La esposa de mi prometido

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La mayor de las pérdidas

El Juez seguía observando el comportamiento de Adrián y Natalia, y le preguntó a ella:

—¿Tienes algún familiar viviendo aquí en el país?

Natalia negó repetidamente con la cabeza, y volvió a abrazar con fuerza a Adrián, ella seguía suplicándole que no dejara que su abuela se la llevara, y Adrián no podía dejar de llorar. El Juez miró a Doña Encarnación y le preguntó:

—¿Tiene algo más que decir?

—Sí, ese hombre violó a mi nieta y quiero que lo metan preso.

—Por eso no se preocupe, aquí está el informe forense, y su nieta aún es virgen, además el informe del psicólogo demuestra que la niña ha sido muy bien cuidada por el señor Adrián Gutiérrez, y claramente demuestra también que ella sigue aterrorizada por lo que pasó en su casa en España.

—Yo tengo su custodia, no Adrián. Hoy mismo me la llevó para España.

—¿Aún vive con su esposo? –preguntó el Juez.

—Por supuesto, es un buen hombre, y lo único que ha hecho es educar a mi nieta.

—¡A ningún ser humano se le deja sin comida todo un día, y usted se lo permitió! –gritó Adrián.

—Mi esposo estaba educando a mi nieta, como dije antes, siempre ha sido una niña malcriada.

Atrás María Inés lloraba sin parar, y cada vez que Adrián la miraba con odio, mientras las lágrimas salían a borbotones de sus ojos, le sacaba un trozo de su alma.

El Juez le pidió a Natalia que se acercara a él, y ella se negó varias veces. El oficial se acercó a ella, por orden del Juez, y se la arrebató a Adrián. El Juez le ordenó al oficial que sacara a Natalia de la sala, y ella no hacía más que llorar y gritar «¡no quiero regresar con ella, ese hombre es malo!» Luego, el oficial acompañó a Doña Encarnación para que se sentara en los bancos de los observadores. El Juez revisó de nuevo todos los papeles que tenía en su mano, vio a Adrián y dijo:

—Lo lamento señor Adrián, no tengo más remedio que entregarle la niña a su abuela, usted nunca se casó con su madre, y legalmente no puede obtener su custodia.

El Juez miró a la cara de satisfacción de Doña Encarnación y le dijo:

—Señora Encarnación, lo único que puedo decirle es que si usted y su esposo viviesen en este país, yo personalmente los metería presos de por vida, lo que su esposo le hizo a esa niña si es un abuso a un menor, no como el que pretendieron darle al señor Adrián García, un hombre que crio a una niña que no era suya, que le dio un hogar, la vistió, le dio de comer, la trató con respeto, y que no merece ninguno de los insultos que usted ha proferido contra él. Personalmente me gustaría felicitarlo por el gran hombre que ha demostrado ser, pero no puedo hacerlo, se llevó una menor y se casó con ella.

—¿Qué pasa con el matrimonio? –preguntó Doña Encarnación, sin importarle nada de lo que el Juez le acababa de decir.

El Juez giró su vista hacía Adrián, que no podía dejar de temblar de la desesperación por perder a su hija, y que de nuevo sería maltratada por ese hombre.

—Señor Adrián García, en vista de que su matrimonio con la menor Natalia Gómez es nulo desde el inicio, la niña será devuelta a su abuela, quién tiene su custodia. Con respecto a los cargos que pesan sobre usted de abuso a una menor, lo declaro inocente de todos los cargos. Caso cerrado.

Adrián no podía moverse del lugar, y al ver que el oficial la acompañaba a buscar a Natalia, se acercó a ella a suplicarle varias veces que no se la llevara y encada súplica, ella se lo negaba con aire triunfante. Derrotado y cabizbajo, secándose las lágrimas de unos ojos llenos de dolor y desesperación, comenzó a caminar a la salida del juzgado. María Inés se acercó a él para hablarle.

—Perdóname Adrián, me dejé llevar.

Cuando ella quiso abrazarlo, él la rechazó.

—No me toques. Dime, ¿qué daño te hizo Natalia? ¿Qué fue eso tan grave que pudo haberte hecho, para que la hayas condenado a ese destino? Desde el primer día se hizo tu amiga, se alegró que viviéramos juntos, confiaba en ti, iba contigo cuando tenía problemas, ¿Cómo pudiste tan siquiera pensar que yo me estaba acostando con ella? ¿Por un papel que decía que estábamos casados? Por favor, te pedí que confiaras en mí, siempre te demostré cuanto te amaba, ¿de qué podías tener celos de ella? Hasta la obligaste a orinar en frente de ti, ¿No te bastó con esa humillación?

—Si hubieras hablado conmigo… –Adrián la interrumpió.

—¿Para qué? Tenía miedo de que no entendieras, y no me equivoqué, pero debo darte la razón, si hubiera hablado contigo, en este momento mi corazón dolería porque tú me rechazaste, y no porque me lo desgarraste al quitarme lo único que me importaba en la vida. ¡Nueve meses! ¿No podías esperar esos malditos 9 meses? ¿Por qué no sacaste la cuenta? En siete meses ella cumpliría la mayoría de edad, y yo podía anular el matrimonio para casarme contigo, te pedí que confiaras en mí, porque yo sí confiaba en ti, ¿no te diste cuenta que si encontraste todos esos papeles era porque confiaba en ti? Ninguna persona que oculte algo tan grave deja las pruebas a la vista. Ahora te pregunto yo, ¿Por qué no me dijiste que habías encontrado el acta de matrimonio? ¿Por qué no me permitiste explicarte? No respondas, es simple retórica, sólo una persona aberrante como tú es capaz de pensar esas cosas, y de desgraciarle la vida a una niña que nada te había hecho. Que Dios te perdone, porque yo no puedo.



M.R.Fernandez

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En el texto hay: engano, boda, compromiso

Editado: 01.03.2019

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