La Elegida

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Capítulo V.

A regañadientes, maldiciendo a cada paso la hora en que había decidido hacer caso a las ocurrencias de una anciana, Stephanie detuvo su camioneta en medio del fango, dispuesta a reflexionar sobre los pasos a seguir. En eso, mientras rebotaba su frente contra el volante, la silueta de una vieja casa, apenas visible entre la niebla, despertó su curiosidad e inclinó la balanza a favor del allanamiento. Después de todo, no tenía ninguna certeza y el camino siempre infinito de las posibilidades parecía anunciar el final del trayecto.

El sitio era tétrico. Las paredes destartaladas, ya sin los azulejos que alguna vez las engalanaron, y el techo, o lo que quedaba de él, yacente en el suelo, mezclándose con la tierra y ramas secas de árboles inexistentes, volvían inevitable la catarata de preguntas que alimentan la ansiedad de una mente curiosa.

Estaba sola. Nadie más que ella recorría las habitaciones, esquivando los escombros, esperando hallar cualquier cosa que recalibrara sus ideas.

No dejó rincón por observar. Cada cosa que consideraba anormal o fuera de lo común, la analizaba con minuciosidad, convenciéndose de que no se trataba de una pérdida completa de tiempo que bien pudiera usar en otra parte.

Grafitis, garabatos, cursilerías amorosas; cualquier excusa era buena para justificar su tozudez y no admitir el arrepentimiento que la consumía. Sin embargo, justo en el instante en que daba por terminada la búsqueda infructuosa y se debatía entre recorrer otras cosas en ruinas o volver a la civilización, la silueta de un hombre que parecía estar vigilándola no pasó desapercibida pese a la caída del sol y la espesa bruma.

—¡Oiga! ¿Quién es usted?

No hubo respuesta. Los pasos que se alejaban rasguñando los adoquines, eran la prueba irrefutable de que había empezado a correr y no tenía intención alguna de detenerse.

Fue una milésima de segundo, Stephanie sacó el arma de su cintura y salió a perseguirlo, a ciegas, apenas guiándose por las huellas que el fugitivo dejaba en su huida. Y así fue, el barro que estuvo odiando durante toda su estadía, terminó dándole la ventaja en su cacería indeclinable.

—Sé que estás detrás de ese banco —gritó mientras buscaba controlar la respiración—. Sal con las manos en alto y te ahorrarás muchos problemas.

—¿Por qué está siguiéndome? —preguntó sin salir de su escondite.

—Fuiste tú el que corrió en actitud sospechosa.

—¿Desde cuándo correr es delito?

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Vivo aquí —respondió mordaz.

—Me refiero a esta parte del pueblo, abandonada por Dios.

—No sabía que estaba prohibido deambular por las calles, lo siento.

—Sal y hablemos como dos personas civilizadas —lo retó sin dejar de apuntar su arma al objetivo—. Estoy harta de gritarle a una sombra.

—¿Cómo sé que no me lastimará?

—Solo busco respuestas.

—¿Con una Bersa? Sí, puedo ver el juguete que sostienes.

—De acuerdo, tú ganas —resopló—. Guardaré mi arma si prometes hablar conmigo.

En menos de lo que canta un gallo, ambos desconocidos estaban frente a frente dispuestos para un coloquio del que no sabían qué esperar.

—¿Cómo te llamas?

—Fantasma —farfulló—; en realidad me llamó Freddy pero la gente aquí me llama fantasma.

—Sí, ya me imagino por qué —sonrió—. Aunque me sorprende verte por estos lares; digo, no hay nada que hacer aquí más que congelarse.

—Sí, creo que dejé mi abrigo olvidado cuando empezaste a perseguirme —dijo sobando con fuerza sus brazos para calentarse.

—¿Hace cuánto vives aquí?

—¿Se refiere a mi vida como vagabundo o como habitante de Bannack? —preguntó con una sonrisa en los labios.

—Ambos.

—Pues le diré que nací en este rincón del mundo y llevo varios inviernos paseándome sin más norte que mis pasos a la deriva.

—Entonces tal vez puedas ayudarme.

—¿Acaso buscas un banco donde dormir esta noche? —soltó mordaz.

—Estoy investigando un caso y puede que la persona que busco haya estado aquí, en Bannack.



Sebastian L

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En el texto hay: thriller, romance, suspenso

Editado: 12.10.2019

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