La Ciudad Del Silencio

Tamaño de fuente: - +

LA CIUDAD DEL SILENCIO

 

Pareciera como si apenas fuese ayer cuando enterré a un viejo conocido; pues aún tengo vivido el recuerdo, aun después de que haya pasado tanto tiempo.

Hace algunos años trabajaba como enfermero en una albergue para ancianos; mi trabajo era, entre otros: administrar sus medicamentos, cambiarle sus sabanas cuando se requería, inyectar a quien lo necesitaba, llevar comida quien no pudiera levantarse de su cama, bañarlos, e incluso cambiarles el pañal, por momentos era un trabajo muy desagradable; a veces tenía que lidiar con los malos tratos y desplantes de algunos pacientes; me escupían la comida, la tiraban al piso, o me trataban de pegar con su bastón si algo no les gusta, en fin sabía que era parte del oficio. Por suerte no todos eran así, había gente buena y cariñosa, viejos que te daban buenos consejos, ancianas que te mimaban recordando a sus hijos o nietos, y no tenía particularmente ningún problema con alguien de la casa hogar, ya sea con los ancianos o con algún compañero, sobrellevamos nuestro trabajo.

Me agradaba cuando escuchaba historias y anécdotas de todo tipo de los viejos, de lo que hicieron y fueron durante su vida: sus amores no correspondidos o amores que ya se fueron, trabajos que tuvieron desde los más normales hasta los más bizarros, me acuerdo de un tipo que decía que se ponía un traje de buzo y lo bajaban dentro de una jaula en la aguas negras de la ciudad, supuestamente para limpiarlas. Sus relatos y sucesos eran de las más variadas posibles, pasaban de lo divertido a la tristeza, de la espontaneidad a lo planeado, de lo posible a lo inverosímil. Personas que decían que llegaron a conocer personajes de la farándula, política, deportistas, personas que cambiaron la historia del mundo, etc. Todo un enjambre de historias era, para mí, fascinantes. Porque no me importaba si eran reales o no, lo que importaba era que me abrían un mundo del cual jamás había imaginado.

Un mundo del cual yo siempre he querido explorar, verlo y sentirlo. Una semilla de inquietud y curiosidad para salir por el mundo, pero jamás ha llegado a germinar esa semilla; siempre es por algo, falta de dinero, tiempo, motivación, o cualquier otro motivo, al final siento que soy yo mismo quien impide la germinación de esa semilla.

Pero en medio de toda esa gente con sus mares de historias en el asilo, había un hombre, del cual nadie sabía nada; exceptuando de lo poco que se sabía de él, era que en otros tiempos, llego a ser un marinero, y que llego a recorrer gran parte del mundo, ya sea en su barco pesquero o cuando trabajaba para grandes empresas y barcos de trasporte, pesca o cosas parecidas. Su nombre era Sebastián Clue, su edad redondeaba arriba de los 80, estaba muy demacrado, por lo que siempre estaba postrado en su cama, muy rara vez se le veía salir de ella o de su habitación, no hablaba con nadie, y con los pocos que llego a hablar lo describían como alguien distante, sin ánimos y marchito.

Yo era el encargado de llevarle la comida hasta su cuarto, siempre lo encontraba acostado en su cama mirando a través de la ventana o a veces miraba detenidamente un viejo cuadro que colgaba en la pared; la imagen era la de un muelle con un barco camaronero atracado en ella. Cuando veía sus ojos parecían vacíos y ya sin vida; a un costado estaba una ventana que le permitía entrar apenas unos rayos de sol. Siempre le dejaba la charola de la comida sobre un pequeño buro que estaba a un costado de su cama. Jamás me volteaba a ver cuándo se la dejaba o cuando se la retiraba, nunca pronuncio palabra alguna o tampoco llego a asentir con la cabeza.

Y fue así hasta que un día después de dejarle la comida, y que me dirigía a la puerta, escuche algo que nunca creí que llegaría a escuchar, Sebastián me habló.

-¿no te parece hermosa esa pintura?- me comenzó a decir, levantando sus cejas y sin apartar su mirada de la pintura

Yo solo me detuve en seco, no sabía que decir, estaba perplejo, por suerte o porque el señor se había dado cuenta, no lo sé, no dejo que contestara y siguió hablando.

-Me lo pinto un amigo hace mucho tiempo, era buen pintor, pero después ya no supe si siguió con la profesión, pues lo deje de ver hace mucho, me imagino que no, sino ya hubiera oído su nombre en una galería de arte. ¿Ves ese barco? era mi barco, “Elizabeth”, como la reina. Y esa pequeña figura que apenas se observa dentro del cuarto del timón, ¿la vez?, soy yo, cuando era más joven-

 

En verdad, no me había fijado en ese pequeño detalle del barco en la pintura, y si, había una pequeña figura ahí, aunque por los trazos del lienzo no puedo decir con seguridad como era de joven.

-¿y cómo se llamaba el pintor?- me atreví a preguntar ya que en ningún lado se apreciaba la firma del autor

El pobre viejo sin dejar de mirar la pintura y volviendo a levantar sus cejas, dijo -ya no tiene caso, se fue hace mucho tiempo, todo lo que necesitas saber se encuentra en esa pintura-

¿lo que necesite saber? Me pregunte a mí mismo en mi pensamiento, ¿que necesito saber?

De repente giro su cabeza hacia mi dirección, viéndome directamente a los ojos, y como si estuviera leyendo mis pensamientos me dijo -tal vez ahora no necesitas saber nada, pero en el futuro, créeme, querrás respuestas-

-¿en serio?- pregunté incrédulo

-sí, -continuaba el viejo con una voz débil- eras como yo hace mucho tiempo, y como cualquier joven, en un momento creen saberlo todo y al otro quieren respuestas a sus dudas, y no les basta lo que les ofrece su lugar de origen, quieren más, pues ya absorbieron todo lo que podían de él. Por lo que se vuelven como las aves, tratan de migrar a un lugar donde les ofrezcan lo que buscan; y si no es así siguen buscando hasta encontrarlo, al final del viaje cuando te vuelves un viejo decrepito como yo, lo importante no era el destino o la respuesta en sí, sino el modo de llegar a ella, el viaje en si-

Se toma un momento para tomar aire, abrir y cerrar los ojos, para volver a continuar con su frágil voz -fui marinero en mis años de resplandor, estuve en muchos lugares, vi increíbles escenarios, observe a fabulosas personajes, observe sucesos extraordinarios, viví grandes aventuras; mis ojos vieron cosas que normalmente la gente nunca se daría cuenta, pero contarlas hoy en día, son ya delirios de un viejo moribundo, de alguien senil, que sólo espera que le llegue el descanso eterno.

-Entonces ¿porque no escribiste un libro de tus aventuras?, de seguro hubiera sido un éxito- le pregunté, no sé si por ironía o por otro motivo.

-Los libros… fueron para mí un gran sostén cuando más los necesitaba, leía centenares de libros cuando estaba en alta mar, podía leer cualquier tipo de lectura, pero prefería autores como: Hermann Hesse, León Tolstoi, Ernest Hemingway, Friedrich Nietzsche, y algunos más. Pero ya no puedo leerlos con estos ojos de casi invidente… y no creo escribir nada, son… ese tipo de cosas, que no andas contando por ahí, -no sé si es mi imaginación, pero su voz se hace más pesada a medida que va hablando –es mejor vivirlas, vivirlas de un modo que siempre las recordarás, y aunque el cuerpo envejezca, los recuerdos nunca lo harán, eso para mí, ya es un éxito.

Por unos instantes vagué por mi cabeza, tratando de buscar algo que decir, pero no encontré nada, sólo me limité a hacer la primera pregunta que se me vino a la mente -¿entonces no se arrepiente de nada?

-A estas... alturas... ya no tiene caso, -volvió a dirigir su mirada al cuadro, y su respiración se hacía más inestable y lenta -viví lo que dios eligió para mí... pero... hubo algo en toda mi vida... en que si pudiera volver atrás... no lo haría, eso no quiere decir que este arrepentido-

-¿Y se puede saber que era? -pregunte porque me empezó a albergar una curiosidad.

-Hace mucho años atrás... llegue a un lugar, inhóspito, desolado..., un lugar que aunque no había nada, ni nadie, estaba lleno de desesperación..., ese lugar era muy contado entre marineros, y que muchos creían que era solo un mito... así como el triángulo de las bermudas..., ese lugar tenía muchos nombres..., pero ahora no me acuerdo de ninguno de ellos, es un lugar que no se debe de ir, a menos que quieras... arriesgar tu vida, para darle significado a tu nombre de aventurero... o solamente por querer encontrar repuestas, que en ningún lado encuentras... ¿cuál era su nombre?... me estoy acordando de mi vieja bandana roja, con bordes verdes y azules... ¿dónde está? ¿dónde lo deje?... ¿cuál era el nombre de ese lugar?-

No me acordaba que el anciano tuviera una bandana de esos rasgos entre sus pertenencias; ya lo veía muy cansado, decidí que lo mejor fuera que descanse, me hubiera gustado por algún motivo vivir ese tipo de vida, viajar y visitar muchos lugares, hubiera sido fascinante.

-Pero tú... aun puedes salir de viaje... aun puedes ir a varios lugares... y recorrer el mundo... pon el mundo a tus pies... -decía el viejo Sebastián a medida que se le van cerrando sus ojos.

Jamás había oído al viejo hablar tanto como ahora, no me pareció mala persona, al contrario me intereso mucho su historia.

-Espero que podamos hablar otro día de sus aventuras, y tal vez recuerde el nombre de ese lugar tan raro que usted dice -le comente esperando poder hablar más con él, en un futuro.

Ya no me contesto, se quedó totalmente dormido, veía como su pecho hacia las respiraciones muy lentamente, ya no quise molestarlo más y me fui.

Fue la primera vez que había platicado con el viejo Sebastián, y también fue la última vez, al día siguiente, murió.

Como era de esperar casi nadie fue a su sepelio, había muchas sillas vacías, salvo uno que otro anciano sentado en alguna rezando o durmiendo. Estábamos en la vieja capilla del asilo de ancianos, no se le notificó a su familia, porque parece ser que ya no tiene ninguna, y como dije antes, no tenía amigos aquí, tal vez los 2 o 3 ancianos que están aquí, solo estén por lastima al difunto. Yo me quede hasta el último momento, hasta que lo sacaron para enterrarlo en el cementerio que está cerca del asilo.

Su última voluntad fue que arrojaran sus cenizas al mar, pero no estábamos en una zona costera, nos ubicábamos en una ciudad a muchos kilómetros de alguna playa, por lo que no podía cumplirse su último deseo. Hable con el director del lugar, que si en un futuro iba a un lugar costero, me hiciera el favor de facilitarme sus restos, que yo me encargaría de tirar sus cenizas al mar. El director accedió de buena gana, pero que iba a ver varias trabas con el papeleo por el asunto de que no soy familiar de él, bueno cuando llegue el momento veré que podre hacer con respecto a eso.

Como era el encargado de cuidar al viejo Sebastián, también era el encargado de recoger sus cosas, comencé a poner sus ropas en bolsas de plástico y les ponía su nombre encima, otros objetos personales los ponía en cajas, no tenía muchas posesiones, por lo que el trabajo no era pesado, fue un hombre de pocas cosas.

Solo me faltaba el viejo cuadro; lo descolgué, y lo admire entre mis manos, sigo sin poder distinguir su jovial figura en ese pincelazo en la pintura; de pronto sentí algo raro entre mis dedos que sostenían la parte de atrás del cuadro, al girarlo note que era más grueso el marco de lo que parecía y que se estaba despegando algo de la cinta que sostiene la base de la parte trasera de la pintura. Con cuidado la despegue y se pudo abrir la base trasera de la pintura; me sorprendió encontrar unas hojas dobladas, que estaban ocultas entre la pintura y su base.

Deje un momento el cuadro en la mesa, y desdoble las hojas con cuidado, note que eran varias hojas, estaban amarillentas, roídas y viejas; observe que tenían bastante tiempo ahí ocultas. Las letras apenas si se veían, aún eran legibles. ¿Eran unas cartas del señor Sebastián?, ¿pero a quien o para qué?, y ¿porque las oculto?

Me imaginó que escribió algo que al final quería ocultar; puede ser por razones vergonzosas, divertidas, serias, o yo que sé; y tal vez, no las quería dar a conocer, por eso las escondió aquí..., o tal vez es un mensaje secreto, algo así como un espía, pero no me lo imagino a él como espía de algún gobierno u organización secreta.

Después de cavilar un poco y juguetear con mi imaginación, me planteé una sola pregunta: ¿estará bien que las lea?, digo, ya no hay nadie quien vaya a recibir estas pertenencias, ¿o sí? y normalmente cuando eso ocurre se van a la basura, o al incinerador; posiblemente algo de ropa y calzado se donen a obras de caridad, al igual que también objetos que poseían como: televisiones, radios, revistas, libros, etcétera. Los objetos de uso personal, como peines, cepillos de dientes, rastrillos, ropa interior, etcétera, son desechados directamente, a lo mejor en esta categoría entrarían estas cartas, ya que no le son de utilidad a nadie.

Y con ese firme pensamiento en la mente, me senté en una silla de madera que estaba cerca de mí, y decidí leerlas.

En algún lugar del mar mediterráneo, 6 de agosto de 1968

Para mi gran amigo C. K.


(Mmmm... ¿serán las iniciales de un amigo en aquella época?)

Antes que nada, permíteme felicitarte por la magnífica pintura que me realizaste con mi barco camaronero “Elizabeth”, quedo tan hermosa como en la vida real. Lo voy a colgar en un lugar muy visible en mi camarote, para que cada mañana que me levante vea ese estupendo retrato de mi chica.



Ozu

#2872 en Thriller
#1632 en Misterio
#1272 en Suspenso

En el texto hay: thriller, misterio suspenso, sobrenatural

Editado: 21.10.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar