La Esclava

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04 | Un pequeño acercamiento

Achilles volvió a quedarse callado y él sonrió por dentro cuando escuchó aquellas palabras por ella.

—No te preocupes, tú no has hecho nada —le dejó saber para que se quedara calmada—. No tendré problemas con mi madre por eso. Ahora —retomó la conversación pero hacia otro tema—, me gustaría queme hagas unos masajes —manifestó.

—Muy bien señor —asintió con la cabeza al tiempo que le respondía.

El emperador se acostó como el día anterior y ella se preparó las manos con el aceite para masajearle la espalda. Achilles se relajó e intentó entablar una conversación con ella.

—Vienes de Illion, ¿verdad? —aseguró.

—Sí señor —confirmó.

—El pueblo es muy cercano aquí —acotó él.

—Sí, lamentablemente el pueblo quedó hecho cenizas —su voz sonó melancólica.

—Mi madre me ha contado que allí residían familias decentes y buenas —habló Achilles intentando que de alguna manera ella le dijera más cosas al respecto.

—Sí señor, es verdad lo que le ha dicho su madre —replicó dándole la razón a la madre de aquel hombre.

—¿Es posible que me digas tu apellido? —inquirió con intriga.

—Mi apellido es Voulgaris, señor —le sentenció.

—¡¿Voulgaris?! —le preguntó de manera sorpresiva, levantando su torso desnudo y mirándola.

—Sí, ¿qué es lo que le sorprende señor? —cuestionó ante su reacción.

—Conocí un señor que se apellidaba Voulgaris, era nuestro orfebre —le respondió él con seguridad.

—El único orfebre de Atenas era mi padre —le dijo Selene.

—Selene, lo siento mucho, no lo sabía —le emitió él con preocupación.

—No se preocupe señor. Me estoy acostumbrando a ésta vida, aunque me cuesta un poco —le confesó.

—No es para menos, de tener un hogar pasaste a ser una esclava —admitió con pena en su voz.

—No es culpa de nadie señor —le manifestó para que dejara de sentir pesadumbre—. El pequeño pueblo siempre ha tenido sus enemigos y por lamentable que sea, terminaron incendiándolo, lo peor fue que ninguna de nosotras pudo escapar —declaró con sinceridad.

—A partir de ahora, solo espero que te sientas cómoda y tranquila aquí dentro, bajo mi mando nadie te tocará —le aseguró al tiempo que la miraba a los ojos—, ni siquiera alguien de afuera o mismo mis guardias. Todas las esclavas de aquí dentro son tratadas con respeto —le respondió con franqueza.

—Me sorprende que seamos tratadas bien siendo esclavas pero supongo que cada dueño es diferente a otro —declaró con resolución—. Muchas gracias señor. Espero servirle como se debe —dijo con firmeza—. ¿Continúo con el mismo aceite? —le preguntó ella intentando cambiar de tema.

—Prefiero que uses el de romero —eligió él.

—Como usted quiera señor —comentó ella.

Selene se limpió las manos en el agua de la fuente y se las secó con un trapo limpio, tomó el frasco de aceite de romero, echó un poco en la palma de su mano y luego las frotó entre sí y, siguió masajeando la amplia espalda de su emperador.

Una vez que terminó de hacerle los masajes llevó la fuente con agua hacia la mesada más próxima y acomodó las cosas en cada lugar.

Cuando la joven esclava se dio vuelta, se sorprendió de ver a Achilles frente a ella.

—Te pido disculpas si te he asustado —expresó con honestidad.

—No creí que usted se levantara para ponerse frente a mí, señor. ¿Necesita algo más o quiere que continúe con los masajes? —le preguntó ella tratando de no ponerse incómoda con su desnudez.

—No, solo quería verte más de cerca, los masajes han terminado por hoy —sonrió.

—Señor, ¿sería posible pedirle que se cubra por favor? —le cuestionó Selene mirando hacia un costado mientras sentía sus mejillas arder.

—Lo siento Selene. Enseguida me cubro —le contestó él y se volvió a vestir.

—Se lo agradezco mucho señor —afirmó con claridad en su voz.

Achilles volvió a ponerse frente a ella y ambos en silencio, quedaron mirándose. Sin que la muchacha lo esperara, el hombre puso su mano en la barbilla de la joven inspeccionando con dedicación los claros ojos de su esclava.

—Tenía razón mi madre cuando dijo que tenías unos ojos verdes preciosos.Realmente lo son —le dijo con sinceridad al tiempo que la miraba a los ojos.

—Gracias señor. Si no tiene más nada que se le ofrezca, me gustaría continuar con el trabajo de hoy —apostilló la joven en un intento por escabullirse de su presencia.

—¿Te doy miedo? —quiso saber él.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

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