La Esclava

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11 | Un sincero perdón

La joven Selene estaba llorando con desconsuelo sobre el lecho por toda la situación en la que se encontraba, después de todo por lo que habían pasado, Achilles parecía que nunca le había creído y peor se sintió.

Estaba decidida que aquel mismo día se iría del imperio porque no quería continuar bajo el mismo techo que un hombre que dudó en su honestidad. Cuando la noche cayó y todo quedó en silencio se colocó una túnica y salió de sus aposentos.

Por otro lado, en el comedor del imperio su madre y él estaban cenando mientras que la mujer le hablaba a su hijo.

Por otro lado, dentro del Palacio, la madre de Achilles entró a su alcoba, para poder hablar con tranquilidad con su hijo.

—¿Por qué no comes algo? Sé que te encuentras angustiado pero no puedes estar sin comer —dijo preocupada.

—No tengo hambre.

—Solo un par de bocados y te dejaré tranquilo.

—Me iré a dormir, será lo mejor... buenas noches madre —contestó dándole un beso en su mejilla.

—De acuerdo, trata de dormir un poco, pronto todo pasará y verás cómo Selene te perdona —sonrió.

—Dudo que algún día me perdone —comentó con amargura.

—No te aflijas, todo se solucionará —le acarició la mejilla.

Achilles caminó por el corredor hacia su alcoba y se encontró con Selene quien caminaba hacia la otra punta del pasillo.

—Selene... —la llamó corriendo hacia ella y deteniéndola por el brazo.

—Déjame ir Achilles —habló sin mirarlo a la cara.

—¿Te vas? —quedó estupefacto.

—No tengo más nada que hacer aquí y prefiero irme.

—¿Después de darte la libertad de una esclavitud que ni siquiera tú habrías sabido lo que te deparaba la vida? No te comprendo, sé que actué muy mal en dudar de ti pero ponte en mi lugar también —respondió con angustia en su masculino voz.

—Me pongo en tu lugar también y no habría dudado ni un segundo de la persona que amo —expresó con seriedad en su voz.

—Ay Selene, no seas así conmigo —casi se quiebra frente a ella—. Te amo, no me hagas sentir más mal de lo que ya me siento —contestó con tristeza.

La joven se lo quedó mirando con suma atención, y sintió remordimiento al ver cómo estaba Achilles.

—Te das cuenta que tu actitud de inseguro te llevó a esto, ¿verdad? —afirmó.

—Sí, me doy cuenta de eso y sé que actué muy mal contigo frente a todos, dudé sin tener porqué hacerlo —confesó sin poder mirarla a la cara.

—Me miras para hablarme Achilles —apostilló con seriedad.

El hombre levantó la vista para observarla y quedaron en silencio absoluto.

—¿Podemos hablar en otro lugar? Sin que nadie nos escuche —preguntó con incertidumbre.

—¿Ahora quieres hablar conmigo? —inquirió asombrada—. En la tarde de hoy casi ni dejaste que me defendiera ante las mentiras de ese hombre.

—Por favor...

Selene vio en los ojos del hombre que aún amaba arrepentimiento por lo que había sucedido.

—De acuerdo. Hablemos.

—¿Tienes problema en que vayamos a mis aposentos? —cuestionó incómodo.

Ella negó con la cabeza y pronto se dirigieron allí. Apenas la dejó pasar primero al interior, él cerró la puerta.

—Ahora que nadie nos escucha, podemos hablar tranquilos —comentó Selene dándose vuelta para mirarlo a los ojos.

La muchacha jamás se habría esperado el gesto que Achilles le dedicó.Estaba de rodillas frente a ella.

—Perdóname... —emitió con la voz quebrada.

—Por favor levántate, no tienes que hacer esto... —admitió con los ojos muy abiertos y sorprendida—. Me pones incómoda haciendo eso,no debes ponerte de rodillas, no soy nadie —expresó con vergüenza.

—Para mí eres todo aunque ya no me creas —confesó con lágrimas en los ojos.

Selene fue a su encuentro para ponerse a su altura y abrazarlo por el cuello mientras lloraba.

—Achilles... No tienes que humillarte de esta manera.

—No lo siento como una humillación, me importas de verdad Selene y te amo. Es por eso que te pedí perdón de rodillas —manifestó abrazándola por la cintura y espalda.

La joven lo tomó de las mejillas y lo besó en la boca.

—No hagas más una cosa así, en arrodillarte frente a mí Achilles.

—No me molestó haberlo hecho —respondió sujetándola de las mejillas y besándola de nuevo.

El hombre la ayudó a incorporarse también y volvió a besarla.

—¿Has hablado con ese hombre? —quiso saber la muchacha.

—Aún no... ¿Has comido?

—No, estaba por irme sin cenar.

—Pediré que nos traigan una bandeja con comida —le dejó saber—, te quedas aquí dentro mientras iré a pedirle a alguien.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

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