La chica del tiempo

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Capítulo XXIV

– Dios, ¡está helada! – se quejó Zenda al sumergirse por completo en la tina de burbujas de mi padre, la cual no estaba encendida.

– Realmente te falta aprender muchas cosas.– me reí de ella e hice que las burbujas aparecieran junto a la repentina agua caliente.

– Mucho mejor.– la sonrisa de Zenda se hizo presente y fue después de eso que me di cuenta que Zenda estaba completamente desnuda debajo del agua, pero por obras a su favor, las burbujas no dejaban ver más allá.

El rubor corrió por mis mejillas y le dije torpemente que saldría para que se pudiera dar un baño.

– Sabes que no me molesta en lo más mínimo que estés presente.– habló la chica con los ojos cerrados.

– Prefiero darte tu privacidad.– sonreí aunque ella no me viera y salí para cerrar la puerta de una manera sigilosa.

Me dirigí hacia nuestra habitación y observé su maleta entreabierta. No había mucho por lo que parecía, a pesar de que Zenda trajera miles de cosas (o casi toda nuestra casa), las maletas no pesaban del todo.

Bajé a la cocina olvidando mis paranoias y decidí servir un poco de jugo en una taza para café.

– Qué raros son los humanos... No saben seguir instrucciones.

– Ya lo creo.– contesté con una sonrisa en la boca.– Aunque servir jugo en donde debería de haber café no es un crimen del todo, Zenda.– me volteé y solté la taza a la vez que mis ojos enfocaban a la chica frente a mí.

Era posible que mis ojos estuvieran jugando conmigo, o peor aún, que la voz de la misma chica del reflejo del lago fuera exactamente igual a la de Zenda.

– Yo no soy Zenda.– contestó entrecerrando los ojos.

– Y tampoco eres bienvenida aquí.– Zenda hizo su aparición envuelta en una toalla al pie de las escaleras.

Mi corazón casi se para, pero mi mente tardaba demasiado en procesarlo, sin contar que ya ni me sorprendía que las hermanas de Zenda fueran tan exóticas, ni que lo que probablemente seguía era una pelea a muerte entre ellas dos.

Ahora la curiosidad se posaba en donde antes estaba el miedo.

– ¿Es cierto que peleaste con Nara?– desde mi posición pude ver la enorme e inusual sonrisa de la chica, la cual ni siquiera mostraba interés en mí una vez que había visto a su hermana con el rostro de color rojo por la ira que subía desde su estómago.

– ¿Acaso eres tan estúpida como para gastar tu tiempo en una pregunta como esa?– Zenda parecía adaptar la misma cara que Aria cuando hacía presencia.

– No me retes, pequeña.– la chica ladeó su cabeza y observó con ojos asesinos a su hermana.– Sabes muy bien de lo que soy capaz.– movió su lengua por su labio superior y le sonrió de lleno.

– Lárgate.– Zenda se acercó muy lentamente, como si no quisiera irrumpir en la paz de su hermana, como si realmente temiera de lo que la chica de cabello rojo pudiera hacer.– No lo voy a repetir dos veces.

– Ay, nena, no me hagas reír.– su sonrisa casi quería salir de su rostro y empecé a preguntarme cuál era el objetivo de Zenda tomando la lámpara de pie que iluminaba el umbral.

Zenda lanzó por los aires el objeto y yo cubrí mi cabeza una vez que se estrelló.

La chica de ojos rosas se agachó y los susodichos brillaron con un fulgor descomunal.

Zenda le siguió y quien parecía ser su oponente la había atrapado en el aire como si de una muñeca de trapo se tratara.

¿Otra pelea?

Me preocupé de verdad cuando escuchaba los cuerpos de ambas golpear contra las paredes de la casa hasta que Zenda abrió la puerta para proteger el interior y en su descuido, su hermana la derribó apresándola contra el suelo.

Corrí a ver la escena y de uno de los ligueros de su hermana una daga brillante se deslizaba hacia afuera en la mano de la recién llegada.

La sangre me bajó a los pies cuando la posó en el cuello de Zenda y ésta aulló con la cara furiosa.

– Esto es muy divertido, cariño– su sonrisa se alargó demasiado.– , pero mira el lado bueno... Dejarás de causar problemas.

A causa de que ninguna tormenta acechaba el cielo ni las ramas crecían sin cesar, tomé el paraguas del perchero y golpeé a la hermana de Zenda con una fuerza brutal.

Mientras ella se alejaba poco a poco maldiciendo a quién sabe cuántos dioses, yo ponía a Zenda de pie y ella me rogaba que me alejara mientras sujetaba su garganta.

– Vete.– expulsó Zenda con el poco aire que le quedaba.– ¡Vete!– gritó y yo traté de decirle que no la dejaría sola pero ella negó con la cabeza mientras me empujaba contra la casa y cerraba la puerta tras de ella.

Cuando la volví a abrir, los ojos de su hermana se posaban en mí y si no veía mal, sus retinas ahora parecían dos bolas de fuego.

– Yehor, es suficiente.– Zenda mantuvo las manos arriba, temblaba.

Se acercó a su hermana con paso lento y ella simplemente no dejaba de mirarme.

No parecía querer herir a su hermana que estaba tan solo a unos pasos de ella, sino que todo su odio estaba dirigido hacia mí.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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