La esposa de mi prometido

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No sé qué hacer

Inútilmente, Adrián quiso contactar por teléfono a Natalia, y cada vez que lo intentaba, se la negaban. Insistió cada día, hasta que recibió un sobre de un juzgado en España, donde se le prohibía seguir acosando a la familia Galante Pérez, o a su nieta, y que ya habían canalizado está prohibición en su país, y que de no cumplirla, iría varios años a la cárcel.

El pobre hombre quedó devastado, Perfecto Galante se había salido con la suya, podría maltratar a Natalia sin que nadie se lo impidiera. No quería saber nada de la vida, no deseaba morir, pero si quería que la vida se lo llevara. En un instante se dio cuenta que Natalia en unos meses sería mayor de edad, y podría rescatarla de su familia, pero para eso necesitaba dinero, y debía seguir con la pastelería.

De vez en cuando se le venía a la mente María Inés, su amor por ella se había extinguido, sin embargo ese amor se había transformado en odio, y él no quería tener ese sentimiento, quería mantenerse igual al que siempre había sido. Todos los días al acostarse, pedía a Dios por Natalia y le daba las gracias por mantener a María Inés lejos de él, tal y como se lo dijo a ella, no podía perdonarla.

Un mes antes del cumpleaños de Natalia, Adrián estaba muy nervioso, las ansias por volver a ver a su hija lo quemaban por dentro. Ya tenía el pasaje de avión reservado, y el dinero listo para traer a Natalia de vuelta. Cerca de la hora de cerrar la pastelería, ya no quedaba nadie, y una persona cruzó la puerta, era María Inés. Adrián no pudo evitar que el odio se le saliera por los ojos.

—Que desfachatez aparecer por aquí.

María Inés le sonrió con dulzura, y en sus ojos se veía un profundo arrepentimiento y resignación. Sin decir más nada, se apartó de la puerta, y una chica alta, delgada, de pelo castaño corto, y ojos marrones apareció detrás de ella. La expresión de odio que tenía Adrián se convirtió en gozo, sus ojos se negaban a creer lo que estaban viendo, Natalia estaba ahí mismo, delante de él sonriendo con algunas lágrimas en los ojos. Corrió donde ella y la abrazó, y la besó hasta el cansancio. La vio de arriba abajo y de abajo arriba y no podía salir de su asombro. Recordó que María Inés había entrado con ella, la buscó con la vista, y no la encontró, ella se había ido cuando él abrazó a su hija. Emocionado, volvió a darle un beso a su hija, y salió a buscar a María Inés. Vio que había caminado un buen trecho y comenzó a correr detrás de ella. Al estar cerca, gritó su nombre para que se detuviera, y ella volteó a ver como se le acercaba. Jadeando y sosteniéndose con las manos en sus piernas le dijo:

—Gracias María Inés, de verdad muchas gracias.

—Era lo menos que podía hacer por ti.

—¿Cómo lograste traerla hasta aquí?

—No fue difícil. Si hubieras ido a la policía cuando supiste lo que estaba pasando, ellos te hubiesen ayudado. España tiene leyes muy fuertes contra los abusadores de menores.

—Está bien, pero no me has dicho como hiciste.

—Contraté a un detective en España para que investigara al esposo de Doña Encarnación, y descubrió que había tenido muchos problemas con sus hijos, casi logran meterlo preso, pero el abogado fue más listo que los hijos. Le pedí al detective que me recomendara un abogado, y hablé con él sobre el problema de Natalia y ese hombre. El abogado me pidió que sacara copia del expediente donde te acusaron de abuso a una menor, y que esperara su llamada para ir a España.

—¿Qué hiciste cuando llegaste a España?

—El abogado habló con el detective y vigilaron la casa de Doña Encarnación, y justo cuando llegué, Natalia llevaba dos días encerrada en la habitación, y apenas le daban pan y agua. Inmediatamente puse la denuncia en la policía, y fueron a la casa a verificar, y cuando la encontraron desfallecida y muerta de hambre, la llevaron al hospital. A Perfecto Galante lo llevaron a la estación de policías y lo encerraron. Cuando me vine, estaba esperando juicio, y según mi abogado, estaría el tiempo justo para que muriera en la cárcel.

—¿Qué hizo la policía con Doña Encarnación? Ella es cómplice de ese hombre.

—Mi abogado la convenció de declararse víctima de abusos de su esposo para que no fuera a la cárcel.

—¿Por qué permitiste eso?

—A veces hay que perder para ganar, o hacer trampas. Después que Natalia regresó del hospital, me presenté con mi abogado en la casa de Doña Encarnación. La pobre Natalia palideció al verme de una manera que pensé que habría que llevarla al hospital de nuevo. Pues bien, negociamos con Doña Encarnación, ella le daba el permiso de viajar para acá por tres meses, o le entregábamos a la policía el expediente de tu caso donde ella confesaba que era cómplice de su esposo. Justo cuando le dieron el permiso para viajar a Natalia, nos vinimos.



M.R.Fernandez

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En el texto hay: engano, boda, compromiso

Editado: 01.03.2019

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