La Esclava

Tamaño de fuente: - +

03 | La curiosidad del Emperador

Achilles quedó sorprendido por la manera de masajear de Selene y eso le llamó la atención un poco más. Si bien, apenas la conoció le pareció interesante, ahora no le cabían dudas que en él había comenzado a surgir una especie de adoración por ella, aunque no estaba dispuesto a admitirlo tan fácil.

—Veo que sí eres buena haciendo masajes —afirmó.

—Gracias, señor —dijo con seriedad.

—La verdad es que no me puedo quejar, creo que a partir de hoy te voy a llamar para que me masajees la espalda —le dejó saber con acierto—, soy reacio a que entre gente extraña al imperio, así que prefiero que seas mi masajista —le confirmó.

—Cuando usted quiera, señor —le decía no muy convencida.

—Por ser la primera vez que haces masajes, vas muy bien —sentenció.

—Gracias, señor. No lo sabía —comentó con seriedad.

El emperador escuchó la voz de Selene algo seria y le preguntó el porqué.

—¿Y ese tono de voz? —frunció el ceño cuando la miró de reojo.

—Lo siento —se excusó ella.

—Supongo que no te gusta este tipo de trabajo. Las esclavas están para servir, Selene —acotó con afirmación.

—Lo tengo entendido, señor —asintió con la cabeza al tiempo que le respondía aquello también.

Él, no muy convencido por su respuesta, intentó saber más cosas sobre ella.

—Te aseguro que no sé el porqué te lo preguntaré pero me gustaría saberlo, ¿tienes más hermanos? —cuestionó volviendo a mirarla.

—No, soy hija única —le respondió—, ¿continúo con los masajes, señor? —le preguntó dando por finalizada la conversación.

—Puedes retirarte —le dijo él.

La joven haciéndole una reverencia, se retiró a sus aposentos. Achilles quedó solo y pensativo. Algo escondía su esclava y estaba dispuesto a averiguarlo.

Por otro lado, Selene entró a su habitación para ir a dormir, se desató el cinturón que llevaba en la cintura, se quitó las pequeñas hojas doradas del cabello y los accesorios y, se preparó para acostarse, sin percatarse que su emperador la estaba mirando a escondidas a través del resquicio de la puerta entornada de la alcoba.

Por Eros que esta mujer es terriblemente hermosa —pensó el hombre.

Alguien más lo vio mirar por la puerta sin que este se diera cuenta hasta que lo sacaron de su ilusión cuando lo sujetaron de la oreja y quedó frente a la persona que lo había descubierto.

—¡Madre! —gritó asombrado.

—¿Qué se supone que estabas haciendo? —arqueó una ceja y preguntándole con algo de interés en su voz—. ¿Espiar? —continuó con la ceja levantada y formulándole otra pregunta—. Te estás conviertiendo en todo un sátiro y yo no te eduqué así —le dijo con molestia y decepción.

—No te esperaba hasta dentro de días —le expresó perplejo de verla allí frente a él.

—Acabo de llegar y me encuentro con esto —gesticuló con sus manos intentando que su hijo le diera una buena explicación—. No me gusta que espíes a las mujeres que nos sirven, Achilles —le dijo con voz autoritaria y regañándolo.

El emperador al escucharla trató de excusarse.

—No es lo que parece —intentó remediar la situación en la que se encontraba.

—Si te gusta, díselo —le emitió con más tranquilidad—, de lo contrario, deja de espiarla —le habló con énfasis.

—Madre, que cosas dices, no me gusta —le apostilló con ciertas mentiras en su respuesta.

—Entonces, no vuelvas a espiarla —le comentó con sinceridad— y ahora, a dormir —le contestó tomándolo nuevamente por su oreja.

—No tengo más cinco años para que me lleves de la oreja —se quejó de la presión que ejercía su madre en la oreja al tiempo que le decía aquellas palabras.

—A veces te comportas como tal —escupió con seriedad—. Como por ejemplo, ahora mismo —articuló con molestia y frunciendo el ceño—. Tienes treinta años ya —bufó—, deberías empezar a buscar una mujer que te pueda querer por lo que eres —le habló con honestidad—, aunque algunas veces distas de ser un caballero y un buen hombre —declaró algo decepcionada.

—Trato bien a las mujeres que nos sirven y trato de ser un caballero también —le manifestó.

—Cuando te apetece, sino eres arrogante y soberbio —anunció de manera seria—. El pueblo no te eligió Emperador por tu cara bonita, tienes que tener más respeto y humildad con los demás, si quieres seguir gobernando —le dijo con franqueza mirándolo a los ojos—. Y debes tener respeto por tus esclavas, sobre todo a la que acabas de espiar. La pobre jovencita, si se entera lo que has hecho, es capaz de escaparse de aquí y no la culparía —le sentenció con pesar.



Sylvie Dupuy

#252 en Otros
#46 en Novela histórica
#665 en Novela romántica

En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar