La dama de Rojo

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En medio de la noche, el sueño de Frederich es interrumpido. Aún algo mareado por el vino abre sus ojos lentamente. Se encuentra en posición fetal y dándole la espalda a Scarlet. Lo primero que intercepta a su visión es la mesa de luz. Todavía siente el agotamiento por la magnitud del acto que tuvo como escenario su cama. En la habitación aún hay rastros de olor a sexo.

Así como está, recostado sobre su brazo derecho, extiende el que tiene liberado y lo lleva hacia atrás, pero sin voltear su cuerpo, como buscando contacto con su compañera de copas. No encuentra lo que busca, por lo que se estira un tanto más. Su mano recorre la sabana como si fuera una araña. Aun no hay contacto, así que decide por fin voltearse mientras esboza una expresión de resaca.

Junto a él está la cama medio vacía. El lugar donde debería estar Scarlet lo ocupa tan solo la sabana revuelta. No hay rastros de la dama, salvo por la copa manchada con labial rojo, y su vestido del mismo color tirado sobre el modular.

Exhausto como se encuentra frota su rostro tratando de despabilarse y entender bien que acontece. Ya sentado, nuevamente con su espalda contra la cabecera de madera, mira hacia todos lados en la oscura habitación. Sus ojos recorren el modular, donde descansa la segunda piel de Scarlet. Luego hacia la pared opuesta, donde hay un gran armario, tan antiguo como el modular. Pero su mirada se detiene sobre la puerta entornada del baño en suite.

En ese preciso momento la perilla de la puerta comienza a girar. Un chirrido se escucha. El sonido es acompañado por la puerta, que retrocede, comenzando a abrirse a una velocidad que pareciera en cámara lenta. Frederich sigue con sus ojos clavados observando como el halo oscuro, que provoca la carencia de luz en el baño, se acrecienta a medida que la hoja se aleja lentamente del marco.

Centímetro a centímetro repercute en su cuerpo, provocándole un escalofrió, que baja por su espalda gradualmente con el avance de la puerta y que aumenta de manera brusca sus latidos.

La hoja continua su tortuoso retroceso y Frederich comienza a dejar caer su cuerpo. Su espalda resbala por la madera y, como tratándose de un niño asustado, va metiéndose bajo la sabana, casi escondiéndose.

Cuando la abertura es lo suficientemente grande, un pie asoma desde la oscuridad. Federico, en un movimiento arrebatado, extiende rápidamente su brazo derecho y enciende la lampara antigua.

Tras el pie, quien sale del baño es Scarlet por completo.

—¿Te desperté? — le pregunta ni bien lo ve con la sabana ya tapando su nariz. A lo que el asustado responde solo negando con la cabeza.

Scarlet avanza hacia la cama y la recorre a gatas hasta ocupar su lugar. Él continúa mirándola con la misma cara de terror.

—¿Qué te sucede lindo? ¿Te asusté? — se acerca y lo besa, pero la boca de Frederich tampoco responde a ese acto —. Solo fui al baño. No te iba a abandonar— bromea mientras ríe y se recuesta.

<< Bueno, por fin algo lógico. Solo fue al baño después de despertarme >> ese pensamiento lo tranquiliza, al menos un poco. Su expresión vuelve casi a la normalidad.

—¿Por qué estabas con la luz apagada? — cuestiona todavía algo incrédulo.

—No me hace falta luz para sentarme en un inodoro— su sonrisa demuestra que continua de broma —Además... yo no tengo que embocar estando parada— irónicamente vuelve a reír.

La ocurrencia de Scarlet, sumada al sonido de su adorable risa, termina de tranquilizarlo y ahora ríen juntos.

—Perdóname, no quería despertarte, dormilón— termina de justificar el porque de la luz apagada. Acomoda la sabana de manera de que su cuerpo quede ahora escondido por completo a los ojos del escritor.

—Tranquila. No es nada.

Ella se termina de acomodar dándole la espalda y, tomándolo del brazo, lo invita a que la abrase por detrás. Quedando así pegados nuevamente. Tan solo tres exhalaciones profundas alcanzan para que vuelvan a conciliar el sueño.

 



Adriano Fuda

Editado: 04.07.2019

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