La Esclava

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Epílogo | La Emperatriz

Tres días después de que todo volviera a ser como antes entre Selene y Achilles, alguien más entró dentro del imperio sin ser visto.

Había caído la noche y todos se habían retirado a sus aposentos para descansar, no fue la excepción de Achilles y Selene pero lo hicieron en alcobas separadas.

Luego del beso que se habían terminado de dar antes de ir a dormir, fue el hombre quien decidió visitarla para dormir con ella pero con lo que no contaba era con volver a ver a Olimpia caminar con decisión hacia el sector donde dormía Selene.

Achilles había quedado de piedra cuando vio en una de las manos de la mujer un cuchillo que se reflejaba por la hoja de metal que tenía.

Con cuidado y sin que ella lo notara por detrás, caminó con sigilo y a una distancia prudencial para poder tener ventaja sobre ella y tomarla por sorpresa.

Desató la soga de hilos de seda que tenía alrededor de la cintura, la cual sujetaba la toga, para poder entrelazarla en sus manos y tensarla.

Pasos ligeros se escucharon detrás de la mujer pero no le dio tiempo a reaccionar cuando tenía alrededor de su cuello la soga que mantenía tirante Achilles en la nuca de Olimpia.

―Puede que Selene te haya perdonado la vida pero no mereces su perdón ni el mío ―dijo con enojo desmedido mientras tenía apretados los dientes.

―No puedo... respirar... ―su voz sonaba afónica y manoteaba la soga del cuello para poder soltarse.

―Te dio una oportunidad y la desaprovechaste. Te dejó libre porque creyó en ti pero no vales nada, y lo único que resta hacer será matarte con mis propias manos ―su voz sonó con rabia pero sin levantar la voz.

―A... chi... lles, por favor. Suéltame ―dijo pero ya le era imposible obtener aire.

La soga al cuello se le apretó más por la presión que ejercía Achilles por detrás, las venas del cuello se estaban notando y la marca cada vez era más morada, la estaba asfixiando y Olimpia a pesar de querer soltarse y romperse las uñas en el intento y patalear sin ningún intento satisfactorio, de a poco fue perdiendo fuerzas hasta terminar ahorcada. El cuchillo cayó al piso y Achilles la arrastró hasta la entrada trasera donde se encontraban parte del grupo de su guardia.

―¿Acaso nadie escuchó o vio a alguien merodear por los alrededores? ―preguntó.

―Todas las zonas están cubiertas, ninguno de nosotros vio o escuchó algo ―comentó uno de los guardias.

―Porque me encontré con esta mujer ―emitió dejándoles ver el cuerpo de Olimpia―, ya saben lo que tienen que hacer. Ni una palabra de esto a Selene y es una órden.

―Si señor ―les dijeron todos al mismo tiempo mientras le hacían una reverencia.

Cuando el emperador le dejó la mujer a sus guardias, estos se encargaron de lo debido. Achilles volvió a su alcoba sin molestar a Selene porque sabía bien que al verle su rostro iba a preguntar el porqué se encontraba allí y no quería preocuparla, tampoco pretendía decirle lo que había sucedido aquella noche.

Por la mañana siguiente y muy temprano, el emperador se despertó con una idea tan segura como apresurada pero no le importaba nada. Su madre ya se encontraba levantada y lista para dar un paseo como todas las mañanas.

―Buenos días, ¿a qué se debe el honor de tu presencia aquí? ―cuestionó sorprendida su madre.

―Me he levantado con una idea que se me acaba de ocurrir y que quiero que me apoyes en la decisión.

―Si la creo adecuada, lo haré.

―He pensado en realizar dentro de unas horas algo para Selene y para mí, y necesito tu participación. Quiero que seas la única testigo y parte legal de mi unión en matrimonio con Selene.

―¿Ella lo sabe?

―No, por eso quiero que sea una sorpresa para ella ―sonrió al decirlo―. Todos saben que no tiene dote, ni nada que se le parezca, ni siquiera le quedaron familiares y por tal motivo quiero hacerlo así, que firmemos un contrato nupcial y que eso avale nuestro matrimonio.

―¿Piensas presentarla también?

―Claro que sí ―volvió a sonreírle cuando se lo comentó―. Hoy mismo apenas nos casemos.

―Es descabellada tu idea pero me gusta, solo espero que Selene lo acepte.

―Lo hará, podría decirle que necesito que firme un papel y listo.

―Se dará cuenta ―acotó Atenea.

―Y no tengo problema con que se de cuenta, que lo sepa justo cuando lo esté por firmar.

Su madre entrecerró los ojos y luego le habló;

―De acuerdo, participaré.

―Gracias.

―En quince minutos te espero en la sala de reuniones ―le respondió a su hijo―. Yo me encargo de Selene.

―Perfecto.

Atenea primero se encargó de redactar el contrato nupcial para que habilitara a su hijo y a Selene a poder convivir como una pareja en matrimonio, cuando tuvo listo el papel lo llevó a la sala de reuniones donde ya se encontraba Achilles esperando. Solo le dijo que tuviera paciencia y que pronto volvería con la joven.

Selene acababa de salir de sus aposentos cuando fue vista por la emperatriz.

―Buenos días ―le hizo una reverencia.

―Buen día Selene... A ti te estaba buscando.

―¿A mí? ―formuló asombrada―. ¿Qué necesitas? ―quiso saber.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

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