La Conspiración del Espiral - Libro 4 de la Saga del Círculo

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OCTAVA PARTE: Mancomunados - CAPÍTULO 152

Lug reconoció de inmediato la habitación al entrar y sintió un nudo en el estómago. Allí estaba el piso donde había sido brutalmente golpeado, la silla a la que lo habían atado por un día entero… sintió que se mareaba y cerró los ojos. Eso fue peor, porque al cerrar los ojos, revivió una vez más el horror de no tener ojos, de vivir en un mundo de oscuridad y soledad, de volverse loco, de no recordar, de querer morir.

—¿Estás bien?— sintió que Gloria le ponía la mano en el brazo.

—Bien— abrió los ojos y trató de sonreír.

—¿Malos recuerdos?

—Estoy bien— reafirmó él, pero las manos le temblaban.

Lug pensó que si esta habitación, en la que había encontrado solaz a manos de Gloria, en la que había recuperado su memoria, sus ojos, su vida, le causaba esta aprensión, no quería imaginar el efecto que tendría sobre él revisitar su antigua celda en las mazmorras. No tenía deseos de averiguarlo.

—Te presento a Iris, mi madre— lo distrajo Gloria de sus oscuros pensamientos.

Él volvió a tratar de sonreír y simular que todo estaba bien.

—Encantado, señora— inclinó la cabeza hacia la mujer que estaba postrada en la cama.

—Madre, este es Lug.

—El famoso Lug— asintió Iris—. Es un honor finalmente conocerlo en persona. Se lo ve bien.

—Gracias, Gloria es responsable de que así sea. Tiene una hija muy valiente.

—En realidad, fue Ana la que lo puso en buenas condiciones— objetó Gloria.

—No seas modesta, Gloria— le dijo Lug—. Tú fuiste la que me hizo volver a tener deseos de vivir.

Gloria solo sonrió, un poco sonrojada.

—Gloria me dice que está herida— le dijo Lug a Iris—. He venido a sanarla, si me lo permite.

—¿De verdad se tomaría esa molestia por mí?

—Desde luego— aseguró Lug, acercándose a la cama y sentándose a un costado de Iris.

Iris respiró hondo.

—¿Va a doler mucho?— preguntó, preocupada.

—No— le aseguró Lug—. He aprendido a hacerlo sin dolor.

Iris suspiró aliviada.

—¿Qué debo hacer?

—Nada. Solo trate de relajarse y déjeme hacer todo el trabajo. Sentirá que se adormece, no luche contra sus sensaciones.

—De acuerdo— asintió la madre de Gloria, cerrando los ojos.

Lug apoyó suavemente una mano en la frente de ella y cerró los ojos. Los patrones de Iris no tardaron en aparecer en su mente y se puso a trabajar, mandando las órdenes correspondientes, evaluando los daños, reviviendo con ella el dolor, la angustia y la desesperación. Lug debió hacer un esfuerzo para no ser arrastrado por las sensaciones de ella, pues su empatía con la situación de esta mujer se veía reforzada por haber compartido un destino similar no mucho tiempo atrás. Había más que sanar que las heridas físicas, había cosas que habían pasado allá abajo en las mazmorras que Iris no había revelado a Gloria, que no había revelado a nadie, pero Lug podía verlas claramente. Ningún ser humano tenía por qué estar sometido a tal sufrimiento, como lo había estado esta mujer, como lo había estado él mismo, como lo había estado Ana hacía mucho tiempo, y muchos más que habían pasado por experiencias de horror. Ahora más que nunca, Lug se daba cuenta de la imperiosa necesidad de liberar al Círculo, porque la tortura y la muerte no debían ser parte de la experiencia humana, nunca más.

Lug estuvo sentado un buen rato sobre la cama, al costado de Iris, observándola respirar con gran tranquilidad en un sueño profundo y reparador.

—¿Estará bien?— preguntó Gloria en un susurro para no despertar a su madre.

—Muy bien— le aseguró él.

Iris abrió los ojos al escuchar sus cuchicheantes voces.

—Gracias— le dijo a Lug con una sonrisa plácida y lágrimas en los ojos.

—Fue un placer— le respondió Lug.

Gloria retiró las vendas de las muñecas y los tobillos de su madre, comprobando fascinada que no había marca alguna de las heridas. Los moretones en su costado y en las piernas también habían desaparecido. Pero había algo más que había desaparecido: Iris sentía el corazón liviano, y la congoja y el miedo que la habían perseguido desde hacía mucho ya no estaban ahí. Sentía que ya no había más necesidad de luchar, que de ahora en más, todo iba a estar bien. No más conflicto, no más esconderse, no más huir. Iris sintió por primera vez que una vida normal era posible para ella y para su hija. Ahora entendía por qué Gloria se había conectado tan fácilmente con Lug. Era un hombre extraordinario, era el Señor de la Luz.

Iris intentó incorporarse en la cama, pero Lug le puso una mano en el pecho.

—Sé que se siente muy bien, pero debe descansar al menos un par de horas para que su cuerpo se recupere del todo— le explicó.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundosparalelos, fantasia épica

Editado: 12.10.2019

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