La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Reptil

—¿Qué mierda?

Rembrandt disparó al hombre de nuevo, que ni siquiera se había tambaleado por el primer impacto. Caminó con espada en mano hacia ambos, como si nada. Ella se puso nerviosa, y le disparó en la oreja –o donde se suponía que debía haber una oreja-, haciendo que finalmente el hombre se detuviera y echara un paso hacia atrás.

Se volteó a mirarlos, y se retiró la piel como si fuera una tela marchita. Aileen gritó.

Bajo la piel había un rostro de piel verduzca, brillante y horrible. Unos ojos amarillos de rendijas verticales. Ojos de serpiente. Rostro parecido al de una serpiente, pero como si la hubieran moldeado para que fuera más humana.

La cosa chilló, y atestó la espada contra Rembrandt, que estaba estática del pánico. Calder se las arregló para usar el banco como escudo, el metal atravesó la tela, y Calder giró el mueble para obligar a la criatura a soltar la espada… pero no encontró resistencia.

Con sorpresa vio que la había soltado, y ahora halaba a Rembrandt hacia la ventana por el brazo. Apenas cojeaba, pero se movía rápido. Calder se lanzó hacia su revólver y luego hacia su alumna, perdiendo la oportunidad de tomarla del otro brazo. Corrió a la ventana, por la que el monstruo había saltado.

—¡No!

Tomó a Rembrandt por la cintura, y ella pareció reaccionar. Se aferró al marco de la ventana y a la pared con todas sus fuerzas. Calder apuntó hacia abajo, al reptil que le devolvía la mirada, sorprendido de encontrar resistencia.

Le enterró una bala en la mandíbula, y otra en donde Aileen ya había puesto una, en un agujero donde se suponía que estaba la oreja, justo bajo el sombrero.

El monstruo chilló y se soltó de Rembrandt. Cayó cuatro pisos más abajo.

Ella rodeó a Calder con el brazo con desesperación, él no entró de inmediato. Vio cómo esa cosa salió corriendo, cojeando apenas un poco, yendo tan rápido como un auto por el callejón de la calle de enfrente y desapareciendo entre las sombras y la lluvia.

Calder ayudó a Rembrandt a entrar por la ventana. Se había raspado por los vidrios rotos, pero estaba más preocupado por el brazo de ella, que estaba morado.

Encendió las luces.

Su apartamento era de buen tamaño, con un pequeño recibidor -ahora todo destrozado- con un banco atravesado por una espada, dos sillas fuera de sitio y la mesa volcada. Sentó a Aileen en la silla más cómoda, y encendió la caldera, que estaba en el viejo espacio de la chimenea.

Había un lienzo sin terminar de pintar apoyado en la pared del comedor, que estaba continuo al recibidor, y lo puso en la ventana para que no empapara la alfombra del piso, que ahora tenía algunos vidrios rotos.

—Disculpa el desorden…

No podía atribuirlo todo a su inesperada visita. Había un montón de cartas, facturas, periódicos y botellas de varios tipos de licor regados por todas partes. La mesa de dibujo de Teresa, plegada pero atravesada en el comedor, estaba manchada de café.

Ella se quitó el abrigo, cuando se dio cuenta que era muy grande… el suyo.

—Rembrandt…

—Vine a… a devolvérselo.

—¿Viniste sólo a eso? —Calder se rió.

Conque no tenía a nadie ¿no? Maldita lagartija, no contaba —y él tampoco— con la espontaneidad de Aileen Rembrandt.

—Me salvaste la vida.

—No diga eso así… —ella se quitaba ahora su propio abrigo, revelando una cintura pequeña y una camisa blanca húmeda, metida en pantalones marrones ceñidos a la cintura, que le quedaba muy bien, según Calder.

Quiso regañarse a sí mismo. Rembrandt era una mujer respetable e inteligente… pero también había estado a punto de morir hace cinco minutos, merecía algo de paz, y distraerse con sus piernas era fácil...

Ella pareció no darse cuenta de que la miraba demasiado.

—¿Cómo no decirlo? Literalmente me salvaste la vida. Y si no hubieras venido…

—Es que en el teatro, usted… se fue rápido.

Le parecía algo tan ajeno a lo que acababa de pasar, que tuvo la impresión de que fue años atrás.

—¿Qué cos-? Ah… —el recordarlo no le molestó ni le hizo sentirse incómodo. Ella se abrazó a sí misma.

—Ese bicho iba a lanzarme por la ventana con él.

—Porque interferiste, no debiste.

—¿Cómo que no?

—Que ahora estás en peligro.

Ahora lo sabía, y se sentía culpable. De haberse sabido controlar en el teatro… Rembrandt en casa de su novio, tranquila.

Y él muerto, sin fastidiar a nadie.

—¿Quién era… qué era eso?

—No sé.

—Pero…

No la dejó preguntar nada más. Fue a su despacho, a la izquierda de la entrada, lo más parecido a una sala que tenía.

Era un área sin puerta de acceso, sino con un arco de madera redondo y pulido que se conectaba con el recibidor. Tenía un escritorio cómodo, estantes llenos de libros y frascos, un sillón, un diván… Todo atiborrado de papeles, tazas manchadas de café, platitos con migajas y hormigas y más botellas de licores vacíos.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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