La chica del tiempo

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Capítulo XIX

– ¿Enseñarla a nadar?– preguntó Diana divertida mientras me observaba guardar mis pertenencias en la mochila negra que descansaba en mi butaca.– ¿Qué es?, ¿una niña de cuatro?– preguntó sin ocultar su evidente sarcasmo.

– Veinte, de hecho.– le contesté divertido.– Mucho más joven que tú, te recuerdo.– sonreí pasando por su lado cerrando la cremallera.

– ¿Estás llamándome vieja?– Diana me siguió con una mano en su pecho haciéndose la ofendida a pesar de que era cierto.

– Hola.– saludó la chica de piel pálida mientras abrazaba uno de sus cuadernillos.

Respondí a su saludo con una sonrisa y Diana igual antes de susurrarme al oído:

– Y para que lo sepas, sólo soy cinco años mayor que ustedes, mocosos. – se dio la vuelta y entró en su aula tomándolo como despedida.

– ¿Estás lista?– le pregunté a Zenda entusiasmado.

– Sí, ¿para qué?– se rectificó una vez que vio que tomaba su mano y nos encaminábamos a la recepción. 

– Hoy voy a enseñarte a nadar.– le sonreí de lleno.

– ¿Es broma?– se paró abruptamente en las escalinatas de la Academia de Hallstatt.– Te he visto hacerlo... y es muy diferente verlo a hacerlo, yo no puedo...– negó con la cabeza y me acerqué a ella con los ojos entrecerrados.

– ¿Me has visto hacerlo?– pregunté muy intrigado y cuando sus mejillas adquirieron color emití una sonrisa.– No recuerdo haber nadado en tu presencia...

– Es difícil de explicar, ¿de acuerdo?– bajó la mirada y soltó una risa mientras negaba con la cabeza.

– Te escucho.– bajé mi mochila y la dejé en la banqueta anunciando que pensaba quedarme ahí hasta oír su explicación.

– No.– sonrió de lleno mostrando su dentadura perfecta.– No pienso hacerlo.– se rió y luego junto sus labios sin querer dejar salir una carcajada.– De acuerdo...– se rindió y continuó caminando mientras yo le seguía el paso con mi mochila en mano.

– Esto va a ser muy divertido.– anuncié antes de escuchar lo que tenía que decir.

– Ni te lo imaginas.– una voz a la izquierda llamó mi atención y sentí el cuerpo de Zenda tensarse así como su mirada se oscurecía.

Mis ojos se abrieron con impresión al ver a otra de sus réplicas tan perfectas esperar sentada encima de una barda con las piernas largas cruzadas.

Era preciosa. Era tal cual era Zenda pero ella parecía tener el cabello recogido suavemente para mostrar mejor sus facciones así como un collar con una gema azul igual que sus ojos; su vestido era de un azul muy pálido y sus labios se juntaban delicadamente. su rostro no parecía querer demostrar más que seriedad, pero dentro de ellos nacía un fuego que emanaba odio hacia la chica que a mi lado había reído hace unos instantes.

La chica nueva bajó con gracia de la barda y caminó hacia nosotros contoneando sus caderas, pero no de la forma seductora, sino de una manera demasiado femenina.

Cuando llegó frente a nosotros pude notar que sus ojos eran mucho más grandes que los de Zenda y con ello parecía observar todo con atención.

– Ahora tú.– reprochó Zenda encarándola y dejándome fuera de su conversación.  

– No me malentiendas, no vine con las mismas intenciones que Calíope.– observó a su hermana menor (supuse) sin cambiar su expresión, la cual parecía no cambiar a menudo... Era un rostro intacto, sin expresión y con dolor por dentro.– Vine a advertirte.– siguió su hermana.– Si lo que deseas es terminar con tu cometido, será mejor que no pase de algunas semanas, Cronos no piensa darte más tiempo después de la manera en la que trataste a Calíope, la cual se ha montado un mar de lágrimas por la pérdida tan repentina del amor de su creador y su hermanita.– realmente comenzaba a creer que esa nueva mujer no tenía otra expresión que no fuera esa. – Apresúrate.– se dio la vuelta y comenzó a caminar por las calles que daban para arriba, por donde estaba el jardín de Zenda.

– ¡Aria!– llamó Zenda para contener a su hermana de seguir caminando, provocando así que esta se diera la vuelta con su misma expresión.– Gracias...

Se giró para tenernos de frente y sus cejas titilaron un poco, pero después volvió a su in-expresividad.

 – No lo hice por ti, sabes que me importas en lo más mínimo.– la llama del odio ahora parecía atenuarse en sus ojos.– Fue Desa quien me lo pidió... y ya le debo mucho.– bajó la mirada y después volvió a observar a la chica idéntica a ella, pero con unos ojos mucho más bonitos.– Ojalá que todo esto acabe pronto, Zenda... Ya causaste muchos problemas.

Esta vez no volteó ni siquiera para despedirse y se marchó.

Por alguna extraña razón Zenda aún sonreía con cariño viendo a su hermana avanzar por las calles de las casas pintorescas de Hallstatt.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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