La Elegida

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Capítulo XII

—¿Stephanie?

—¡Freddy! —gritó feliz de ver un rostro familiar—. Que gusto me da verte.

—¿Y qué está haciendo otra vez por aquí? Pensaba no volver a verla nunca.

—Supongo que estoy cerrando viejas heridas.

—Hace frío, pronto oscurecerá —dijo frotándose las rodillas de su jean rasgado con las manos desnudas.

De repente, los vestigios de una idea loca, colonizaron los pensamientos de la detective que no pudo más que desconectarse del mundo y entregarse por completo a una duda más que razonable.

—Freddy tengo que preguntarte algo.

—Por supuesto, lo que quieras.

—La primera vez que me encontré contigo dijiste que te apodaban fantasma…

—Lo hice —sonrió—. Me muevo como uno; voy y vengo entre las casas abandonadas y me confundo con la niebla toda vez que lo deseo.

—Investigo un crimen Freddy.

—¿Aquí?

—Sí, el homicidio de una mujer que vino hace meses siguiendo los pasos de su hijo perdido.

—¿Ese chico que buscabas? —preguntó tragando saliva

—La señora Roslinda Brighton mencionó que un fantasma la ultimó con un cascote y, para colmo, acabo de encontrar su relicario debajo de un montón de piedras.

—¿Crees que yo la maté?

—Me parece mucha casualidad que la gente hable de un fantasma en esta parte del pueblo y a ti, que por si fuera poco usas la campera de una de las víctimas, te apoden de esa forma.

—De acuerdo, confesaré —dijo con un hilo de voz, tragando saliva.

—Estaba haciendo nada, como siempre lo hago, vagando por aquí y por allá, buscando cualquier cosa que los viejos propietarios hubieran dejado olvidadas para luego venderlas en las ferias de los lunes.

«Ya me iba a buscar un sitio donde encender una fogata cuando de repente escuché la frenada violenta de una pickup. Me asomé por encima de un viejo ventanal y lo vi; el fantasma caminaba en línea recta como si tuviera una misión que cumplir. Lo seguí con discreción, a una distancia considerable, y pude ver cómo, sin mediar palabra, le asestó un golpe a una señora que estaba parada mirando su celular o algo por el estilo. Cayó muerta ahí nomás, sin siquiera haberlo visto venir.

—¿Desde cuándo los fantasmas conducen camionetas?

—¡Debes creerme! —se desesperó—. Vestía de blanco de pies a cabeza.

—¿Qué hizo con la señora Farmington?

—¿Con quién?

—La mujer que golpeó por la espalda.

—La arrastró campo adentro y la enterró en un foso profundo que tardó horas en cavar.

—¿Sabes dónde fue?

—Puedo llevarte si quieres.

—¿Y qué hizo el asesino después de crear su cementerio personal? —preguntó frunciendo el ceño.

—Regresó a su camioneta roja y se marchó; era un modelo antiguo, estaba bastante destartalada.

—¿Y por qué no le dijiste nada a nadie?

—Temía que me acusaran al igual que usted estuvo a punto de hacerlo; cuando faltan sospechosos siempre se corta la soga por lo más delgado.

—Lo siento, no debí prejuzgarte.

—Descuida; aunque ahora que estamos de confesiones, hay algo que me gustaría que supieras.

—Por supuesto, de qué se trata.

—La campera que me abriga y pertenecía al joven que buscas… no la encontré en un banco como te dije aquella vez. La mujer la trajo consigo y se cayó de sus manos luego del artero ataque.

—Eres un buen sujeto Freddy —dijo obsequiándole una sonrisa.

—Pero si vamos a palear en tierra de nadie; tal vez debas usar estos para no lastimarte las manos —dijo sacando de sus bolsillos un par de guantes de lana color fucsia.

—¿Eso es tuyo? —preguntó con los ojos desorbitados.

—Ya conoces la respuesta —sonrió.

—¿De dónde los sacaste? —insistió.

—Los hallé tirados en medio de la calle una mañana; fue bastante antes de apropiarme de la campera.



Sebastian L

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En el texto hay: thriller, romance, suspenso

Editado: 12.10.2019

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