La Esclava

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08 | Cariño mutuo

Olimpia se tragó el llanto y contuvo el grito de rabia ante las palabras que escuchó de boca de su emperador y volvió a escuchar con atención la conversación que ambos continuaban manteniendo.

—Está bien, lo entiendo pero no tienes que ser tan así y si quieres que vengan esas personas lo acepto pero no con ella —le pidió—, por favor.

—De acuerdo. Solo intento darte lo que una vez te quitaron y que mereces —le declaró sujetándola de las manos y mirándola a los ojos.

—Sabes que no me siento aún cómoda en tener comodidades y que tú me quieras comprar cosas, siento que los demás piensan que me estoy aprovechando de ti —le confesó con incomodidad.

—No lo sientas así porque si te digo eso es porque quiero que tengas todo —le comentó—. No me importan los demás pero sé que los que trabajan aquí dentro y el pueblo te están tomando cariño y sobre todo respeto —le afirmó con sinceridad.

—Si tú lo dices —le respondió poniéndose en puntas de pie y dándole un beso en los labios.

Olimpia aún escuchaba cada palabra que se decían y como lo besaba. Más odio tenía por Selene.

¡Maldita! ¡Arrastrada! Te aprovechas de alguien con poder para sacarle todo lo que tiene pero no te será tan fácil llegar a ser emperatriz —pensó con maldad y asomándole una sonrisa malévola.

—¡Sarah! —llamó de un grito a su otra esclava y Olimpia se sorprendió.

—¿Me llamaba señor? —le preguntó y desvió la vista hacia la columna que tenía frente a ella para clavar sus ojos en los de Olimpia, la cuál la miró con atención para que no la delatara.

—Sí, quiero que acompañes a Selene el día en que estén presentes el costurero, el orfebre y un par de personas más para que le realicen todo lo necesario para su boda y los siguientes días —le comentó—. Ya le he dado el encargo a Olimpia para mandarlos a llamar y supongo que entre mañana y pasado estarán aquí por lo tanto, procura no salir del imperio en los próximos dos días, si mi madre te lo pregunta, dile que Achilles te lo pidió.

—Sí señor —le contestó luego de hacer una pequeña reverencia—. Con su permiso me retiro.

El siguiente día para Selene había sido intenso por todo lo que tuvo que pasar desde temprano por la mañana hasta cuando el sol cayó y solo tuvieron un tiempo libre en el horario del almuerzo. Había caído rendida sobre el colchón cuando la luna se asomó por el ventanal que daba a su nuevo aposento.

Un día antes de la unión Achilles invitó a Selene a su alcoba.

—Ven pasa —le dijo él, invitando a pasar primero a ella.

—No Achilles, si nos ve tu madre no le gustará —le respondió algo incómoda.

—No dirá nada, sabe como eres y no pasará nada con mi madre.

—Pasaré solo unos minutos.

—Está bien —cerró la puerta y dio dos vueltas a la llave.

—Achilles, ¿qué crees que estás haciendo? Vuelve a abrir la puerta, ahora —le habló de manera autoritaria y cruzó los brazos sobre su pecho.

—¡Qué miedo! ¿Qué me harás? ¿Intentarás cortarme el cuello como la otra vez? —le decía arqueando una ceja.

—No. Pero no me gusta que cierres la puerta con llave —le dejó saber.

—La cierro así no te me escapas. Y aunque me pidas que abra esa puerta, no lo haré, porque esta noche no te voy a dejar ir.

—¿Por qué? ¿Ahora que hice? —preguntó desconcertada y abriendo los ojos con desmesura.

—Nada, solamente quiero que te quedes conmigo esta noche —le besó las manos.

—¿De verdad? —cuestionó asombrada.

—Sí, sé que piensas que es apurado y que tendría que esperar a mañana pero...

—Yo también lo quiero Achilles —le declaró sin vueltas.

—Te amo Selene —le confesó besando el costado de su cuello.

—Y yo te amo también —lo abrazó por el cuello mientras se relajaba con aquellos besos.

Achilles se sorprendió al escuchar esas palabras de la boca de su futura esposa, eran las palabras que siempre había esperado escuchar de ella y al fin las oía.

Se besaron mientras ella acariciaba su nuca y su pelo, él quitaba las pequeñas hojas doradas del cabello de ella y luego puso sus manos en la espalda de la joven. Se separó un poco de la muchacha solamente para mirarla a los ojos con devoción.

—¿Por qué me miras así? —lo escrutó.

—Por nada, ¿no puedo mirarte? —formuló con una sonrisa mientras la miraba.

—Sí, pero me pones incómoda —admitió.

—Te vas a tener que acostumbrar a que te mire así las veces que quiera —mordisqueó su barbilla.

—Está bien —rio por lo bajo cuando sintió el suave mordisco.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

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