La Esclava

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12 | Cosas inesperadas

En un almuerzo familiar entre Achilles, Atenea y Selene hablaban de todo lo que había sucedido y la joven aún sospechaba de Olimpia quien desde hacía días les había comunicado que se ausentaría por sentirse indispuesta. La madre del emperador miró con atención a Selene, quien se encontraba en su propio pensamiento.

—¿Qué te ocurre? —preguntó preocupada.

—Puede que no sea nada pero aún encuentro rara la noticia de Olimpia, se ausentó pocos días atrás y sospecho mucho de ella —les dejó saber con preocupación en su voz.

—No te preocupes por ella, yo mismo hablaré con el hombre y lo obligaré a confesar.

—Te pido que no le hagas daño —expresó mirándolo con atención a los ojos y él asintió con la cabeza.

Achilles luego de almorzar, se levantó del asiento y disculpándose con ellas decidió visitar al prisionero.

Mientras las dos mujeres quedaron a solas terminando de almorzar y sacando conjeturas entre ellas, el emperador bajó a los calabozos para encontrarse con Espartacus.

El guardia apenas lo vio le abrió la reja y él le pidió que los dejara a solas. El hombre lo miró con asombro entrando allí.

—No lo esperaba —habló levantándose del asiento.

—Y yo tampoco que hicieras eso, ¿por qué? —cuestionó—. Si me dices quien estuvo detrás de todo esto, te dejaré libre y no lo hago por mí, lo hago porque la futura emperatriz me lo pidió.

—¿Por qué? —quedó sorprendido.

—Ya te dije que lo hago por ella. Si me dices la verdad te dejo libre y volverás a tener tu tienda para seguir vendiendo.

—Era Achilles el arrogante y sin corazón, ¿qué lo cambió?

—El amor de una mujer. Me dejó ver diferente las cosas y a las personas.

—Se lo diré —asintiendo con la cabeza también—. Planeó todo Olimpia.

El emperador quedó tan desconcertado como pensativo, porque después de todo tenía razón Selene en sospechar de la esclava.

—Me lo ha dicho varias veces y yo no le di importancia —comentó en voz alta.

—¿Quién? —quiso saber el prisionero.

—La mujer que estaba por casarse conmigo —lo miró directo a los ojos.

—Si le habría hecho caso nada de esto hubiera pasado. Evitaba todo tipo de discusiones y sobre todo ahora estaría casado con ella y Olimpia fuera de aquí.

—Lo pensé pero caí recién ahora que siempre debí creer en la palabra de Selene.

—Usted la eligió para desposarla, tendría que haberlo hecho.

—¿Tienes alguna idea dónde podría estar Olimpia en estos momentos? —cuestionó al mirarlo.

—Puede que sí.

—Dímelo.

Cuando Espartacus le dijo el lugar donde solían encontrarse ella y él,acordaron ambos en que cuando Olimpia obtuviera su merecido, él estaría libre.

Apenas Selene vio a Achilles por el corredor yendo a sus aposentos fue hacia él.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó con intriga.

—La verdad y ahora mismo iré a verla.

La muchacha supo bien a quien se refería.

—No vayas... ¿y si es una trampa? —formuló preocupada y asustada al mismo tiempo.

El hombre hizo pasar dentro a la joven y cerró la puerta.

—Correré ese riesgo, siendo o no una trampa debo ir, quiero que Olimpia pague, merece un escarmiento por todo lo que nos ha hecho, sobre todo a ti —dijo con seriedad.

—No hagas algo de lo que luego puede que te arrepientas Achilles —le respondió.

—Vales la pena para arriesgarme en ir allí, no me importa si es o no una trampa, por lo menos sabré todo y estaremos tranquilos —confesó mientras la miraba a los ojos.

—Te entiendo pero tampoco quiero que Olimpia te haga daño, ante todo eres un emperador y debes cumplir con tu deber, y eso no es ir detrás de ella.

Achilles se acercó más a ella y se inclinó para besarla mientras la sujetaba de la nuca. Selene no se había esperado aquel beso.

—Un emperador hace las cosas por amor también y aunque no quieras, debo ir.

El hombre dejó a Selene en un mar de calidez por las palabras empleadas y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Si en verdad quieres que vuelva a aceptarte, tendrás que volver sin un rasguño —comentó mirándolo a los ojos sin perderle ningún detalle.

—No te preocupes por mí —sonrió al decírselo.

—Lo hago porque en verdad me importas Achilles —le expresó con algo de seriedad sujetándolo de la tela de su toga.

—Lo sé, sé que te importo... Si no lo harías me habrías negado que te besara o incluso seguirías enojada conmigo.

—Que aún continuara enojada contigo no era motivo para dejar de quererte.

—Eres preciosa, por fuera y por dentro, sobre todo por dentro —emitió acariciando su mejilla.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

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