La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Por tu bien

Calder entró al despacho de su amigo y se sentó aparatosamente en una de las sillas. Rufus se sobresaltó y apretó un poco la carpeta que tenía entre las manos.

—No encuentro casi nada, la verdad.

—Estoy… estaba trabajando.

—Mentira, estás viendo fotos de mujeres. —su amigo alzó las cejas.

—Claro que sí…

—Tienes un espejo detrás, Rufus.

Rufus cerró la revista oculta tras la carpeta y se volteó mirando con el rabillo del ojo al espejo, sintiéndose traicionado por su mobiliario. Calderle dejó enfrente una carpeta flaca. Dentro sólo había tres recortes de periódicos con un clip, y un recibo de compra.

—¿Quién es Benjamin Cox?

—Parece que tiene algo en común con hombres que tenían negocios con opio. Hans Redman, Ludovico Rodrigues y Bran Gibran, y Pietr Peverell.

—¿Cómo descubriste eso? Nunca había escuchado ese nombre.

Calder recordó los interrogatorios ilegales que hizo a diversos tipejos, ex-convictos o convictos. Se movió en la silla y la contusión de uno de esos encuentros le recordó que había sido imprudente.

—¿Recuerdas cuando te dije que no me creerías?

—¡Ya te estoy cumpliendo el favor! Hay un oficial permanente en la entrada principal del teatro, y en el callejón de atrás.

—No es eso, Rufus… estoy comenzando a pensar que ese tipo tiene muchos contactos o está en todas partes.

—No jodas ¿Frederick Calder, volviéndose paranóico?

—Es que… no hay nada. Es como si no existiera.

—¿No se te ocurre que… no exista?

Calder lo miró ofendido, pero Rufus no estaba para juegos, lo miraba de una manera muy seria y tenía las palmas juntas sobre el escritorio.

—¿Cuándo volviste a aspirar?

—¿¡Qué!? –Se levantó—. No me jodas, Rufus… ¡Rembrandt estaba allí también!

Rufus se levantó a su vez, y apoyó una mano en el escritorio.

—Escucha, Rick. Vuelve a ver a Sanz. Por favor, hombre. Necesito saber que vas. Te ayudaré con esto aun así no me quieras decir nada, pero ve… ¿De acuerdo?

—¡No estoy enfermo, Rufus! ¡No estoy loco!

—No has dormido en tres días y tu nariz está floja, no dices de dónde sacas información… ¿Qué coño has estado haciendo?

—Averiguando, Rufus… Temo por ti, por Rembrandt…

—Hablando de Rembrandt… Date permiso para comenzar otra vez con una mujer… —se sentó nuevamente en su gran butaca de cuero italiano—. Busca a alguien que te apoye en ese sentido. ¿Está bien?

—¡De acuerdo! Diablos… cuando aclare esto, tal vez… no sé, la verdad.

—Ella está viviendo ahora en casa de Alcock ¿Verdad?

—Muy conveniente para su seguridad, la verdad. Aunque Alcock tenga medio dedo de frente.

—¿Crees que Alcock quiera…?

—¿Qué cosa?

Rufus hizo una ‘O’ con sus dedos, y metió el dedo de su otra mano ahí.

—No, por Dios… Alcock adora a su esposa. Lo decía porque es un bruto sin remedio.

—Ah. Bueno… No es como si no tuvieras oportunidades.

—No es eso, lo menos que me interesa ahora es una relación ¿Está bien? Respecto a ella sólo quiero que esté a salvo. Se expuso al ayudarme.

—Prométeme que irás a ver a Sanz. Sé que no te cae bien, pero maldita sea, Rick… por favor.

Calder sacó un cigarrillo, y lo encendió, mirando el cigarro mientras le prometía que iría.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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