La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Peter

Calder despertó con dolor de espalda. Se había dormido con el cuello en una mala posición, y maldijo no ser tan flexible y joven como antes.

Se levantó y miró la ventana del recibidor tapada por el lienzo sin terminar, lo removió, y se asomó afuera.

Había una mancha negruzca y vidrios en el piso, que algunos transeúntes se quedaban mirando unos segundos antes de seguir su camino.

Hizo un desayuno abundante y robusto, como a él le gustaba llamarlo. La verdad era un poco grasoso; huevos revueltos, jamón, queso frito y pan. Se sintió apenadísimo al ver la cocina en perfecto estado para cocinar, y lo mejor que podía hacer era darle a Rembrandt un buen desayuno.

Escuchó sus pasos en la pared de su izquierda, los tacones sobre el suelo de madera sin alfombras. Cuando la vio entrando a la cocina para saludarlo, tenía el cabello peinado hacia atrás, el rostro y las manos limpias y la camisa algo arrugada.

Eso le recordó su propia camisa arrugada, que no había planchado la suya de ese día para ir a la comisaría y…

Le pidió a Rembrandt que la ayudara a terminar, mientras él corría al teléfono. ¿Qué hora era?

—Secretaría de Santa María ¿En qué puedo...?

—Es Calder, por favor busca a Abercroth, necesito hablar con él, es importante. —oyó los pasos de la señorita Stella buscando a su superior, y segundos después Calder escuchó una animada voz por el teléfono.

—Eh, Frederick. ¿Pasó algo?

—Sí —dijo de manera cortante. Se imaginó cómo a jefe y amigo dejando de sonreír—. Llegaré a la oficina tarde, pero no a trabajar, sino a hablar contigo, la verdad.

—Claro, hombre.

—¿Vas a estar en la oficina todo el día o te vas a escapar al bar?

—Me quedo en la oficina hasta la tarde, que mi hijo vendrá después de clases. Y te espero.

—Gracias. Es importante, la verdad.

—¿Para que digas ‘la verdad’ a cada rato? Sí, lo sé. Nos vemos, Rick.

—Cuídate Rufus.

Colgó el teléfono, y no tuvo que llegar a la cocina para servir el desayuno. En el comedor ya Rembrandt había servido dos platos. Se sentaron en sillas de diferentes estilos y formas. El comedor era improvisado y apenas se usaba, las pocas visitas que recibía Calder era sobre todo de sus amigos que realmente no prestaban atención a esas cosas. A Rembrandt le parecía pintoresco.

Conversaron del trabajo en el desayuno. A ella aún no la habían llamado de la revista, y Calder aún no había recibido el pago de la conferencia.

—Parece que ambos necesitamos un empujón ¿no, Rembrandt?

—Tú más que yo.

Calder se rió.

Siguieron bromeando y hablando de cosas más alegres. La noche anterior había sido un horror que preferían no recordar por ahora.

Rembrandt pensó que Calder contrataría a una mucama para cocinarle, pero él parecía bastante independiente respecto a esas cosas y no necesitar una para el día a día. Comieron el último bocado, y él hizo café, cuando alguien tocó la puerta con demasiada fuerza.

Los abrigos colgados en la pared se balancearon un poco por los golpes. Calder abrió la puerta confundido, sabiendo que no era el señor Treasure, de nuevo… cuando un hombre entró sin pedir permiso.

—¡Ahí estás, Aileen!

Comprendió. Había visto a Peter en una ocasión, pero no lo recordaba tan poco presentable. Tenía el cabello grasoso y despeinado, la camisa con el cuello arrugado, y dejaba una estela de olor a cerveza tras de sí.

Vio a Rembrandt, y se llenó de ira al verla con miedo en los ojos. Peter se le acercó, y le tomó del brazo lastimado. Ella gritó de dolor, y la soltó.

—¡No quería lastimarte!

Apenas se le entendió, no se le había pasado la borrachera a la evidentemente se había sometido horas antes.

—¡Le dije que había ocurrido algo horrible anoche! –dijo Calder acercándosele- Entra sin pensar y…

—¡No necesito una invitación para entrar a este agujero!

Calder apretó los puños. «No puedes partirle la cara al novio de tu alumna, no debes» se dijo.

—Llegas aquí con tufo a licor —comenzó ella—, entrando como si fuera tu casa, y…

—Pues menos mal que no es mi casa —dijo echando una ojeada rápida al apartamento.

Rembrandt pareció recobrar su fortaleza de siempre, se levantó y pisó con fuerza hacia él.

—¿Quién te crees que eres? Entras a casa de mi tutor y mi amigo, golpeando la puerta como un loco, y… —lo miró fijamente hacia algún punto en su cara, y le señaló—. ¿Y quién te hizo eso?

Ella le tocó bruscamente el cuello, y él se apartó. Calder logró ver marcas de labios allí.

«¿En serio?»

Volvió a subir la mano para verlo mejor, y él le golpeó en la mano lastimándola de nuevo.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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