La chica del tiempo

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Capítulo XXI

Zenda parecía demasiado nerviosa para decidirse por un vestido que impresionara a mi padre, pero eso yo lo veía como el más mínimo detalle, ya que con lo que fuera que tuviera puesto, se veía perfecta y con lo suficiente para captar todas las miradas de la calle y todos los establecimientos a los que íbamos.

– ¿Crees que este le guste? – levanté mi vista ante la pregunta de Zenda y me quedé impactado.

No fue por su vestido por lo que mi corazón se sentía estrujado y parecía que latía más rápido que nunca, no. Era el color de su piel, sus mejillas naturalmente coloridas y sus ojos que dejaban de tener los toques rojizos y en cambio tenían color miel y de fondo su verde tan característico.

Me levanté del sofá y me acerqué a ella con lentitud, saboreando la sensación de tener a Zenda de esa forma.

– Te ves... – las palabras para elogiarla me quedaron cortas. – Tan humana... ¿Te maquillaste?

– No... pero si quieres puedo hacerlo, aún tengo tiempo. – señaló la habitación.

– Es que... No había visto tu piel así y dudo mucho que sea por el sol. – me acerqué a su rostro para examinarlo de cerca.

Mis cejas se fruncieron al tenerla tan de cerca.

Zenda parecía tener pequeños rayos marrones en el cabello y ya no tan negro y grisáceo; sus ojos eran mucho más naturales y sus labios parecían ser de un rosa demasiado común y no como antes que parecían pintados de un rojo tenue. Su cabello ya no era completamente lacio, sino que desde la raíz presentaba ondas y su piel... ya no tenía ese color pálido, sino que parecía estar con un poco más de color.

Se me formó un nudo en la garganta.

¿Y si eso significaba que su tiempo de vida se estaba acortando demasiado rápido? No era una mala suposición si decía que antes de que se desvaneciera, podía pasar por su forma humana que la conformaba.

– Dagon... – la cara de Zenda reflejó tristeza y tomó mi rostro sonriéndome y tratando de contagiarme su sonrisa. – No va a pasar... – pegó su frente a la mía y cerró los ojos. – No ahora.

Asentí y sonreí alejando su cuerpo de mí.

– Estás más que perfecta... realmente te ves... – reí quedándome sin palabras. – Deslumbrante.

Ella me devolvió la sonrisa dejando que un leve color rojo llenara sus mejillas ya de un color más natural. 

– Entonces, no hagamos esperar a tu padre. – sonrió y me arrastró a la entrada con nuestras manos tomadas.

Metí las maletas en la cajuela del coche que habíamos rentado y ella se metió sin esperar a que le abriera la puerta. Estaba consciente de que no sabía mucho acerca de eso, pero no me daba la oportunidad de ser un caballero.

Me puse en el asiento de piloto y observé la cara de Zenda con demasiada emoción.

Arranqué de camino al bosque en donde vivía mi padre y ella no dejaba de deleitarse con cualquier cosa que veíamos de camino.

– Nara estaría tan fascinada si pudiera ver esto. – suspiró Zenda con sus ojos brillantes como los de una niña pequeña.

– ¿Quién es Nara? – pregunté sin dejar de sonreír por su comportamiento.

– Una de mis hermanas, a ella le encantan los paisajes fríos y húmedos como los bosques de Hallstatt. – contestó sin verme ni por un momento. – Desearía tanto que pudiera ver esto...

Aunque Zenda no borrara la sonrisa de su rostro, sabía que sentía la sensación de soledad aún estando conmigo.

– ¿Extrañas mucho a tus hermanas? – pregunté un tanto curioso y prendí el aire acondicionado para calentar un poco el frío viento.

– Sí... Es decir, no... – se rectificó al ver mi rostro y le sonreí a punto de contestar pero dejé que continuara. – Sólo que no sé... Ellas no pasaban mucho tiempo conmigo... Solíamos compartir muchas cosas en común, pero desde que la idea de venir a verte salió a la luz, comenzaron a alejarse de mí... Las únicas que siguieron en contacto conmigo de vez en cuando fueron Desa y Yehor... Desa porque siempre fue cariñosa con todas y Yehor porque era de las últimas que Cronos había creado y de hecho, antes que yo, ella era el nuevo tesoro de Cronos... Y pues, Yehor comprendía en parte que yo me opusiera a amar a Cronos, aunque por otra parte ella sólo decía que me iría acostumbrando y al último lo amaría igual que todas.

– ¿Tesoro de Cronos? – pregunté pensando que Zenda lo decía sólo por joder un momento y lo creí hasta que empezó a reír.

– Así nos llaman las demás divinidades. – sonrió y vio la carretera. – "Los tesoros de Cronos" – negó con la cabeza y agachó la mirada sin dejar de sonreír. – Es un buen apodo.

– No lo es, las tratan como si fueran de su propiedad. – repuse un poco enfadado.

– Dagon. – llamó Zenda divertida. – Él nos dio la vida. – sonrió. – Prácticamente sí le pertenecemos.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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