La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Inicio de otra pesadilla

Calder finalmente llegó a su departamento. Lanzó las llaves en el mueble, y las escuchó caer al piso. Maldijo en voz alta.

Tiró la puerta sin cuidado. De todas maneras, luego tendría que buscar las llaves para cerrar la puerta de manera correcta, pues estaba dañada.

Estaba mojado, lleno de sudor frío, cansado y de mal humor. Se apoyó en la puerta y se miró los zapatos. Suspiró.

¿Por qué ese chico había tenido que hacer esa pregunta?

Se quitó la chaqueta que goteaba un poco, y la dejó en el perchero a su izquierda. Se aflojó la corbata, abrió su chaleco y se sacó la camisa del pantalón. Finalmente se decidió a enfrentarse al desastre que era su apartamento.

Tanteó la pared de la derecha para encender la luz, y se encontró con una mano que lo esperaba.

La mano lo tomó del brazo y lo lanzó con una fuerza inhumana hacia adelante. Se golpeó con la mesita del café y la silla. Se dio con la punta de la mesa sobre la ceja, pero pese al dolor, movió el brazo bajo de sí para sacar el revólver bajo su chaqueta. Las manos lo levantaron y le torcieron la muñeca izquierda, haciéndole soltar el arma.

Lo lanzaron contra la pared, con el brazo torcido hacia atrás y aplastándole la nuca.

Lanzó una patada a ciegas, dándole en la rodilla a su agresor, que aflojó suavemente la mano que le sostenía el brazo. Se dio una vuelta lo más rápido que pudo y alzando el brazo con la esperanza de golpear a su agresor.

No le dio a quien lo atacaba, pues lo sostuvieron por el cuello con ambas manos apenas se giró. Las manos le apretaron con fuerza y lo alzaron unos centímetros del suelo.

Tuvo miedo, sintió los fuertes dedos como garras aplastándolo con tal facilidad que se preguntó quién tenía tanto interés en mantenerlo con vida por tanto tiempo, si parecía que podrían acabar con él en un minuto.

—Ah, Doctor Calder, qué difícil es concretar una cita con un hombre tan ocupado.

Un rayo espantoso cayó sobre el pararrayos del edificio vecino, iluminando su piso, y pudo ver quién estaba detrás de las manos.

Un hombre con un bigote copioso, todo vestido de negro, elegantemente combinado y con guantes de cuero.

Calder intentó tomar aire, el hombre aflojó las manos, pero no le dio chance a hacer nada, lo aplastó en el cuello con el brazo contra la pared, y bajó su mano derecha hacia su bastón.

—¿Qué…?

—Cosa curiosa, un hombre que no es un doctor de verdad. Pero un hombre que me hizo perder demasiado. Vine a hacerle el mismo favor —su agresor giró la cabeza, mirándolo a los ojos—. ¿Sabe? Si fuera un hombre menos testarudo lo aprovecharía, lo contrataría. Su única ilegalidad es apostar y ahogarse en ese polvo blanco, pero después de estudiarlo, sé que no se atrevería a nada más.

»Una lástima, un desperdicio. Así que puede retribuirme le favor ya sabe, muriéndose.

—¿Quién es?

—¿Qué importa, doctor? Usted me hizo perder bastantes cosas.

Calder repasó varios casos que ayudó a resolver, no le llegó ninguno particularmente sobresaliente. Pero daba igual. Gran cosa, ese tipo lo quería muerto por dinero.

—No sea así, no he terminado. No soy un simple rencoroso, casi fue sin querer. Pero me hizo perder respeto… se supone que soy el mayor, el que debía tener el control, y usted me quitó eso.

—¿Qué quiere decir?

Su agresor sonrió. Calder conocía esas sonrisas, y sintió miedo de nuevo al recordar asesinos con la misma mueca.

Pero esta vez era diferente, porque no era una sonrisa de psicópata. Era una sonrisa cuerda, tan cuerda, que le hizo dudar. El hombre sacó una espada escondida en el bastón, que estaba amarrado a su correa.

—Ustedes piensan que al morir, lo van a entender todo. Tal vez sea así. Es un estudioso de la ciencia, qué lástima que no pueda decírmelo a mí y a nadie, descubrir lo que hay tras la vida ¿no?

Calder vio la espada con detalle. No parecía una parafernalia falsa, parecía algo realmente sólido, delgado, pero letal.

—Debe de ser estúpido para pensar que nadie se dará cuenta de-

—No habrá nadie, doctor. —lo interrumpió, a la vez que clavó la espada en su oreja izquierda, atravesándola y clavándose en la pared.

Calder gritó de dolor, abrió los ojos mirando al hombre con ira. Su revólver estaba en el piso, cerca del pie de su agresor. No tenía nada con qué defenderse, sus llaves ya no estaban en su bolsillo, apenas su encendedor, en otro bolsillo del chaleco. Inalcanzable.

Además, el hombre parecía tener la fuerza de diez más. Se había intentado sacudir todo el rato, y no se había movido un centímetro.

—¿Sabe por qué? La señorita Lorca se quedará en casa de su novio esta noche —dijo mirando a su izquierda, en dirección del apartamento de al lado—. El señor y la señora Ivanovitch —señaló con el dedo hacia arriba— tendrán un problema con su auto, y se quedarán varados hasta la media noche en la carretera. Su vecino de abajo ganó un premio, se lo gastó todo en whisky, y está tan borracho que no recuerda su propio nombre. Y bueno, ya sabe que el señor Treasure —dijo mirando hacia la izquierda, hacia su espalda— es sordo.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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