La dama de Rojo

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08 de marzo del 2014.

Poco había pasado de que el reloj de péndulo marque las ocho de la noche, cuando sonó el timbre de la casa de Frederich. Al escucharlo, el escritor salta de su templo para rápidamente dirigirse hacia la puerta.

Al abrirla comprueba que quien caminaba, cruzando el jardín de entrada, era Agustina junto a Joaquín.

—¡Feliz cumpleaños, monstruito! — exclama ni bien lo ve y el niño corre hacia el con una enorme sonrisa en su rostro. Ambos se estrechan en un fuerte y efusivo abrazo.

—¿Qué me compraste pa? — pregunta con el mismo entusiasmo que lleva su abraso.

—¿Solo te interesa el regalo? — le pregunta su padre riendo mientras revuelve sus cabellos —. ¿O viniste a pasar una terrorífica noche de cumpleaños con tu padre?

—Creo que prefiero el regalo— responde el pequeño con una sonrisa pícara.

—Creo que yo también prefiero lo mismo— agrega Agustina al llegar junto a ellos —. Trata de no asustarlo mucho por favor— le pide casi a modo de súplica.

Era moneda corriente de que el niño, luego de una visita a su padre, vuelva atemorizado y sin poder dormir bien. Todo gracias a las pesadillas recurrentes que le provocan las historias que le cuenta su padre, a las cuales nunca logró acostumbrarse.

—No te preocupes Agustina ¿Quieres pasar? — invita amablemente.

—Te agradezco, pero tengo que irme volando.

—Entonces te puedo dar tu vehículo— le dice tomando una escoba que reposaba junto a la puerta.

—Eres un idiota Federico— fueron sus ultimas palabras antes de despedirse de su hijo y retirarse del lugar.

Padre e hijo ingresan a la casa.

—Bueno... ¿preparado para una inolvidable noche de hombres? — Federico realmente está contento de tenerlo en su casa el día de su cumpleaños.

Haciendo caso omiso a la pregunta de su padre, Joaquín vuelve a reclamar lo que para él es lo fundamental de ese día.

—Aquí está... aquí está— le dice mientras abría el cristalero, de donde saca un paquete no muy grande —. Al final voy a terminar creyendo que es lo único que te importa— extiende el regalo al muchacho.

—¡Gracias papi! — agradece alegremente al momento en que lo arrebata de sus manos. Luego destroza el envoltorio y, al descubrir lo que hay dentro, su rostro muestra clara decepción.

—¿Un libro? — increpa mirando su portada —¿De verdad? ¿un libro?

Es que ni siquiera la portada llama su atención. Es un libro de un marrón integro que muestran, tan solo, unas palabras en dorado y tan pesado como su cantidad de páginas.

—No seas así hijo. No es solo un libro. Es el libro— le dice al momento en que lo arrebata de sus pequeñas manos y lo sostiene frente a él, delante de su cara —. Son las mejores obras de Edgard Allan Poe— luego su padre muestra una gran sonrisa en busca de aprobación. Joaquín solo lo observaba con cara de no cambiar su opinión en cuanto a su regalo. En cambio, Frederich continúa parloteando con gran entusiasmo.

—Era de mi padre, tu abuelo. Ahora es tuyo y luego lo será de tu hijo ¿entiendes?

—Lo único que entiendo— responde burlándose —, es que ni siquiera lo compraste. Los rasgos de entusiasmo se borran del rostro de su padre, dándole lugar a un tono cansado.

—Sin dudas sales a tu madre— sentencia y el pesado libro queda descansando sobre el escritorio.

El fanatismo de Frederich por el género, siempre lo segó sobre la situación de que, su hijo, tal vez no comparta su misma devoción.

—¿Es necesario que tengas todo esto? — cuestiona el pequeño recorriendo la sala. La cual presenta alguna extravagancia diferente cada vez que la visita. Se detiene frente al reloj de péndulo. Siempre se sintió intimidado por aquella estructura de madera fantasmagórica, al punto que, el solo hecho de verla, le provoca escalofríos.

—Algún día lo entenderás hijo— decreta mientras recorre él mismo la sala, mirando a su alrededor como adorando cada objeto que guarda ahí —. O eso espero que hagas— agrega por lo bajo.

—El terror— detiene su andar y mirando fijamente a su hijo continúa hablando con una voz baja y profunda —. El terror, hijo. Es la única manera que tenemos de experimentar grandes dosis de adrenalina, pero siempre sabiendo que es una mentira— en ese momento va acercándose lentamente a su hijo, quien lo mira anonadado —Puedes llegar a sentir que estás por morir de miedo, pero cuando termina, te encuentras a salvo, ya sea en el cómodo sillón de tu casa o en una butaca de cine— Frederich se acerca más y más, hasta quedar hablando prácticamente sobre la cara del niño que lo mira con ojos asustados. Baja aún más el tono de su voz —Tu cabeza intentará jugarte una mala pasada, pero siempre estarás a salvo ¿o no? — termina con su relato y se aleja a la misma velocidad, como en cámara lenta, mientras espera la reacción del niño.

Joaquín es quien ahora avanza, a la misma velocidad, llegando frente al rostro de su padre.



Adriano Fuda

Editado: 04.07.2019

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