La Esclava

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10 | El plan casi dio resultado

Atenea había terminado de arreglarla para que estuviera lista para la ceremonia.

—Ya estás lista, puedes verte en el espejo —le dijo para animar a que se viera de cuerpo entero.

Y Selene así lo hizo, y se sintió diferente a como se sentía antes, quizás por el cambio de ser esclava a pasar a ser la futura esposa del Emperador o simplemente por saber que era amada al fin. Luego de verse, alguien tocó a la puerta.

—Señora Atenea, los invitados ya se encuentran en la sala principal y el novio espera a su futura esposa —comentó Sarah con una sonrisa amable.

—Gracias Sarah, enseguida iremos —le comunicó.

—Con su permiso señora —le hizo una reverencia.

—Ve, tranquila.

Luego de que la madre de Achilles terminara de hablar con la esclava, se giró hacia la joven y le volvió a hablar;

—¿Estás lista? —preguntó con una alegre sonrisa.

—Eso creo —dijo con la voz temblorosa—. Estoy muy nerviosa y tengo miedo que las cosas no salgan como las esperamos —le comentó teniendo un manojo de nervios.

—¿Por qué lo dices? —quiso saber.

—Es lo que siento —le admitió.

—No tienes que preocuparte por esas cosas —le acarició una mejilla—, solo tienes que disfrutar el momento junto con mi hijo.

—Tienes razón —asintió con la cabeza también.

Selene y Atenea salieron del cuarto para caminar hacia la sala principal donde se llevaría a cabo la ceremonia nupcial.

La novia comenzó a caminar hacia el novio pero pronto la ceremonia fue interrumpida por alguien desconocido para todos los invitados, sobre todo para Selene, Achilles y su madre.

—¡No puedes casarte con ella! —gritó el hombre irrumpiendo el imperio y haciendo que todos los presentes escucharan.

—¿¡Y por qué no!? —le contestó el emperador de la misma forma.

—Porque ella está casada —respondió con firmeza.

Los ojos de Selene al escucharlo se le quedaron perplejos, no podía creer que alguien se inventara semejante mentira y los invitados comenzaron a murmurar.

—¿¡Es verdad eso!? —le preguntó asombrado dirigiéndose a la muchacha.

—No Achilles, tienes que creerme, nunca me casé, ni sabía lo que era eso hasta cuando me lo dijiste. Por favor tienes que creerme —le expresó en suplica e intentando no quebrarse frente a él.

—¿Le vas a creer a ella y no a su propio marido que la estuvo buscando todo éste tiempo? —le cuestionó de tal manera que Achilles comenzó a dudar.

La joven cada vez estaba más asombrada por todas las mentiras que estaba diciendo y para que el emperador dedujera cualquier cosa menos creer en lo que ella le decía.

—¿Y piensas que te voy a creer si no veo pruebas? —le volvió a preguntar desafiándolo sin pensar que bajo su brazo, tenía una prueba falsa.

—Aquí las tienes, un anillo y un papel con el que certifica que ella es mi esposa —le respondió extendiéndole las cosas a Achilles.

Minutos después al terminar de ver aquel papel, Selene aprovechó la oportunidad para hablar;

—Quiero ver ese anillo, si en verdad dices que soy tu esposa, entonces tengo derecho a verlo —esta vez fue ella quien desafió a Espartacus y este quedó de piedra.

—No tienes derecho a nada, haces lo que el hombre dice. Nada más —rectificó con seriedad.

—Te lo está pidiendo de buena manera, y por lo tanto yo misma exijo que se lo muestres —Atenea entró en la discusión.

Ante el pedido de la madre del emperador, el individuo no tuvo más opción que entregarle el anillo a Selene y la joven comenzó a probárselo en ambos anulares.

—Como lo sospeché, no me entra en ninguno de los dos, siendo al parecer tu esposa, bien sabrías qué tamaño tengo de dedo —le manifestó sin miedos y mirándolo directo a los ojos.

—¿Qué tienes para decir sobre eso? —le interpeló Achilles enfrentándolo—. No me tomes por un imbécil porque no lo soy, Espartacus.

—Es posible que con lo que sufrió, haya adelgazado —justificó.

Selene que aún trataba de hacerle ver la verdad de sus palabras al hombre que estaba a punto de desposar, fue más allá de lo debido y volvió a preguntarle a aquel sujeto que jamás había visto en su vida.

—¿Cómo me llamo? Un esposo tan desesperado como tú en encontrarme, tiene que recordar muy bien mi nombre —le formuló de tal forma que el hombre quedó acorralado.

Y Espartacus comprobó que Olimpia nunca le había dicho su nombre puesto que en el pueblo solo se rumoreaba que el emperador estaba pronto a casarse con una esclava, más todo quedaba en secreto, incluso hasta el nombre de la futura emperatriz de Grecia.

Achilles gritó a dos guardias del imperio para que se llevaran de allí al hombre.

—¡Enciérrenlo! —les dio la orden y se acercó más a él—, en algún momento me dirás quien estuvo detrás de todo este plan y te aseguro que tú y esa persona la pagarán —sentenció con total desprecio en su voz.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

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