La Esclava

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01 | El arrogante Emperador

Atenas, Grecia

Período Helenístico, 325 a.C.

 

La joven Selene, se encontraba al igual que las demás nueve jóvenes, para ser elegidas por el actual Emperador que había subido desde hacía muy poco tiempo al trono.

Su Majestad, mi grupo y yo le traemos a diez esclavas, traídas del Norte de Grecia. Por favor, si ha visto alguna, dígame y se la entrego —le dijo el comerciante.

El Emperador vio a las diez jóvenes, asustadas e indefensas, con un futuro incierto y poco feliz, el grupo de jóvenes se sujetaban las manos entre ellas, y mantenían las cabezas bajas por temor a ser vendidas y maltratadas por las manos del soberano del país. Todas tenían la cabeza baja, pero la única que se mantenía con la frente en alto era Selene. La joven, aún cuando estaba aterrada por lo que le pasaría, se mantenía firme y sin atisbos de terror en su expresión.
La entereza de la joven fue lo que más le llamó la atención al Emperador.

—¿Ha visto alguna, Su Majestad?

—Sí, he elegido a la décima —levantó dos dedos, he hizo un ademán para que ella acercara.

Selene, ni siquiera movió un pie hacia delante, no estaba dispuesta a obedecer órdenes, pero uno de los guardias del Emperador, empujó a la joven haciéndola caer al suelo, mientras amortiguaba la caída con sus manos. Ella levantó la vista hacia él, y escuchó por vez primera, su masculina voz.

—¿No me escuchaste cuando dije que te acercaras? —Selene se mantenía callada—. ¿Por qué no me contestas? ¿Acaso eres muda o te han comido la lengua los ratones?

—No —le dijo.

El Emperador, quedó desconcertado por la melodía de su voz. Pero volvió a esparcir el terror con su arrogancia desmedida.

—Habla más fuerte, no te he escuchado, no me gustan las mujeres que dicen las cosas entre dientes.

—He dicho que no soy muda, ni menos me han comido la lengua los ratones —terminó por responderle, dejando pasmado al hombre que tenía frente a ella.

El hombre, de tan solo treinta años de edad, era de temer, y soberbio. Su forma de hablar y dar ordenes, carecían de amabilidad para los demás, y lo hacía ver mucho más grande de lo que realmente era. Su manera de tratar a los demás le restaba puntos a su belleza de Adonis. El rubio cobrizo de su cabello, el color celeste de sus ojos y la estructura ósea de su rostro, era única y envidiable. Alguien tan bello como él, debía de tener su lado perverso también.

El pequeño grupo de esclavas que estaban alrededor del trono, complaciendo a su Emperador, se lo quedaba mirando hipnotizadamente.

—¿Tienes un nombre? ¿O tendré que llamarte como me plazca? —le preguntó en tono autoritario.

—Mi nombre es Selene.

—Tu nombre tendría que ir seguido de un: Su Majestad.

Selene se lo quedó mirando por un instante, pero prefirió terminar la frase con las palabras que pedía, antes que escucharlo gritar.

—Mi nombre es Selene, Su Majestad.

—Ahora van mejorando las cosas. Así me gusta. Tú —señaló a una de las esclavas que estaba alrededor de su trono—, lleva a la nueva esclava a darse un baño, porque no la soporto ver así, e indícale que es lo que se tiene que poner —le contestó, caminando hacia el trono y sentándose.

—Sí, Su Majestad —le respondió con obediencia y le hizo una reverencia—. Vamos a bañarte y sacarte esos harapos.

Selene y la mujer que estaba a su lado, caminaron a la par hacia el cuarto que Selene iba a ocupar, y aunque las débiles piernas de la joven intentaban dar pasos hacia delante, terminaron por aflojarse.

La mujer, la sujetó del brazo al ver la dificultad con la que ella caminaba.

—Solo unos pasos más, ya casi llegamos.

Una vez que la mujer abrió la puerta de la habitación, Selene se sorprendió por el lujo que tenía, he hizo un paso hacia atrás.

—No pasa nada, ésta va a ser tu recámara de ahora en adelante. Entra.

—¿Mía? —le dijo incrédula.

—Sí, es una de las mejores que tiene Achilles en el Imperio.

—Supongo que te refieres al Emperador.

—Así es. Bueno, ahora, déjame quitarte lo que llevas puesto.

Cuando vio a la mujer acercarse a ella, retrocedió por inercia. Lo último que había recibido cuando alguien puso las manos encima de ella, habían sido maltratos.

—No tengas miedo, no te voy a hacer daño. Solamente quiero ayudarte con la ropa.

—Prefiero hacerlo yo —le emitió con recelo.

—Está bien. Pero luego tendré que ayudarte con el baño.

—De acuerdo.

La esclava terminó por ayudar a bañarse a Selene, y para que la joven se sintiera un poco más tranquila, ella le habló nuevamente.

—Tienes una voz muy bonita, ¿por qué callas tanto?

—Será por el miedo a ser castigada.

—Pero no tienes porqué estar así, aquí vas a estar segura y a salvo. Pensarás todo lo contrario, por cómo es el Emperador.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: esclavagriega, emperador, amor

Editado: 01.08.2019

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