La falta de orden en la vida del Doctor Calder

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Garras

Rembrandt salió al callejón, impaciente porque el camión con la utilería tardara en llegar. Su reloj marcaba las dos y veintidós.

Los tramoyistas estaban en hora de almuerzo, pero ella debía recibir el encargo de todas maneras para que lo dejasen en cualquier sitio del área de cargas, y luego distribuirlo a donde fuera necesario. Habían llamado hacía quince minutos diciendo que el camión estaría allí en diez minutos. Y allí estaba ella, en un callejón, sola, impaciente, molesta e intentando no recordar la carta que había leído hacía unas pocas horas.

Se dijo a sí misma que era totalmente ridículo estar allí, no era muy peligroso, el callejón tenía salidas a ambas calles, era recto y con dos contenedores de basura alejados de ella. Pero quería estar lejos de la raza humana, tenía ganas de gritar. Apenas tenía un centavo. Había escrito a sus familiares en Bolonia, y le dijeron que una gran fuga había dañado la estructura de la vivienda y no podrían recibirla.

Pateó una botella que estaba en el suelo con todas sus fuerzas. Se lastimó el dedo, su zapato era de buen cuero, pero tenía ya más de un año. Maldijo, y se volteó para abrir la puerta del callejón y dejar de hacer el idiota, o al menos, seguir esperando con un cigarro entre los dedos.

Cuando escuchó algo pesado caer tras ella.

Se volteó mientras se lanzaba al resguardo de la pared, sin saber qué había pasado.

Unas manos le sostuvieron los brazos y le obligaron a pegarlos a la pared. Un hombre con cejas pobladas y despeinadas y la parte derecha de la cara deforme la miraba de manera glacial. Aileen no gritó, estaba demasiado asustada y sorprendida para pensar. La piel que cubría la mandíbula del hombre parecía halada, delgada, arrugada en exceso.

—Señorita Rembrandt… —sonrió como si estuviera encantado del encuentro. Su voz era muy grave.

—¿Quién…?

—Eso no importa. Escuche, esto no debería ser necesario… —apretó los brazos de ella, sintiendo que podría quebrárselos en cualquier instante si lo quisiera—. Pero dado su temple y su insistencia, necesito asegurarme de que responda con honestidad.

Rembrandt lo había pensado durante varias noches, o en momentos de ocio. El atacante del doctor había sido un individuo muy fuerte que había podido lanzarlo al piso como si de un muñeco se tratara.

Pero seguramente no trabajaba solo.

Por eso había tenido la costumbre de llevar su arma a todas partes bajo la chaqueta. ¿Justo ese día tenía que decidir que estaba siendo demasiado paranoica? Odió sentir su respiración sin control gracias al miedo, y maldijo internamente el doble de antes.

El hombre parpadeó varias veces, revelando párpados transparentes bajo los de carne, húmedos, delgados y brillantes. Luego se apartaron rápidamente bajo la mirada atónita de Rembrandt, y revelaron los ojos reales. Ojos amarillos de rendijas verticales.

—¿Dónde está Frederick Calder?

No entendía por qué le preguntaba eso. Ya sabían dónde vivía Calder entonces, ¿por qué? Logró esconder su duda sin cambiar un ápice su expresión.

—No le diré.

El hombre suspiró con fuerza, abriendo mucho sus fosas nasales y dejando de lado su voz aparentemente educada.

—No haga que me impaciente. ¿Dónde está?

Ella reunió todo su coraje y le escupió. El monstruo cerró los ojos con fuerza, y para sorpresa y asco de ella, abrió la boca y una lengua bífida le limpió las pequeñas gotas de saliva que le habían salpicado.

Él apretó sus brazos con fuerza, ella sintió la presión en sus músculos y huesos. Apretó los dientes por el dolor.

—No le voy a decir.

—Ayúdeme, señorita Rembrandt, vamos.

La presión aumentó considerablemente. No sabía qué era peor. El dolor en sus brazos o el miedo a las pupilas verticales. Sintió que le temblaban las piernas, quiso gritar, pero estaba muda de terror.

Parecía que todo lo demás había desaparecido. El amarillo brillante y vivo de los ojos era lo único que podía ver, incapaz de despegar los ojos.

A punto confesar que no sabía, los ojos se cerraron de manera brusca y todo terminó.

Rembrandt cayó apoyándose de la pared, los brazos le dolían demasiado como para aventurarse a moverlos. Vio a su derecha, desorientada, donde estaba el monstruo en el suelo, y frente a ella había alguien en una motocicleta.

—¡Entra, y espérame en la entrada principal en veinte minutos!

Ella se levantó lo más rápidamente que pudo y corrió tras la puerta, mientras Peter la miraba irse.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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