La chica que domo al domador

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Caída

 

Leyla término de apretar su listón morado alrededor del moño, suspiro y trato de mantener su mente en blanco, se dirigió hasta la enorme carpa amarilla y roja iluminada por cientos de diminutos focos.

La multitud aplaudió cuando subió al escenario, ella saludó e hizo una reverencia, al levantarse se encontró con los ojos grises de Víctor a lo lejos, la veían con una mezcla de emociones que no pudo identificar, se volvió y comenzó la música.

Comenzó a subir. Más, más y más entre vueltas y piruetas, el público se maravillaba, subió tan alto que pensó que podría tocar el cielo si estiraba su brazo. Por un momento su alma se sereno, cerró sus ojos y vio a Víctor, sus hermosos ojos de plata viéndola con amor, ¿eso era?

-Víctor – murmuró mientras daba vueltas cada vez más rápido en el aire.

Sobre la tierra los presentes fascinados murmuraban el talento de la chica.

-Parece volar – dijo una niña a su hermana.

-Parece una ninfa – respondió la otra con una sonrisa.

Víctor sonrió con los brazos cruzados sobre su pecho algo intranquilo, no era normal que Leyla girara tan rápido, siempre lo hacía despacio, con gracia, ahora parecía más... desesperada.

Leyla danzo entre el viento como jamás nadie había visto, su danza entristeció al público y al mismo tiempo los cautivo. Descendió un poco, aun moviéndose como si fuera una pequeña hada a la orden del viento, pero ella se sentía más bien como una hoja arrastrada por él.

Víctor frunció el ceño, Leyla actuaba extraño, bailaba precioso, pero, algo andaba mal, lo sentía en el pecho.

Leyla derramó un par de lágrimas justo cuando la música comenzó a sonar a un ritmo más fuerte, las vueltas comenzaron de nuevo, su corazón latía tan fuerte como el mundo giraba, todo giraba, todo, excepto Víctor, a él lo veía claramente.

De pronto el mundo se detuvo, la música, el viento, todo, todo se volvió negro.

Víctor corrió tan rápido como pudo hasta el escenario, al igual que Katty y Markoc. El público estaba muy quieto, no había ni un sonido dentro de la carpa, los acróbatas y payasos observaban con rostros afligidos, algunos cubrían sus bocas con sus manos, algunos lloraban.

Llego hasta ella y se lanzó a su lado.

-Leyla, Leyla – no se había dado cuenta de que gritaba.

-No la toques – grito Katty – no la muevas.

Markoc llamó rápidamente a los paramédicos que siempre mantenía cerca en caso de algún accidente aunque siempre pedía al cielo que no los necesitase.

Víctor no lo podía evitar, debía tocarla, necesitaba saber que... que no...

Se acercó lo más lento que pudo, lo más suave, lo más tierno. Estiró su brazo y tocó su rostro, parecía una pequeña bailarina rota, sus ojos estaban cerrados como si durmiera pero una línea de sangre salía de su boca.

Lagrimas cayeron en su rostro de muñeca y Víctor se percato de que estaba llorando.

Los paramédicos llegaron y levantaron suavemente a Leyla, la llevaron con ellos rápidamente e hicieron todo lo que pudieron en la ambulancia.

Víctor se levantó aun con las lágrimas rodando por sus mejillas, Katty lo tomó del brazo y lo llevó hasta su pequeño vagón. Víctor solo podía pensar en Leyla, pero no en la preciosa muñeca rota que acababa de ver, no, pensaba en Leyla, la pequeña niña callejera que había encontrado fuera de la carpa del circo.

Salió a caminar, lo necesitaba, el sol resplandecía a pesar del viento helado, apretó su chaqueta sobre su cuello y metió sus manos en los bolsillos.

-Hola – escucho detrás de él.

Se volvió, casi no reconoció a la chica, era la misma chica a quien había llevado con Katty la noche anterior pero ahora estaba limpia, tenía ropa entera en lugar de retazos sobre su piel y su cabello relucía, además de la sonrisa, si, era esa sonrisa lo que la hacía tan distinta.

-Hola – respondió lo más seco que pudo.

-Yo, quería darte las gracias – dijo acomodando su cabello algo nerviosa.

-No hay porque.

-Si lo hay, gracias a ti el dueño del circo me ha dejado quedarme, gracias a ti tengo donde dormir hoy.

-No es nada, descuida.

Se volvió y siguió caminando, se dio cuenta de que ella lo hacía también, un paso o dos tras él. Paro y la miró de nuevo.

-¿Algo más?

La chica levanto sus brazos y devolvió el saco que le había prestado la noche anterior.

Él la miró de abajo hacia arriba y sonrió.

-Quédatelo, lo necesitas más que yo.

Ella sonrió como si le hubiesen regalado el santo grial.

-Ahora vete, hace frío y...

-Tengo un saco – replico ella poniéndose el de Victor.



Frann Gold

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En el texto hay: circo, domador de leones, baile aéreo

Editado: 30.05.2018

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