La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Vicios

Calder salió de la oficina sintiéndose mal por romper la promesa al instante.

Se dirigió a los muelles. Miró su reloj: seis de la tarde, tiempo suficiente para que hombres como él se reunieran después del trabajo para descargar las incomodidades, frustraciones e iras de su día a día. Ya fuera en conjunto o en privado.

Llegó al callejón doce; un área inusualmente limpia de basura y cajas. Seis hombres hacían fila frente a un almacén. Algunos lo reconocieron y le saludaron con un gesto de cabeza. Él respondió de igual manera. Otros se hicieron los duros mirando a los demás desde arriba sin saludar a nadie.

La rejilla del almacén se abrió. Unos ojos miraron a los hombres y los dejó pasar a todos, reconociéndolos. La recepción era muy oscura y se componía de lockers de varias formas y colores desgastados. Cada hombre alquiló un candado para dejar sus pertenencias.

Cinco minutos después, uno de los hombres que no lo saludó le abría la oreja con el anillo que no se había quitado.

—¡Quiébralo! ¡QUIÉBRALO!

Los gritos lo distraían y lo irritaban. Claro ¿quién no apostaría por el tipo grande?

Calder se tocó la oreja, le había saltado un punto, sentía la sangre escurrirse hasta su cuello. Se apretó las vendas en sendos puños y miró a su adversario.

El hombre se apoyaba en el cerco de madera que los rodeaba, le quitó una cerveza a medio terminar a un hombre flacucho, la terminó y lanzó la botella al suelo haciendo rugir a quienes habían apostado por él. Las prostitutas también apostaban, ese día el pote se había llenado rápido aunque sólo había dos peleas programadas en el ring de tierra.

Alzó sus brazos gruesos como piernas como si ya hubiera ganado, aunque la pelea tenía menos de dos minutos de haber comenzado. El joven que había perdido la anterior pelea contra Calder apostó por él, y le daba ánimos.

Su contrincante señaló a una prostituta rubia, le alzó las cejas y regresó al centro del círculo. Calder recibió y esquivó una tanda de golpes más, y comprobó que el tipo era pura pinta. Tenía la frente chorreante de sudor, y sus golpes, aunque eran pesados, eran increíblemente imprecisos.

—¿Qué estás esperando? ¿Que la puta venga a pelear por ti?

El hombre rugió y le lanzó golpes intercalados con ambos brazos. Calder los aguantó con una sonrisa de dientes apretados. Escuchaba la respiración agitada del tipo.

Cuando se logró apartar de él se veía la diferencia, y el público bramaba de otra manera, impacientes por ver el final. Calder lo invitó nuevamente a acercarse. Y le cayó encima, buscando terminar con un golpe desesperado en el que puso todo su peso.

Calder lo desvió, y no contento con hacer que cayera al suelo, le enterró los nudillos en la sien.

Al tiempo que el hombre cayó la multitud rugió y chilló. Una prostituta –casi- vestida de rosa le alzó el brazo proclamándolo como ganador.

Rompió su récord en una última pelea con otro hombre más delgado –tuvo la gentileza de acomodarle la mandíbula que él mismo había dislocado- y se retiró de las peleas. Tenía los bolsillos llenos y el orgullo hinchado.

Aun así no pudo evitar la tentación. Compró de una prostituta una bolsita de polvo blanquecino, y ella se le acercó, tocándole el pecho.

—¿No prefieres aspirarla desde un sitio más… placentero?

—Está bien… vamos a mi casa.

—¿Me puedo llevar a una amiga, grandote?

—A las que quieras.

 

•••

Rembrandt subió las escaleras del edificio de Calder. La conversación por teléfono había sido breve y algo extraña, pero decidió ir de todas formas a visitarlo. Alcock, el esposo de su prima, se había ofrecido amablemente a llevarla.

Además, era una excusa para mejorar su semana. Su prima se había vuelto insoportable, y Alcock era un bruto incapaz. Y su hijo no paraba de llorar. Nunca.

Escuchó risas tras la puerta después de tocarla. ¿Y si estaba interrumpiendo algo?

Frederick Calder abrió la puerta. Tenía la camisa abierta hasta la mitad del pecho, pantalones desabrochados y estaba descalzo y despeinado, con un moretón en la frente, sangre seca en el cuello y una sonrisa estúpida que se apagó al instante.

Una mujer con un vestido color menta muy abierto en la pierna se arreglaba en el espejo frente a la caldera, y otra con una larga melena roja despeinada le quitaba la botella de brandy que tenía en la mano; un regalo para Calder.

—¡Qué tarde llegaste, Mary! De lo que te perdiste. –Parpadeó y la miró un par de segundos, dándose cuenta que no le hablaba a ninguna Mary. Las dos mujeres salieron rápidamente de allí, con sendas carteras en las manos.

—¡Llámanos para una próxima vez!

—¡Ha sido divertido!

Rembrandt estaba helada de la impresión. Calder… ¿Con unas prostitutas? Él se arregló torpemente un botón de la camisa, y le vio manchas blancas bajo la nariz. Casi pudo palpar cómo su respeto por él disminuyó.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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