La Esclava

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02 | Un atisbo de bondad

Con lo que no contaba era con la hermosa joven que tenía delante suyo, el color del cabello pulcramente armado pero suelto y con apliques de hojas doradas refulgían con un esplendido dorado, su pelo de un tono rubio rojizo, contrastaba muy bien con el color verde miel de sus ojos, su rostro redondo y de porcelana con rasgos marcados pero delicados, la hacían ver femenina y sofisticada. Ninguna de sus esclavas llamaba la atención como la joven que tenía frente a sus ojos.

Achilles la miró con atención sin delatarse ante los demás. Solo esperando a que ambas se acercaran para luego impartirle órdenes a la nueva esclava.

—Hasta que llegan —bufó—. Me gustaría saber el porqué de la demora —contestó con sarcasmo.

—Tiene algunas heridas que debí curarlas, Su Majestad —se excusó.

—No me gusta la mercancía dañada —le comentó al comerciante.

¿Mercancía dañada? Si será animal —reflexionó Selene.

—¿Qué piensa hacer con las demás? —preguntó el emperador.

—Venderlas por la Península Balcánica, por las costas del Mar Egeo, el Jónico y el Mediterráneo —dijo.

—Te daré el doble de precio por cada una si me las dejas a todas —expresó con determinación.

—No veo que tenga necesidad de tener más esclavas —le respondió mirando el séquito de mujeres.

—Y yo no veo la necesidad que me contradiga lo que le pido comerciante. Se olvida que soy el emperador —emitió con sorna.

—Disculpe usted, Su Majestad. Trato hecho —le dio una pequeña reverencia mientras se excusaba.

—Mujeres, apronten lo necesario para las jóvenes —les dijo a las demás esclavas que hacía años vivían con él—, Olimpia, ve con ellas —le respondió y la mujer le hizo una reverencia—. Tú, Selene te quedas aquí —anunció.

—Sí, Su Majestad —le emitió ella.

—Ya puedes retirarte, comerciante —replicó con seriedad.

—Gracias señor. Con su permiso —le dijo y se retiró con su grupo luego de darle una reverencia.

El emperador apenas vio al grupo de mercaderes desaparecer por la entrada de su imperio giró sobre sus talones y se enfrentó a la joven que lo miraba con atención y dudas.

—Me gustaría enumerarte algunas pocas cosas que solo repito una vez. Primero: no me gusta que hables a mis espaldas, segundo: nunca me levantes la voz y tercero: quiero que me obedezcas todo. Eres mi esclava y te aseguro que hubiera sido mucho peor si todavía seguías con el grupo de comerciantes, no suelen portarse nada bien y tú y las demás no habrían corrido con la misma suerte que las anteriores —le expresó y ella abrió los ojos con asombro—. Por otra parte, sobre los puntos tratados, ¿me los has comprendido? —interrogó él.

—Sí, Su Majestad —asintió con la cabeza.

—Con un sí, señor, será suficiente —le expresó mirándola a los ojos.

—Como usted quiera, señor. Me gustaría saber qué es lo que debo hacer —le acotó entre dudas.

Achilles se acercó mucho más a la joven, Selene quedó con la respiración atorada por miedo a ser maltratada ante una insignificante frase que le había comentado.

—Mis disculpas, señor —le respondió y ante la incertidumbre se arrodilló.

—¿Por qué te arrodillas? —preguntó con asombro al tiempo que levantaba las cejas.

—Para ser castigada —sentenció.

—Aquí ninguna de mis esclavas se arrodilla y mucho menos es castigada —le confesó.

Selene levantó la cabeza ante aquella declaración y volvió a incorporarse con ayuda de él.

—Gracias, ¿por qué no, señor? —le preguntó con total desconcierto.

—Solo imparto órdenes, no maltratos. Y ahora, quiero que recojas las vasijas de la mesa —le dijo señalando el largo mueble—. Y que las lleves a la cocina y luego habla con Olimpia.

—Sí señor —dijo de nuevo.

Dichas aquellas cosas, él se retiró de la sala principal y caminó hacia el interior del pasillo, para perderse a medida que avanzaba su silueta. Selene realizó lo que él le había pedido, de a poco y con lentitud, sin hacer caer nada que había sobre la mesa. Cuando la joven terminó fue a buscar a la esclava que el hombre le había dicho que se encontraba en uno de los cuartos de una nueva joven.

—Olimpia, el señor me ha dicho que me ibas a decir algo —replicó.

—Sí, me ha dicho que te guiara hacia la sala de masajes —contestó y dejó a la segunda esclava que la estaba ayudando a cargo de la joven que estaban terminando de vestir.

Selene la miró con recelo ante lo último que le había dicho.

—¿La sala de masajes? —formuló con incredulidad.

—No suele pedirnos esas cosas pero una orden es una orden —comentó.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

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