La chica del tiempo

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Capítulo XXXIII

Mis ojos se adaptaron a la luz nocturna y tardó unos instantes en enfocar bien.

Traté de mover mis manos para verlas pero sentía presión contra mi cuerpo. Unos lazos de color morado apresaban mis brazos y manos mientras que Calíope se ponía de pie en cámara lenta y podía ver su sonrisa brillar en la oscura noche.

Observé con terror cómo se acercaba al cuerpo débil de Zenda y la levantaba por el cuello. Zenda se retorcía con las pocas fuerzas que le quedaban y Calíope seguía hablando en mi mente.

– Como ya te dije, mi problema no es con Zenda, es contigo, porque te detesto.

Incluso sin necesidad de mover la boca Calíope seguía metiéndose en mi mente.

Hylym había tratado de correr hacia Calíope pero con un sólo movimiento de dedos la envolvió en un remolino de color púrpura y la azotó contra un árbol dejándola más débil que antes. Entonces Desa trató de llegar a Zenda pero la chica de cabello rojo la observó por unos instantes para que después Desa observara el cielo y poco a poco su color se fuera desvaneciendo y cayó al suelo.

Zenda trataba con todas su fuerzas de quitar las manos de su hermana de su cuello pero incluso aunque pusiera todo su empeño, seguía siendo muy débil.

Traté de gritar pero de mi garganta no lograba salir nada aunque quisiera.

– Jamás pensé que tendría que llegar a esto, sinceramente. – confesó Calíope.

 

Finn trató de clavar su espada en la espalda de su hermana pero ésta expulsó un gas morado que hizo que su hermana azotara inmediatamente con el suelo.

Aunque todo seguía pasando en cámara lenta, a mí me parecía que iba muy rápido. Calíope era muy poderosa, ya me había quedado claro, pero aún me preocupaba el hecho de que Zenda estuviera colgando por encima del suelo y que Calíope conservara su sonrisa.

Ivy trató de hacer un muro frente a su hermana de algún tipo de nieve que parecían bloques pero Calíope con tan sólo subir la barbilla derrumbó la pared y mandó los bloques contra el indefenso cuerpo de Ivy.

Tal vez Calíope estaba ganando puesto que todas estaban sumamente dañadas.

– Pero espero que lo entiendas y que puedas perdonarme. – siguió Calíope.

 

Lexie lanzó bloques de hielo en forma de estacas al cuerpo de Calíope pero ésta los regresó a ella con un simple movimiento de la muñeca y la chica de cabello azul simplemente flaqueó porque le faltaba el aliento.

Millicent se puso frente a ella con el ceño fruncido y tratando de tomar aliento para poder afrontar a Calíope. La chica de ojos morados paró su andar sin bajar a Zenda y esperó el ataque de Millicent. La chica de ojos rojos encendió una llamarada que cubrió el cuerpo de Calíope y Zenda, pero parecía que un extraño círculo invisible las protegía del todo.

Millicent cayó rendida por agotar sus pocas fuerzas y Calíope siguió su andar.

Orelle y Rhoda hicieron una red de hierro para detener el andar de la chica pero esta no función pues se derritió como si de plástico se tratara y en cambio quemó las manos de las chicas.

Nadie más podía interponerse en su camino pues sabían que hicieran lo que hicieran no podrían detenerla ni aunque pidieran la ayuda de los mismos Dioses.

Fue en ése momento en el que todas se rindieron que Calíope dejó que el tiempo siguiera su curso normal.

Levantó el cuerpo de Zenda y después me observó con una sonrisa.

– ¿Sabes qué pasa?– repitió con cinismo. – Mi problema no es con Zenda, es contigo... Tú en general me pareces muy poca cosa para ella, porque es de Cronos y eso... Pero si te mato a ti Zenda probablemente se hunda en una tristeza eterna hasta su muerte... Yo no quiero eso, Dagon... Porque yo la amo demasiado como para hacer eso. – negó con la cabeza y sonrió. – En cambio, a ti es muy fácil dañarte... Eres débil y como tú dijiste hace no mucho. – levantó la cabeza. – Sólo pueden hacerte daño las personas que amas y que te aman.

Su mirada se oscureció y atrajo a Zenda a su cuerpo para susurrar algo en su oído dejando que una lágrima corriera por sus frías mejillas.

Zenda negó con la cabeza mientras me veía con ojos inundados de miedo.

– Espero que algún día los dioses me perdonen. – susurró Calíope al final.



Berenice Belmonte

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En el texto hay: mitologia, amor, divinidades

Editado: 16.07.2018

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