La Conspiración del Espiral - Libro 4 de la Saga del Círculo

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CUARTA PARTE: Aliados - CAPÍTULO 74

El bosque era agradable. Soplaba una suave brisa que movía las hojas de árboles que Llewelyn nunca había visto en su vida. Estudió sus hojas, sus troncos, sus ramas. Inspiró y sintió el aroma fresco de la vegetación que lo rodeaba. Estaba en un claro donde penetraba la luz de un sol tibio, acariciando su rostro. El canto de los pájaros llegaba melodioso a sus oídos. Sentía que podía vivenciar cada sensación de una manera tan profunda como si realmente estuviera allí, como si hubiera estado allí antes muchas veces. Aunque el lugar era nuevo y extraño, lo sentía como propio. Sintió que su cuerpo y su mente se relajaban con la visión de aquel hermoso bosque. Sintió que su respiración se profundizaba y lo llenaba de bienestar.

Sabía lo que tenía que hacer. Tenía que ir allí, ir a ese bosque. Era consciente de sus manos sostenidas por las de Cormac y su madre. Sí, ellos también debían venir con él. No debía soltarlos. Siguió respirando lentamente, deseando con su mente ir a ese lugar, transportarse hasta allá. Pero el bosque solo seguía en su mente, solo era una visión inmaterial. Cerró los ojos con más fuerza, intentó con más ahínco. Su mente sabía lo que tenía que hacer, ¿por qué no lo hacía?

De pronto, el bosque se oscureció, como si la noche hubiera llegado de pronto. Pero no había luna, no había estrellas, solo oscuridad. Llewelyn esperó un momento a que sus ojos se acostumbraran a la negrura que lo rodeaba. Pero sus ojos no se acostumbraron, porque no tenía ojos. El olor fresco del bosque fue reemplazado por un olor nauseabundo a heces y humedad. El canto de los pájaros fue reemplazado por el chillar de las ratas. ¿Dónde estaba? No quería estar en este lugar. Su garganta se cerró con angustia. Su corazón se aceleró con temor. Su respiración se entrecortó con aflicción. No quería estar en este lugar. Tenía que salir de aquí. ¿Qué era este lugar? ¿Por qué estaba aquí? Estas preguntas fueron reemplazadas por otra más profunda y más importante: ¿Quién era él? De alguna manera supo que no era Llewelyn el que estaba en ese lugar inmundo. Ciego, perdido, débil, sin esperanza, al borde de la muerte… Se le oprimió el pecho al reconocerlo, al reconocerse en ese lugar, en ese infierno sin luz: era su padre. Por sus venas corrió el desconsuelo, la zozobra, la congoja y la incertidumbre de su padre, y su corazón latió al unísono con el angustiado corazón de Lug. La desesperación de Lug se convirtió en la suya, embargándolo con tanta fuerza que se volvió insoportable. Tenía que salvarlo, sacarlo de ese lugar infecto. Sintió que todo su cuerpo comenzaba a temblar. Tenía que sacarlo de ahí. Tenía que llevarlo a… ¿a dónde? A casa. Tenía que traerlo a la cabaña del bosque de los Sueños. ¿Pero cómo podía rescatarlo? ¿Cómo podía traerlo hasta acá?

Debes ir hasta allá a buscarlo.

La voz le hizo comprender a su corazón lo que su mente ya sabía. Debía ir a ese bosque extraño, y desde allí realizar el rescate. Comenzó a sentir dentro de sí la imperiosa necesidad de llegar a ese bosque. Dejó que la emoción creciera, que lo invadiera con su urgencia, que se volviera desesperación. Sintió que moriría si no iba allá, y a la vez, sintió que moriría si iba, que se desintegraría, pero la necesidad de rescatar a su padre era tan fuerte que venció incluso su instinto de conservación.

Se dejó ir, se dejó llevar hasta ese lugar remoto, ese bosque extraño. Pero algo lo retenía, algo lo sostenía con firmeza de las manos. Un lastre pesado lo mantenía allí, no le permitía salvar a su padre. Comenzó a luchar para soltarse, pero cuanto más luchaba, más fuerte parecían aferrarlo a este lugar.

Suéltate.

No necesitaba que la voz se lo dijera. Sabía bien que debía liberarse de lo que lo tenía sujeto. Debía ir a rescatar a su padre. Eso era todo lo que importaba.

Suéltate.

De la angustia y la desesperación pasó a la furia. Peleó con todas sus fuerzas contra quienes lo sostenían, lo detenían. Tenía que llegar al bosque, ahora mismo.

Suéltate.

Su ira creció como un río desbordándose de su cauce, y en ese desbordamiento, en vez de soltar a sus captores, los arrastró consigo en un espasmo violento. Los arrastró en un torbellino feroz a la nada, a la desintegración.

 

Respiró hondo y abrió los ojos. La visión borrosa tardó un momento en enfocar las hojas de los árboles meciéndose sobre su cabeza. El zumbido en sus oídos se fue atenuando lentamente, permitiéndole poco a poco escuchar el sonido de los pájaros. Extendió una mano y sintió la humedad de la tierra. ¿Realmente estaba allí? ¿Lo había logrado?



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundosparalelos, fantasia épica

Editado: 12.10.2019

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