba demasiado bien y el bolso que colgaba de su hombro también.

– Entonces, vámonos. – dije aún embobado en su belleza.

Salimos del edificio y nos encaminamos para nuestro destino. Mientras yo bostezaba, Zenda le sonreía a la usual brisa de Hallstatt.

Nuestra conversación de la madrugada mientras se ponía el sol apareció de nuevo en mi cabeza.

Observé a la chica a mi lado de reojo y vi la paz que ella emanaba como si de un color se tratara.

– Si te pidiera que me contestaras una cosa por día, ¿aceptarías? – pregunté de repente interrumpiendo su paz.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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