La Elegida

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Capítulo IX

Precedida por la impotencia de saberse utilizada, maquillada con sus mejores aires de vendaval, dispuesta a desbaratar una fachada que llevaba largo tiempo burlándose de ella, Stephanie fue hasta la casa de Estela a arrancarle la verdad aunque para hacerlo, tuviera que echar mano a mecanismos que consideraba impropios de ella.

Estaba sacada, enfurecida, fuera de sí. Con esa enjundia, casi poseída, golpeaba la puerta con una violencia que amenazaba la siesta de los vecinos que de a poco, y con sigilo, se asomaban por sus ventanas para ver el espectáculo sin más intermediarios que su propia curiosidad.

—Disculpe señorita ¿está buscando a alguien?

—De hecho sí —sonrió nerviosa—, busco a la mujer que vive aquí.

—Nadie vive aquí, la casa está vacía —respondió la mujer frunciendo el ceño y mirando de reojo el enorme cartel de venta amurado en el frente de la vivienda.

—Debe haber un error.

—¿Necesita que llame a alguien?

—¿Usted vive en el barrio?

—Me mudé hace poco, sí.

—Entonces debió conocer a los propietarios de esta casa.

—Lo siento.

—Algo anda mal, ella vive aquí —se agarraba los pelos, a punto de sufrir un colapso.

—¿Usted estuvo aquí con alguien?

Esa pregunta, sencilla, vino a recordarle que nunca había estado en casa de Estela Farmington; que siempre se reunieron en sitios neutrales que escapaban de toda intimidad.

—Tiene que ser una broma —dijo al aire, riéndose de su propia realidad.

Para colmo de males, el celular con el que siempre se comunicaba, estaba fuera de servicio y resultó ser un teléfono desechable, imposible de rastrear. ¿¡Qué diablos estaba pasando allí!?

Lejos de quedarse de brazos cruzados, acostumbrándose a los secretos que abrigaban el misterio, decidió ir puerta por puerta para recabar información y, de ser posible, conocer el verdadero rostro –y también sus intenciones- que había estado manipulándola durante tanto tiempo.

—Entonces usted sí se acuerda de ella.

—¡Por supuesto! —respondió la mujer, a resguardo detrás de las rejas blancas que separaban su casa del mundo social—. Aunque eso sí, apenas cruzábamos saludos.

—¿Era reservada?

—Casi no hablaba con ningún vecino.

—¿Tiene idea de por qué se fue?

—Ni siquiera la vimos salir —respondió vehemente—. Es más, algunos dicen que no se llevó nada consigo; se marchó con lo puesto sin mirar atrás.

—¿Y a nadie le pareció extraño? —preguntó frunciendo el ceño.

—Desde que su hijo se fue de la casa, prácticamente se recluyó, parecía un paria deambulando sin rumbo. Pensamos que tal vez, necesitaba un nuevo comienzo.

—Disculpe que suene reiterativa pero necesito asegurarme de que estemos hablando de la misma persona…

—Estela Farmington, sí.

—Una mujer de cabello rubio que llegaba a la mitad de su espalda y ojos tristes, algo apagados.

—Debe haberse teñido porque la Estela que yo conozco es morena y su cabello jamás sobrepasó sus hombros.

Stephanie palideció. La historia y el drama familiar del que había estado ocupándose, eran reales pero la mujer interesada, que reclamaba respuestas a la desaparición de su hijo, aparecía, a la luz de los testimonios, como una impostora que, sin embargo, se había tomado demasiadas molestias para resolver una vida que no era la suya.

—¿Sabe si tenían algún familiar directo que los visitara?

—Nadie que pudiera reconocer. Los únicos que venían con asiduidad eran su novia y su mejor amigo.

—¿Qué me dice de una niñera? —se aferraba a cualquier posibilidad que le diera sentido a tanta incertidumbre—. Alguien que pudiera haber tenido contacto con Axel y se preocupara por su desaparición repentina.

—Solo eran él y su madre.

¿Con qué propósito alguien tomaría la identidad de otra persona si, lejos de refugiarse en la discreción o sacar provecho de una holgada posición, se inmiscuiría en un entramado sin pies ni cabeza pero repleto de morbosos vacíos?

Todo era posible. A esa altura dudaba de todo, incluso, de su propia cordura.



Sebastian L

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En el texto hay: thriller, romance, suspenso

Editado: 12.10.2019

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