La chica del tiempo

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Capítulo XVII

Zenda era espectacular moviendo el pincel por los lienzos blancos, su técnica era impecable y cada una de sus obras podría valer una fortuna.

Me gustaba observarla desde el marco de la puerta mientras ella no se daba cuenta de que las clases ya habían concluido... Parecía ensimismada en su trabajo.

Los recuerdos del encuentro con Cronos se me vino a la mente y los alejé con prisa. Zenda aún me ocultaba cosas y Cronos también, pero no quería obligarla a que me dijera todo, sabía que aún era doloroso, pero temía que si lo que me ocultaba era de suma importancia al final arruinara todo.

– Si te sigues quedando hasta tarde no alcanzaremos a comer. – entré con cautela para no interrumpirla abruptamente.

– Ya casi lo termino. – sonrió sin mirarme siquiera. – Pensé que podría darle más provecho a todo antes de que fuéramos a comer.

– ¿Qué pintas? – me acerqué y Zenda dejó los pinceles de lado y se levantó con sus cosas en mano.

Pasó por mi lado rápidamente llevándome con ella pero con una sonrisa en la cara.

– Aún no. – dijo y antes de dirigirnos a los pasillos, por el rabillo del ojo vi su obra encima del tripié.

– ¿Tan malo es?– me burlé sin malicia y ella me dedicó una gran sonrisa.

– Aprendí del mejor.– soltó mi mano y siguió caminando por los pasillos.

Eso había dolido, pero era bueno que Zenda bromeara con eso, ¿no?

– ¿Cómo que aprendiste del mejor?– pregunté corriendo para seguirle el paso.

– No es nada.– sus mejillas se tornaron rojas levemente.

– Entonces también te está ocultando eso.– una voz a nuestra derecha llamó mi atención y tensó todo el cuerpo de la chica de cabello cobrizo.– Tú decías que las mentiras no te gustaban, pero mira donde estás ahora,– una sonrisa deslumbró entre la oscuridad de la esquina que se causaba por la dirección del sol.– tan hundida en un mar de falsedades que tú sola has creado, ¿para qué?– la chica que se escondía salió a la luz y me dejó impactado.– Para que al final él te olvide y no seas más que polvo.– soltó con desprecio y sentí la sangre de Zenda hervir antes de abalanzarse contra la recién llegada.

Me quedé estático pero no podía evitar observar a Zenda tratando de inmovilizar a la chica de cabello rojizo debajo de su cuerpo.

– ¿Qué estás haciendo aquí?– por más que Zenda tratara de hablar bajo, podía escucharla sin problemas ya que el pasillo estaba extrañamente vacío.

– Tu Dios me envió, querida.– la pelirroja le sonreía con sus dientes perfectos y el cinismo en auge.– No se te olvide que no eres la única.

– No tienes ningún derecho de estar aquí.– gruñó Zenda.

– No, tú no tenías porqué estar aquí, lo único que haces es jugar con la mente de este mortal... toto para que al final lo hagas sufrir aún más, ¿no?– la observó con desprecio.– ¡Lo arruinaste todo!– la cara de la pelirroja se puso roja.– Cronos nos amaba y tú tenías que enamorarte de tan poca cosa.– las lágrimas se asomaron por sus cuencas.– Él sufre ahora y todo porque tú no dejas de ser tan egoísta, porque no podías acatar sus mandatos como nosotras... Y él ya no es el mismo de antes ¡gracias a ti! – le gritó a Zenda en la cara.– ¡Gracias a ti ya no nos hace caso! Porque tú tenías que enamorarte de él.

Los ojos de la chica apresada brillaron con un fulgor morado y las lágrimas de Zenda comenzaron de mojar el rostro de su cautiva.

– Ya cállate.– siseó.– No es culpa mía que ustedes sean perfectas y yo no... 

– Zenda...–  de repente la cara de la chica de ojos morados se enterneció y trató de consolarla.

– ¡¿Y qué importa después de todo?!– gritó Zenda con la cara hecha un río.– Si voy a morir de todas maneras, ¡¿qué importa ya?!– el coraje salía desde el pecho de Zenda y se me hizo un nudo en la garganta.– ¡Lamento tanto no ser como ustedes!– aflojó su agarre y sus brazos flaquearon.

La chica la ayudó a sentarse en el suelo y la abrazó dejando que Zenda llorara en su hombro, como si fuera su hermana mayor.

No era una mala idea, en realidad, Zenda y su protectora tenían un parecido extremadamente  peculiar... Pero sólo lo que podía diferenciarlas era el color de su cabello y ojos.

Cuando se alejaron un poco la chica se veía realmente mayor que ella, tan sólo un poco.

El silencio reinó en los pasillos y luego las chicas se pusieron en pie.

Cuando la pelirroja volteó a verme la cabeza de Zenda se enderezó y volteó lentamente, como si tuviera miedo o algo parecido.

Seguía con una maraña de pensamientos enredados en la cabeza y no sabía sin el repentino cambio de humor de ambas ya era normal.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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