La Corteza del Roble©

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|Capítulo 1|

La mañana donde todo inició, no fue nada diferente, había despertado como muchas otras, me dediqué a hacer mi rutina; corrí desde mi casa en un vecindario agradable con hogares de albergaban muchas familias y en arquitectura no superaban los dos pisos, los jardines estaban siempre podados y verdes, incluso el parque que era siempre mi destino, se encontraba pulcro y limpio. En él me dediqué a hacer varios estiramientos y ejercicios, permitiendo toda la energía que me abarcada, fluyese mientras corría de regreso a mi hogar. Entré en casa como de costumbre, el delicioso aroma que bañaba el aire me hizo saber que mi abuela se había despertado, y no solo eso, estaba preparando el desayuno. Por el aroma, debían ser huevos revueltos con tomate y café recién hecho.

—Buenos días, abuela —saludé desde la entrada, colgando mis llaves en el clavo de color blanco.

—Buenos días, cariño —le oí decir desde la cocina—. Ve con prisa a ducharte, se te hará tarde por andar corriendo de aquí para allá —me aconsejó con esa dulce voz de la cual nunca perdía ese tono preciso, ni siquiera cuando se enfadaba, sin embargo, cuando el humor se le subía a la cabeza daba unas miradas que harían al mismísimo señor de las tinieblas temblar de miedo. Era mejor, no hacerle enfadar.

—No me tardo —le dije.

Subí las escaleras de madera color marrón de dos en dos, la abuela me había advertido que no lo hiciera, que era peligroso, a mí no me lo parecía, por eso nunca le hacía caso. Ya en mi habitación rebusqué entre mi desorden un par de zapatos que no apestasen, los tiré a un lado, recogí mi toalla y me di una ducha veloz, peiné mi cabello y vestí mi ropa.

Regresé al primer piso, como siempre al entrar en la cocina se percibía la limpieza, todo en orden, como a mi abuela le gustaba mantenerlo. Me senté en la silla roja que desde que llegué había sido para mí.

—Cariño, estás todo despeinado —me indicó, le sonríe y sacudí mi cabeza en negación.

—Así estoy bien, abuela, a la moda —hice un guiño, sus cejas se juntaron y fue su turno de agitar la cabeza.

—Los jovencitos y lo que llaman moda.

Sonreímos, no pude evitar mirarla con adoración; ella se había convertido en mi constante desde que el matrimonio de mis padres había llegado a su fin y yo había sido desterrado de mi antiguo hogar, no era como que alguno de los dos supiese que hacer, ambos eran personas de negocios, ocupados todo el día, no tenían idea que como llevar sus ajetreadas vidas con un niño pequeño, así que hicieron lo que les pareció más simple, dejarme con la abuela.

En un principio todo apestó para mí, apenas y tenía seis años; fue horrible, torturador y lloraba mucho; de verdad echaba muchísimo de menos a mis padres, el ver a papá todas las mañanas leyendo la sección de deportes de su periódico y encontrar a mamá leyendo documentos sobre su trabajo cuando apenas eran las siete de la mañana y el desayuno se estaba cocinando. Fue una época compleja. Unos meses después de vivir con mi abuela me acostumbré y comencé a sentirme como en casa, era imposible no hacerlo, la abuela me sobornó con galletas caseras con chispas de chocolate, como no caer ante semejante tentación.

Engullí los alimentos preparados para mi desayuno, el ejercicio matinal me había dejado hambriento y las clases serían aburridas y tediosas, necesitaba una buena dosis de energía. Seguramente estaría acabado cuando terminase el día.

—No te atiborres de comida —sentí el tenue golpecito de una toalla de cocina en mi hombro derecho—, así no aprovechas los alimentos, para sacar los nutrientes…

—Se debe mascar adecuadamente. —Completé su frase—. Lo recuerdo, abuela, me lo has dicho muchas veces.

—Entonces, ¿por qué parece que no me escuchas cuando te hablo? —me reí con la boca llena, menos mal no me vio porque me habría corregido.

No me dijo nada más, se fue hacia su habitación, seguramente preparándose para ir a la iglesia. Era colaboradora del reverendo de nuestra comunidad, después de todo ella estaba jubilada de su trabajo como doctora de urgencias, por lo que su día a día se lo dedicaba a pasarse en el club de costura, ir a la iglesia una vez por semana, tener reuniones con sus amigas, ocuparse de los quehaceres del hogar y cuidar de sus dos gatos; Mango y Diamante.

No sé porque se los llamó así, cuando llegué ya estaban, así que no tenía derecho a opinar sobre sus nombres, pero si hubiesen sido míos, les habría puesto nombres más geniales, como Mirringo y Asesino, por lo menos Diamante era un asesino sin piedad, acaba con todas las aves que se pasan por el patio, a veces sentía lastima por ellas, pero no podía hacer nada para salvarlas de las perjudiciales garras del felino.



Danparamo

Editado: 09.03.2019

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