La dama de Rojo

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El Ford azul rueda suavemente junto al cordón, frente a la puerta de Frederich. Hogar de quien se mantuvo serio durante la vuelta entera, alternando la vista entre el pavimento y los libros que viajaron de acompañante, pensando cómo actuar "conscientemente" en la noche de hoy. La noche del 08 de noviembre.

Ya en la tranquilidad y seguridad de su casa, sus pensamientos fluctúan entre, el plan para la cena e, inevitablemente, la cita con tan hermosa mujer que se hace llamar Scarlet. Le parece un punto a favor que, el encuentro con la supuesta dama de rojo sea en donde él juegue de local.

Las ganas de la noche que lo espera con una cena romántica lo apartan de la presencia del libro de King que acaba de comprar. Pero no tanto como para pasarlo por alto.

Ya más calmado, hormonalmente, decide hacerse del libro en cuestión y se ubica en uno de los sillones individuales que hay en la sala.

El horizonte ya sobrepasó al sol y las estrellas brillan incandescentes en un despejado y oscuro cielo. La luna oficia esta vez como reflector sobre cada casa de Stonelake, donde miles de personas ya se encuentran comenzando la preparación de la cena. Él, decide desasnarse de aquel libro que hasta ahora era inexistente. De eso está seguro.

Un amante del genero y adorador de King, con un libro en sus manos y viviendo lo que parece ser una verdadera historia de terror.

Se detiene nuevamente en su portada. Los pensamientos en su cabeza corren maratónicamente. Hasta que el angustioso silencio es roto por sus palabras.

—Si esto fuera una historia de terror— repiquetea con sus dedos sobre la portada —¿Qué pasaría? — ahora golpea con su dedo índice, como si fuera una especie de varita mágica, indicándole que es lo que tiene que contar esa historia.

Su mente piensa rápido. Es como si tuviera que escribir sobre su propia historia. Comienza a desmembrarla, enumerando los hechos troncales de la narrativa. Y decide hacerlo desde el primer hecho trascendental antes de que todo esto comience a suceder.

—Terminé mi libro. El día se repite. No puedo terminar mi libro. Me cruzo con una misteriosa mujer, que casualmente viste siempre de rojo. Tengo horribles pesadillas— Se detiene por al menos un minuto, mientras se rasca pensante la barbilla —. Nada de esto tiene sentido. Es una locura— vaya conclusión.

—Entonces, lo que debería suceder— vuelve a picar con su índice —, es que el libro va a contarme justamente mi historia. Por eso se llama la dama de rojo ¿no? — una sonrisa se dibuja en su cara, como si realmente estuviera teniendo una revelación. Una idea que claramente ya había sido usada un centenar de veces —. Así podré saber cómo actuar—

Ya decidido con su idea, decide por fin abrirlo.

Lo primero que llama su atención y con razón, es la solapa. Allí donde un libro lleva la foto del autor. Tranquilamente podría ser King, o él, o cualquier otra persona que ni conozca. La cara de quien está en la foto se encuentra borroneada, irreconocible. Debajo, en lugar de palabras hablando sobre la persona, hay puntos. Una cadena infinita de puntos suspensivos que abarca hasta caerse de la solapa.

Un escalofrió recorre su espalda. Su idea tan optimista va perdiendo fuerza, pero de igualmente decide continuar.

Comienza a pasar, una a una, aquellas páginas que habitualmente se encuentran vacías. Una, dos, tres, cuatro... continua en busca del titulo del libro. Cinco, seis, siete... no hay rastro alguno de tinta impresa. Ocho, nueve, diez... está totalmente seguro de que no era así en Liberty Books. Once, doce, trece... a esta altura ya carece de coherencia alguna.

Ya de una manera no muy tranquila, con su dedo pulgar, recorre la totalidad de las páginas de atrás hacia adelante. Todas vacías. Un libro blanco, entero, sin una palabra.

Cierra el libro y lo deja descansando sobre su pierna. Su mirada se desvía hacia el maldito tablero que nuevamente dice "NO".

Su celular suena sobre su escritorio, retumbando en el silencio. Frederich sobresaltado se pone de pie y el libro cae al suelo. Corre hacia su templo y responde sin mirar quien llama.

—¡¿Tu eres estúpido o solo estás practicando?! — exclama Agustina al otro lado del teléfono.

—¿Agustina? ¿Qué sucede?

—¡Te dije que tenias que buscar a tu hijo por la estación! ¡Mira la hora que es! —

Frederich mira el reloj de péndulo casi por inercia, que marca las doce del mediodía. Cuando habló con su editor y salió en busca del libro a Liberty eran las seis de la tarde. El tiempo juega con él. Su expresión deja en claro que no entiende nada nuevamente. Esa conversación fue hace dos días, aunque hoy sea nuevamente 08 de noviembre. Su confusión es total, pero con esfuerzo, logra continuar la conversación. Conversasion que recuerda haber tenido.

—Dijiste que me ibas a mandar un mensaje. Mensaje que nunca recibí— intenta justificarse de algún modo.

—¿Estás seguro? ¿Por qué no te fijas? —

Frederich aparta el celular de su oreja para observar la pantalla. En la parte superior hay un símbolo indicando que tiene un mensaje. Con su pulgar desliza hacia abajo y comprueba que Agustina tiene razón.



Adriano Fuda

Editado: 04.07.2019

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