La chica del tiempo

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Capítulo XXXI

El tiempo parecía correr lento, incluso más que eso pues mis ojos podían captar todo en cámara lenta.

Calíope había saltado con una daga filosa y brillante apuntando a Zenda quien mantenía sus cejas fruncidas sin mover su postura, los movimientos iban corriendo mientras yo apenas parpadeaba.

Después de que mis ojos pudieron deleitarse con la hermosa escena del cuerpo de Zenda despidiendo un fulgor entre rojo y verde a medida que Calíope se acercaba con el fulgor del color de sus ojos, lo cual parecía la misma galaxia haciéndose presente en el bosque en el que nos encontrábamos, el tiempo siguió su curso normal.

Observé a mi alrededor y pude percatarme de que Zenda y Calíope no eran las únicas que desprendían un fulgor de ese tipo, sino que todas y cada una de las hermanas que observaban con ojos furiosos a su oponente también despedían el mismo color que sus ojos.

Pero fue Orelle quien llamaba mi atención, de sus ojos corrían lágrimas, no quería lastimar a sus hermanas, podía sentirlo, pero no era la única. Del bando de Zenda podía sentir la pesadumbre que cargaban en sus hombros, no querían herir a su hermanas.

Y entonces observé de nuevo a Zenda ya un poco más cerca de Calíope abría su boca en un grito desesperado y su nariz estaba arrugada, pero a pesar de eso, Zenda lloraba y su rostro estaba rojo por el dolor que contenía en su alma.

Zenda azotó contra el cuerpo de Calíope y se colocó en su espalda para plantar su pierna ahí y arrebatar la daga de sus manos. Cuando cayeron de su salto, Zenda quedó arriba del cuerpo de su hermana dejándola inmovilizada.

No podía distinguir quién era quién y quién estaba peleando con quién puesto que un sin fin de luces inundaba mis ojos causando una gran confusión.

Todas bien podían moverse a la velocidad de la luz y al otro momento estar atacando a su oponente en cámara lenta de nuevo.

Suponía que era algún efecto de que todas crearan un balance en el tiempo ya que eran parte de Cronos y que, de algún modo, el hecho de que se estuvieran atacando unas a otras causaba un gran desbalance en el correr del tiempo.

– ¡Cuidado! –la voz de Hylym me hizo reaccionar y voltear para ver el cuerpo de Jeno volar justo a mi dirección. – ¡Zenda!

La chica de cabello oscuro dejó de hacer fuerza en los brazos de su hermana y observó el cuerpo que venía peligrosamente hacia mí. Fue entonces que Zenda corrió a la velocidad de la luz y con el mismo fulgor que su cuerpo emanaba empujaba a Jeno hacia la cabaña, destrozando así otra pared de ella.

Zenda bajó su vista a mis ojos y me sonrió con dificultad.

– Creo que será mejor que te vayas de aquí lo antes posible. – dijo con la vista observando a sus hermanas. Entonces Zenda alzó su cabeza y fijó su vista en el lugar donde había dejado a Calíope tirada, pero ella ya no estaba. – ¡Joder!

La voz de Zenda se fue con el viento pues Calíope había tomado a Zenda por el cuello y apretaba con fuerza.

– Cuida tus palabras. 

Su comentario no venía al caso, pero igual me dio por tomar la daga de su cinturilla y clavarla en su costado haciendo que Calíope lanzara un grito enorme y soltara a Zenda para poder inspeccionar su herida.

– ¿Qué hiciste? – gruñó su hermana y de un momento a otro se colapsó en el pasto retorciéndose de dolor.

– Te dije que te fueras. – susurró Zenda mientras me jalaba del brazo para alejarme de la escena pero ya era demasiado tarde pues la mirada de todas sus hermanas se fijaba en mí. – ¡Corre! – gritó Zenda esta vez al ver que Yehor y Nara derribaran fácilmente a su oponente y se dirigieran con velocidad hacia nosotros. – ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Vete! –gritó de nuevo Zenda con sus ojos muy abiertos y con el pánico creciendo en ellos.

Nara había comenzado a mover la tierra que pisábamos mientras sus ojos negros crecían y crecían mientras Yehor tomaba la daga de su hermana y la mantenía en su mano con demasiada fuerza.

Zenda lanzó un grito desde el fondo de su alma

 que reflejaban desesperación y coraje y una bolsa de luces envolvió nuestro entorno evitando el paso de sus hermanas y en cambio enviándolas probablemente muy lejos.

La chica de cabello oscuro me vio con los ojos muy abiertos y al momento que se relajó la bola de luces desapareció esfumándose en el aire cual polvo.

– Por favor. – rogó. – No quiero que te hagan daño...

Lexie llegó corriendo y tocó el hombro de su hermana.

– Yo voy a cuidarlo. – le regaló una sonrisa que relajó los músculos tensados de Zenda y asintió con la cabeza.

La chica perfecta me observó por última vez y corrió a ayudar a Orelle quien lloraba desesperadamente mientras se sentía apresada bajo el cuerpo de Tabatha.

– ¡No quiero hacerte daño! – gritaba constantemente negándose a usar sus poderes contra su hermana.

Tabatha mantenía el ceño fruncido pero no dejaba ir a su hermana, sino que mantenía su daga contra la garganta de Orelle.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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